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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Martes, 14 febrero 2012

Mundo

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La tristeza
01.07.07 -
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Visto lo de Londres y Glasgow, las precauciones de Alemania, el temor en España o la esquizofrenia americana, tengo la impresión de que alguien ha abierto el psiquiátrico y ha tirado la llave. Es como si el mundo se hubiese embrutecido de pronto, como si la humanidad hiciese ensayos sobre el fin del mundo. Del ataque londinense hay un aspecto en particular que me sobrecoge. Que la Policía exija a los ciudadanos permanecer alerta y «denunciar cualquier otra amenaza».

Siempre abominé de los estados policiales, pero me parece aún más terrible que para protegernos admitamos la naturaleza de una ciudadanía policial, en la que cada uno de nosotros mire por la ventanilla al interior del vehículo de nuestro vecino, por si acaso, o denuncie el ademán de un ser diferente, aprovechando la ocasión. Acometemos este fin de civilización con la naturalidad de quien vive bajo un volcán. Y tengo la impresión de que alguien se está ocupando en Irak, Afganistán o los territorios palestinos, de horadar la falda de la montaña, poniendo a sus pies cargas de dinamita para que fluya la lava sin complejos.

Ayer otro montón de civiles caía en un bombardeo destinado a minar la fuerza indomable y asesina de la insurgencia talibán. Otra manera de hacer cantera terrorista. He oído a Bush insistir en que con las guerras de Irak y Afganistán plantamos cara al terrorismo sobre el terreno. Pero mucho me temo que esa amenaza a la que apela Gordon Brown como constante de nuestro tiempo tenga cada vez más componentes locales y con nuestro comportamiento estemos animando una cultura de resistencia que lo retroalimente.

Siempre hubo garbanzos negros en las familias, pero era raro que contaminaran todo el puchero. Considerar que la vida discurra libre y militarizarse para una guerra permanente como nos piden es un ejercicio de esquizofrenia colectiva que, como mínimo, exige mirar hacia otra parte. La realidad siempre supera a la ficción y ayer, en Madrid, pude asistir -en el día del 'orgullo gay'- a lo que parecían los efectos después de que la CIA hubiese ensayado la bomba que vuelve a los ciudadanos homosexuales. Lo diferente se lo traga la sociedad como si tal cosa, mientras sea festivo porque hay necesidad de vivir un tiempo extraordinario.

Por otra parte, existe una fe común en que el terrorista sólo puede dar pequeños picotazos en la cabeza de otros, y está mal visto condolerse de su mala suerte o asociarse a un club de víctimas. De ahí que, al final, los poderes públicos inviertan su tiempo y esfuerzo en estudiar cómo defendernos en lugar de esforzarse en acabar con el problema.

Cuando Vincent Van Gogh moría después de pegarse un tiro y su hermano Theo intentaba sacarle de su agonía, el prodigioso pintor le hizo observar: «... pero siempre quedará la tristeza».
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