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Pacto en el nivel 50
Rodríguez Zapatero y Sarkozy acordaron en la azotea de la sede del Gobierno europeo en Bruselas hacer 'piña' para sacar adelante el nuevo Tratado comunitario
01.07.07 -
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Pacto en el nivel 50
Sintonía. Rodríguez Zapatero conversa amigablemente con Sarkozy en un receso de la cumbre. / ap
El edificio del Consejo de Ministros de la Unión Europea, donde transcurren las cumbres de jefes de Estado o de Gobierno de la UE, es una construcción mastodóntica de 215.000 metros cuadrados que se extiende en horizontal copando tantas manzanas que quienes lo diseñaron tuvieron que romper las líneas de fachada con entrantes falsos para dar la impresión de que aquello se acaba, cuando en realidad sigue. Es bajito, pero los ascensores que conducen a su zona noble están rotulados con cifras asombrosas: 30, 40 ó 50. Y es ahí, en el nivel 50, que no es otra cosa que el quinto piso, donde pasa todo y nada de lo que allí sucede sale al exterior si no lo cuentan los ilustres huéspedes que lo ocupan. O los judíos, que llenaron sus paredes de micrófonos cuando estaba en construcción, como luego se supo.

Ahí, en el nivel 50 y en la desangelada terraza que lo corona bajo el cielo eternamente gris de Bruselas, con sus parabólicas y enlaces de microondas, fue donde la semana pasada el presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, vivió, de la mano de Nicolas Sarkozy, la grandeza de ser grande en Europa.

Las cumbres europeas no son reuniones de amigos. Hay, ciertamente, cortesía, aunque los hermanos Kaczynski parezcan no haberlo captado todavía. No son encuentros entre pares, porque no pintan lo mismo Angela Merkel que Romano Prodi en Europa y en el mundo, pero este singularísimo proyecto común que se llama construcción europea crea la maravilla de que Malta -o Polonia- pueda vetar un proyecto que interesa mucho a Francia o a Alemania. Y de que todos se sienten juntos.

'Pedorretas' en la red

La semana pasada era lo de la Constitución. Europa necesitaba sacar el tema adelante porque es que a los líderes comunitarios les hacían ya hasta 'pedorretas' en los foros internacionales, por su incapacidad para ponerse de acuerdo sobre cómo organizarse y para qué. De modo que Angela Merkel, que preside este semestre la Unión, se vino a Bruselas con la determinación de resolver el problema. Sabía dónde estaban las dificultades y tenía claro lo que debía poner en juego para conseguirlo. Aunque se le quedara Polonia en la cuneta.

Los despachos de las delegaciones nacionales en el nivel 50 dan frío. El de la presidencia es un salón de unos diez metros de largo por seis de ancho, con una mesa al extremo, un tresillo banal según se entra a la izquierda y lo que parece una ventana ciega que no da vistas sobre nada. Se accede hasta él por un pasillo ancho como un canal fluvial y ciego como la falsa ventana del despacho presidencial, por el que fluyen, sumergidos en la gravedad de los momentos que se viven ahí, los líderes europeos arropados por cortes apretadas de ayudantes.

Esta vez Alemania había dispuesto expertos por todos los rincones. Necesitabas una precisión sobre el párrafo 3, segunda línea del Título I - Disposiciones Comunes, (página 7) de la propuesta de la presidencia y, ¿plup!, ahí tenías, en perfecto orden de revista, a un alemán que era el que más sabía del mundo sobre el párrafo 3, segunda línea del Título I - Disposiciones Comunes, (página 7). Y Frau Merkel se instaló en el despacho que da frío, y empezó a llamar a los díscolos. Pasaron por allí Tony Blair y Lech Kaczynski, Mirek Topolanek y Jan Peter Balkenende. Les escuchó y les dijo: «Yo puedo esto, pero eso otro no, porque, además, están esos de ahí al lado que no quieren ni oír hablar de lo que me estáis pidiendo».

Echar una mano

Los 'otros de al lado' eran Sarkozy, Zapatero y Prodi, que se habían reunido en otro despacho como el de la presidencia, aunque más pequeño, la sede de la delegación española, para ver cómo podían echarle una mano a Merkel.

Fue una iniciativa del francés Sarkozy, quien quiso convertir el afamado 'eje franco-alemán' en un equipo más nutrido. Y España, con sus 45 millones de personas, e Italia, con sus 59, vinieron a coordinar sus autoridades con las de Alemania y Francia. Luego, casi al final, se les sumó Blair, que hizo sus esfuerzos para convencer a los hermanos Kaczynski de la necesidad de pactar, y Jean-Claude Juncker, l primer ministro luxemburgués, cuya autoridad moral nadie discute en Europa, a pesar de que dirige un país minúsculo.

Hubo reuniones en la delegación española, en la francesa y, sobre la gravilla inhóspita de la terraza, donde no hay sillas y Zapatero y Sarkozy tuvieron que sentarse en el mármol rojizo de los parapetos, un mármol que viene de España. Este equipo de apoyo fue el que atenuó el hándicap básico con el que Angela Merkel topaba en esta negociación: el hecho de que es alemana y los polacos no han conjurado todavía los demonios de su muy dolorosa historia.

De modo que el presidente español desempeñó un papel objetivamente importante en la cumbre, un papel que, en otras circunstancias no hubiera podido ejercer, con una negociación estructurada en base a contactos bilaterales de la presidencia con los países más reticentes al pacto.

Fue ese trío el que le presentó a Angela Merkel la salida de 2017 para la desaparición definitiva de las condiciones de Niza en las minorías de bloqueo, que los polacos terminaron aceptando. «¿Pero estáis de acuerdo con tanto plazo?», les preguntó. «Sí», le contestaron «Pues, entonces, adelante». En Bruselas comenzaba a despuntar el alba del segundo día de verano de 2007.
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