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Economía

ECONOMÍA
China descubre el capitalismo
Las autoridades del gigante asiático han conducido con mano firme el desmontaje del comunismo para implantar un nuevo modelo aún muy alejado del occidental
01.07.07 -
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China descubre el capitalismo
Contraste. Una campesina trabaja en una zona rural de Zhonghe. / reuters
Dice una humorística creencia popular que los economistas son los únicos seres capaces de explicar con un alto grado de detalle aquello que ya ha sucedido, de la misma forma que se muestran incapaces de acertar una sola de sus predicciones sobre el futuro. De ser cierta, no habrá que preocuparse demasiado cuando aseguran que China será la primera potencia mundial en el año 2050 de la mano de un crecimiento sostenido, una milenaria capacidad para actuar de forma ordenada y una población que hoy se sitúa en 1.300 millones de personas y cree que el trabajo es una obligación y no la consecuencia de los deslices de Adán. Por el momento, es la cuarta economía del mundo.

China ya no es un país comunista. Es un país capitalista con sordina. A diferencia de otras experiencias desastrosas, sus autoridades han conducido con mano firme el proceso de apertura hasta dibujar y administrar una transición en pequeñas dosis. Han dejado entrar poco a poco a las empresas extranjeras. Hasta ahora, obligándoles a compartir su gestión con un 'socio local', lo que era lo mismo que imponerles la compañía del Estado. A partir de ahora, y especialmente desde el próximo mes de octubre -cuando entrará en vigor la Ley de la Propiedad Privada que les permitirá incluso acceder a la compra del suelo sobre el que se asientan-, con total libertad, salvo en algunos sectores considerados estratégicos. Entre ellos, la banca, la energía y la industria de defensa.

El 'Manhattan asiático'

Nadie que llegue ahora a Pekín o a Shanghai, las dos principales ciudades chinas, además de la 'heredada' Hong Kong, diría que se encuentra en una país de economía planificada, devorado por la autarquía. Salta a la vista que los máximos responsables de la República Popular han dado prioridad a las reformas económicas, antes de abordar las de carácter político y la transición hacia la democracia. La reforma iniciada por Ten Siao-Ping para reparar los arrasadores efectos de la Revolución Cultural son hoy una realidad. Los modernos rascacielos de oficinas -Shanghai lleva camino de convertirse en el museo de la arquitectura contemporánea-, las miles de viviendas de reciente construcción -en su inmensa mayoría, con un más que necesario equipo de aire acondicionado-, la insultante juventud del parque automovilístico y la floreciente actividad comercial callejera hacen que el visitante crea que acaba de llegar al 'Manhattan asiático'.

Los ríos de ciclistas que inundaban las calles de Pekín hace tan sólo diez años, a las ocho de la mañana cuando entraban a trabajar o entre las cinco y las siete de la tarde cuando abandonaban sus puestos, casi han desaparecido. Han sido sustituidos por otra marea, en esta ocasión motorizada. Miles de turismos -Volkswagen, Citroen y Hyundai se han apoderado del mercado- ocupan el espacio que antes era de las bicicletas e incluso amenazan la integridad física de los pocos nostálgicos que quedan agarrados al pedaleo. La capital acaba de iniciar la construcción de su sexto anillo de circunvalación, en un desesperado intento por aligerar el tráfico de vehículos ante la celebración de las Olimpiadas, en el verano de 2008, al tiempo que ha desplegado una eficaz red de transporte público. La mezcla de autobuses, metro y tranvías permite organizar con cierto orden los desplazamientos en una urbe con 14 millones de habitantes. Curiosidades de la cultura china: las motocicletas están prohibidas en el centro de las ciudades porque, en opinión de las autoridades, «sólo generan caos».

«Bonito, barato»

El nuevo capitalismo de China, sin embargo, no coincide con los valores del neoliberalismo de moda en Occidente. Así, los chinos apenas han prestado atención a los salarios -aunque son feroces consumistas, parecen tener anestesiado el espíritu reivindicativo- y menos aún al cuidado del medio ambiente. Éstos dos son los factores sobre los que han asentado una industria de bajos costes que hace temblar a medio mundo. Para ellos, lo importante es que el producto que hagan se pueda vender al precio más bajo posible. Es el reino del «bonito, barato». Cómo lo consiguen les preocupa aparentemente poco. Hasta ahora han demostrado que saben fabricar con costes realmente pequeños. El día en que sean capaces de hacerlo con calidad -su gran punto débil- pueden, efectivamente, convertirse en la primera potencia mundial.

El comercio en las calles de las grandes ciudades chinas es singular, esquizofrénico y una muestra de la curiosa fórmula que emplean las autoridades para intentar contentar a casi todos. En China todo tiene siempre dos caras. Es el permanente 'yin' y 'yang'. En una misma calle pueden convivir, perfectamente, las tiendas de las principales marcas mundiales de la moda o de la relojería -Louis Vuitton, Gucci, Armani, Omega o Rolex- con los ahora relucientes centros comerciales destinados a la comercialización de las falsificaciones.

De la misma forma que los edificios de viviendas y de oficinas han hecho prácticamente desaparecer del centro de las ciudades las 'callejuelas', el Gobierno ha eliminado muchos mercadillos callejeros para concentrar la actividad de los vendedores de falsificaciones en modernos edificios. En esta materia, la Administración china prefiere mirar para otro lado cuando llueven las críticas y las presiones de las multinacionales afectadas. Hay muchos puestos de trabajo en su país que dependen del 'trolex' y del bolso de 'fuitón'. Quizá por ello, el 'Mercado de la Seda', la meca mundial de los productos falsificados, el punto de paso obligado para cualquier turista que visita Pekín, ha dejado de ser un modesto mercadillo a pie de calle para convertirse en un moderno edificio con protección oficial.

Locos por la Bolsa

China es la prueba de que las cosas pueden evolucionar rápido, aunque ello sea a costa de algunos penosos tributos para una cultura tan ancestral como la suya. Uno de ellos, por ejemplo, es que el 'restaurante chino' de moda de la capital sea ahora el Lan, una obra de decoración de un arquitecto francés y no asiático: Philippe Starck, el mismo que ha diseñado el interior de La Alhóndiga, en Bilbao. Es el signo de los tiempos del país del 'humor amarillo', en el que el pasado año fueron vendidos 4,6 millones de turismos y para el presente se espera un incremento del 25%.

Con la misma rapidez que sustituyen bicicletas por vehículos, aprenden las habilidades del ahorro: cada mes, algo más de dos millones de chinos deciden abrir una cuenta de valores para adentrarse en las inversiones bursátiles. El denominado 'capitalismo popular' también se abre camino, mientras aparta el 'libro rojo' de Mao a manotazos.

La fiesta, sin embargo, va por barrios. Aunque la tasa de paro nacional es realmente baja, en torno al 4,5%, los 260 dólares de renta per cápita mensual de un habitante de la zona costera del este -en Pekín y Shanghai la cifra puede ser ligeramente superior- están muy lejos de los 100 dólares de media que los estudios oficiales adjudican a los que pueblan la zona centro y oeste del país. Y es que el 60% del Producto Interior Bruto se genera precisamente en el Este y 506 millones de habitantes ocupan lo que se puede denominar como 'zona rica'. Los 800 millones restantes, asentados sobre áreas de baja industrialización, penosas comunicaciones y alejados del 'maná' del comercio, están condenados a esperar que den sus frutos las medidas de incentivación fiscal que el Gobierno ha aprobado para las empresas que inviertan allí.

Los chinos de las zonas ricas viven también su propia esquizofrenia. Han aprendido rápido a comprar la ropa de marca mundialmente reconocida, aunque sea en las épocas de rebajas de los grandes almacenes --el uso de ropa deportiva no falsificada ha pasado a convertirse en uno de los principales signos externos de poderío-. Pero maldicen el precio que tiene la vivienda y los tipos de interés de los créditos hipotecarios que se ven obligados a pedir a los bancos. La cultura china no entiende bien el concepto del alquiler y prima el de la propiedad. Una pasadita rápida por España les permitiría convencerse de que el 6% de incremento anual que ha experimentado en los últimos ejercicios el coste de los pisos en las principales ciudades no está tan mal; que el 6% que pagan como tipo de interés de los hipotecarios tampoco, pero que la distancia en la relación entre el precio de la vivienda y salarios es abismal. El metro cuadrado en el extrarradio de Pekín se cotiza a 1.000 euros y a 2.000 en el centro, a tan sólo un centenar de metros de la Ciudad Prohibida. Barato para un occidental, prohibitivo para los chinos.
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