UNA VACA EN MI CAMA

A veces las historias más complejas se comprenden con las anécdotas más simples

Habitacion en base militar Miguel de Cervantes de Marjayoún. Sobre la cama casco de la ONU y chaleco antifragmentación./
Habitacion en base militar Miguel de Cervantes de Marjayoún. Sobre la cama casco de la ONU y chaleco antifragmentación.
JON URIARTE

No sé su nombre. Ni cuánta leche daba. Pero generó mucha. Y de la mala. Solo sé que era israelí. Todo empezó cuando decidió caminar más allá de lo habitual para saciar su sed en una charca bajo los altos del Golán. Desconocía que se trataba de territorio libanés. O sirio. Nada está claro allí y menos para una vaca. Así que se puso a beber. Fue breve. Porque justo en ese instante, su corazón dijo basta. Y cayó muerta. Los libaneses exigieron que quitaran a aquella cornuda judía que contaminaba sus aguas. Israel respondió que no podía. La charca estaba fuera de su territorio e incumplirían la resolución de la ONU. Mientras tanto la vaca se pudría. Así que los responsables de Naciones Unidas decidieron retirarla. Pero había otro problema. Sus militares destinados en ese punto eran de la India. Y si algo hay sagrado allí son las vacas. O se hacía un funeral con fundamento o no se levantaba el cadáver. Así que los indios se encargaron del asunto. Tal cual. Puro Berlanga.

No hay mejor forma de resumir la situación de Oriente Medio que con esta historia. Conflicto religioso, político y territorial. Se parece a las peleas en cualquier lugar por una linde o una valla. Solo que allí llevan balas en el zurrón. He tenido la gran suerte de hacer un programa de radio desde Marjayoún. Te cambia la perspectiva. Los países se entremezclan tanto que tuvieron que trazar una línea azul, la Blue Line, entre Líbano e Israel. Fue establecida por la ONU en el año 2000, tras el último gran conflicto entre ambos, para situar una referencia a modo de frontera. Aunque no lo es. La oficial no está determinada y cada cual quiere ponerla en un lugar. Tampoco ayuda que el trazo de esa línea fuera hecho sobre un mapa cuya escala es todo menos precisa. De hecho, una especie de barriles pintados de azul la marcan. A veces aparecen cinco seguidos. Otras, ninguno. A su lado hay un terreno repleto de minas que llegan hasta una valla con sensores, construida por Israel para impedir la infiltración de comandos. Y así están. Si no es una vaca israelí que entra en el Líbano, es un olivo libanés cuya rama asoma en Israel. Historias escuchadas allí, que rumiaba cada noche en una de las camas de la Base Miguel de Cervantes, donde hay españoles, franceses, brasileños, nepalíes, salvadoreños, finlandeses, indios, chinos, indonesios y serbios. Todo un mundo.

La zona del puerto en Beirut.
La zona del puerto en Beirut.

Marjayoún está a 860 metros sobre el nivel del mar, en el lado oeste del Valle del Rift. Escaso en hierba y abundante en piedras. Allí se eleva orgulloso el monte Hermón. Un lugar anclado en el tiempo. De hecho quedan restos del castillo de Beaufort, levantado durante las cruzadas. Y si dudamos sobre la vigencia del conflicto, bastará con mirar hacia los Altos del Golán. Cada cima tiene una antena que delimita la posición de cada cual. Las más altas, en los puntos más elevados, son de Israel. No deja de ser curioso que un ejército tan preparado tenga allí a críos de 18 años cumpliendo su mili. «Temperaturas bajo cero e inexperiencia son malas compañeras», comenta un oficial de enlace, sevillano y del Betis, que nos cuenta lo que supone servir bajo mando de la ONU para preservar la paz. O la calma tensa, como dicen allí.

Barracones de la base militar
Barracones de la base militar

Líbano está cortado por la mitad. Beirut cae en la zona Norte, regida por su gobierno. Es una bella capital donde el lujo extremo convive con edificios ruinosos, bombardeados durante la guerra civil. A veces, pared con pared. Pero, aunque sea Oriente, parece Occidente. Por ley, un tercio de su gobierno debe ser cristiano, otro chiíta y otro sunita. Y conviven. De hecho hay católicos maronitas, melkitas, protestantes, ortodoxos de Antioquía y drusos, amén de otras religiones que ya no recuerdo. Otra cosa es el Sur. Existe también variedad, pero los que cortan el bacalao son chiítas. Es territorio vigilado por la ONU. Oeste bajo mando italiano, Este bajo mando español. En la costa patrullan por turnos. Ahora les toca a los brasileños. No pueden bajar la guardia. Es parte controlada por Hezbolá, organización y ejército chiíta en la sombra, nacido en 1982 tras la incursión de Israel en esa zona. Y no hay duda de que mandan. Lo dejan claro con sus banderas amarillas, ondeando por todas partes. Sobre todo ahora que se acercan las elecciones. O con las fotografías de sus mártires en las carreteras. A su lado hay otras de los estudiantes más brillantes. No hay mayor honor. A lo que hay que sumar fotos de tipos que anuncian tiendas o coches. Por cierto, conducir es solo para valientes. Al menos en los valles del interior y en el Sur no hay línea que separe carriles. Adelantan por todas partes. Rotondas y señales son de adorno. Eso sí, por coche que no quede. La casa puede estar a punto de caerse, pero hay un Mercedes en la puerta. Lo vemos al pasar, porque no todo barrio es fiable.

Carro blindado de la ONU que patrulla la 'Blue Line'
Carro blindado de la ONU que patrulla la 'Blue Line'

Los libaneses son muy amables. De sonrisa permanente. Pero pongamos que aparece un tipo de unos 60 años y dos jóvenes a su lado. Se acabó la risa. Son de Hezbolá. Se han enterado de nuestra presencia y un minuto después nos han interceptado. Son correctos, porque vamos con militares, pero la tensión es evidente. De hecho nos sacan fotos con descaro. Ya estamos fichados. En cambio nosotros no podemos hacerlo. Nos considerarían espías y tendríamos problemas. Por ejemplo, pasar tres días detenidos. Así que deben darnos su permiso. Israel en cambio no dice nada. Cuando te acercas a la frontera te fichan con sus largos objetivos. No los ves. Pero ya estás en sus archivos. Y que ni se te ocurra fotografiar un triste árbol de su zona. La protesta oficial sería de órdago. Por cierto, se realizan reuniones entre representantes israelíes y libaneses, donde los militares españoles hacen de árbitros. El lugar es una casa separada en dos partes por una línea. Los israelíes siempre llegan media hora tarde. Para demostrar poderío. Y los libaneses amagan de marcharse. Así siempre. Luego toman café por separado y empieza la reunión. Unos a un lado, los otros al otro y los militares de la ONU en medio. A partir de ahí empieza la discusión. Que si tú violaste mi territorio once veces, que si tu trece, que si esa valla está en mi zona, que si no me da la gana de quitarla… Poco o nada arreglan. Pero los militares nos dicen que al menos hablan entre ellos y la tensión se rebaja. Después se va cada uno por su lado y sin tocarse. Intento asimilarlo. Parece que aquello no tenga solución. O sí. La esperanza surge al ver a un sargento de Cáceres compartiendo café con otro de Belgrado.

Valla y alambrada que separa Libano e Israel
Valla y alambrada que separa Libano e Israel

El segundo era soldado en los Balcanes cuando España participó en el bombardeo sobre los serbios, bajo orden de la OTAN, cuyo secretario general era un tal Solana. Pero ahí están. Echando un rato, antes de salir de patrulla para recordar la presencia internacional o algo tan simple como evitar que un pastor cruce la línea. O varios. Israel no traga con que se necesiten diez tipos para treinta cabras. Huele a espionaje. O incursión. Por suerte no es verano. Porque la Blue Line parte en dos el río Litani. Y allí hay un juego consistente en nadar más allá de la invisible línea y cabrear a los israelíes que están en la otra orilla. Lo mismo sucede en el río Wazzani. Y qué decir de un pueblo sirio ocupado por Israel, donde la línea pasa por el medio. Vas a por pan y estás incumpliendo la resolución. Hay hasta una tumba separada en dos. Como en ambos lados consideran al enterrado santo propio, le veneran, cada cual a su manera. Por cierto, la tumba es tirando a fea. Pero poco importa.

Cartel avisando de una zona minas
Cartel avisando de una zona minas

Líbano tiene unos 4 millones de habitantes y más de un millón son refugiados sirios. A lo que hay que sumar los 200.000 palestinos. Por eso, en el sudoku libanés, debemos incluir lo que pasa en Siria. La guerra ha terminado pero se sigue peleando en algunas zonas. Los americanos se largaron pero pagan y aportan armas a los kurdos. Y Rusia e Irán por un lado y Arabia Saudí y sus socios por el otro, no combaten ni sueltan pasta por nada. Ya han puesto sus ojos en las bolsas de gas. Las más grandes están en zona chiita y en terreno habitado por kurdos. Eso sí que son ubres. Y todos quieren ordeñar. Como para extrañarnos que se monte la marimorena por una inocente y despistada vaca. Esa que permanece en mis sueños y no logro sacar de mi cama. Quizá porque estoy empezando a entenderla. No murió allí por casualidad. Harta del absurdo decidió palmar en ese lugar por la misma poderosa razón que esgrime el ser humano para todo, desde la noche de los tiempos, y que tiene su mejor ejemplo en esa frontera entre Líbano e Israel. Si se murió allí fue, simple y llanamente, por joder.

Un campo de refugiados sirios en Líbano y </p><p>un cartel de un mártir de Hezbolá.

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