«Hoy me tocan ocho horas de 'quimio'»

Iratxe acude cada tres semanas a la sala de quimioterapia del hospital de Cruces, donde lucha desde hace 16 años contra un cáncer de mama./Ivonne Fernández
Iratxe acude cada tres semanas a la sala de quimioterapia del hospital de Cruces, donde lucha desde hace 16 años contra un cáncer de mama. / Ivonne Fernández

Dos pacientes y dos sanitarios relatan el día a día en una de las 8 salas de terapia de Euskadi

Fermín Apezteguia
FERMÍN APEZTEGUIA

Uno de los lugares más impactantes de un hospital es la sala de quimioterapia. La de Cruces recibe cada día la visita de 90 pacientes en tratamiento antitumoral, que van pasando por ella en grupos de unas 25 personas. Sentados en sus butacas individuales, uno junto a otro, conectados a una bomba de perfusión que va dosificándoles el medicamento en función de las necesidades terapéuticas de cada uno, podría pensarse que conforman entre todos uno de los cuadros más angustiosos de un centro sanitario. Pero no lo es tanto. La sala de quimioterapia respira vida. Así lo cuentan Iratxe Uribarri y Francisco Madariaga. Como ellos, casi 4.000 vascos pasan cada año por los ocho hospitales de día, públicos y privados, que ofrecen este servicio en los centros asistenciales de Cruces, Basurto, Galdakao, Txagorritxu, Donostia, Onkologikoa, IMQ Zorrotzaurre y Quironsalud Bizkaia. «Aquí no desconectas de la enfermedad. Todo te recuerda que tu lucha continúa, pero te sientes bien cuidada, muy arropada», explica Iratxe, una baracaldesa de 48 años que lleva ya 16 pegándose con un cáncer de mama.

La manera en que están dispuestas las butacas, pensada para garantizar la intimidad de los pacientes y sus familias, dificulta la comunicación entre los enfermos, pero pasado un tiempo de terapia, todos se reconocen. Uno se acostumbra a ver un día sí y otro también las mismas caras con sus mismos acompañantes; y aunque ignoren el nombre del vecino de ‘quimio’, todos conocen lo fundamental de todos. Saben a dónde vienen y a dónde van. Vienen a luchar contra el cáncer, en busca de la esperanza, que se sirve en bolsas de medicamento administrado por vena. De la máquina a la sangre y a través de ella, contra las células cancerosas.

Idoia Barcena es una de las 21 enfermeras que atiende el servicio de Cruces. Lleva en el hospital de día desde que se inauguró en 1993, y como el resto de sus compañeras, se presentó voluntaria para formar parte del equipo. A la enfermería de la sala de quimioterapia le toca administrar a dosis iguales cuidados sanitarios y atención emocional.

Abrumados

Especialmente, el día de la primera visita. «Llegan hundidos, abrumados, asustados, muy agobiados», describe la sanitaria. La terapia arranca en la consulta de enfermería, un servicio clave, donde se acoge al paciente, se le explica su tratamiento y se le hace saber que en la enfermería no sólo encontrará apoyo asistencial, sino también humano. Por difícil que vaya a ser, no está solo.

«Les decimos que durante las sesiones pueden distraerse con música, lectura o que también pueden dormir comer, beber; que les proporcionaremos todo lo que requieran para estar cómodos. Una toallita, una infusión, lo que sea». Muchas veces, lo único que necesitan es llorar. «El factor humano es fundamental. Por mucho que intentes separar el trabajo del resto de tu vida es imposible; porque tus pacientos son parte de ella y si se van, después de tantos años de relación, pues es inevitable... te duele. ¡Qué vas a hacer! Somos humanos!».

Francisco lo lleva bien. Nunca ha sentido graves efectos secundarios.
Francisco lo lleva bien. Nunca ha sentido graves efectos secundarios.

La pulcritud y el orden que se observa a primera vista, se rompe cuando se cierran las cortinas correderas que bordean cada uno de los puestos. El paño que los envuelve oculta las lágrimas, las náuseas, los vómitos, el dolor físico, los afectos a flor de piel. El drama. Los avances de las últimas dos décadas en terapia contra el cáncer han reducido notablemente los efectos secundarios, que suelen ser más frecuentes en los días posteriores a la quimioterapia. Pero no han desaparecido.

Un tumor mamario quebró la ilusión que a Iratxe le produjo el embarazo de su segundo hijo. Tuvo que esperar a dar a luz para comenzar el tratamiento y no pudo amamantarlo, como le hubiera gustado. Fueron tiempos difíciles. «Entonces yo era aquí de las más jóvenes. Logré superarlo y estuve nueve años libre de enfermedad, pero luego recaí y ahora ya veo de todo. Hay gente más joven y gente mayor. No es algo que me tranquiliza. Por fortuna, en este tiempo he visto que la enfermedad se cronifica y gente que se recupera. Eso sí me da esperanza».

Su tratamiento va bien. Cuenta satisfecha que esta vez la medicación ha preservado su cabello y que apenas tiene efectos secundarios. Se siente fuerte. «Vivo un momento tranquilo, hay días buenos y malos. Ahora bien, nadie te libra de la incertidumbre», se lamenta.

EN SU CONTEXTO

12.000
nuevos casos de cáncer se detectan cada año en el País Vasco. La primera opción terapéutica suele ser la cirugía, cuando es posible su extirpación. A partir de ahí, comienzan los tratamientos con radiaciones y fármacos. Se estima que unos 5.000 inician cada año terapia, de los que casi 4.000 estarían en quimioterapia.
Efectos secundarios
Se producen porque los medicamentos actuán contra toda célula en fase reproductiva. Por norma, atacan a las que se reproducen más rápido. Las cancerosas figuran entre ellas, pero también otras, como las que producen el cabello. Otras veces, destruyen tejidos cancerosos de un órgano, como los testículos, pero desencadenan inapetencia sexual. Las nuevas formulaciones los reducen cada vez más.
España, líder de Europa
España es uno de los países de Europa donde más diagnósticos de cáncer se registran. En 2017 fueron 228.482, pero para 2035 se estima que lleguen a 315.413, según la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM).

Es imposible. La quimioterapia es un tratamiento duro, pese a la aparición en esto últimos veinte años de medicamentos cada vez menos agresivos y más tolerables. El arsenal terapéutico se compone de una treintena de fármacos, que se combinan entre sí y que permiten tratar las más de 200 enfermedades que se conocen con el nombre genérico de cáncer. Las sesiones de Iratxe, con un tumor localizado y una enfermedad que, pese a la recaída, evoluciona bien, se resuelven en una hora de quimio cada tres semanas.

No siempre resulta, sin embargo, tan sencillo, si semejante sustantivo es merecedor de ser utilizado para hablar de cáncer. «Hay pacientes que tienen que pasar ocho horas conectados a un catéter, porque precisan varios medicamentos diferentes. Algunos son incluso tan agresivos que requieren hasta cuatro horas previas de hidratación antes de ser administrados», explica el jefe del servicio de Oncología Médica de Cruces, Guillermo López Vivanco. Uno de ellos, por ejemplo, es el cisplatino, un fármaco que se usa entre otros contra tumores testiculares, de ovarios, mama, estómago, próstata, mielomas y melanomas. Contiene platino y sin una buena hidratación previa podría causar daños importantes en los riñones.

A la enfermería le toca administrar a dosis iguales cuidados sanitarios y atención emocional

«Mucha gente como tú»

Muy cerca del puesto de Iratxe Uribarri recibe quimioterapia Francisco Madariaga, un vecino de Lemoiz de 71 años, al que una caída fortuita durante un paseo desveló un melanoma extendido a los huesos, el hígado y los pulmones. Un hombre fuerte, al que se le quiebra la voz dando las gracias a la enfermería y a su oncóloga, Natalia Fuente.

Sus sesiones son de las cortitas, poco más de media hora cada quince días. Lejos de sentir efectos secundarios, la ‘quimio’, según explica, le abre el apetito. «Al principio impresiona ver con tus propios ojos a tanta gente como tú, medicándose. Con el tiempo compruebas que la enfermedad está muy extendida, pero que también puede superarse». Todo ha ido bien. «La vida sigue, es bonita y hay muchas cosas que merecen la pena», reflexiona optimista.

Termina la sesión. La enfermera le desconecta de la bomba de perfusión. Francisco se incorpora, la besa y agradece su dedicación con un fuerte abrazo. Vuelve en dos semanas. Un nuevo paciente está a punto de ocupar su puesto.

«Vemos menos efectos secundarios, pero el trabajo se ha multiplicado»

La aparición de nuevas fórmulas y preparaciones para la lucha contra el cáncer plantea el debate sobre si la quimioterapia llegará a desaparecer en algún momento del arsenal terapéutico contra las enfermedades oncológicas. «En el futuro, quién sabe, pero a pesar de las enormes esperanzas que hay depositadas en los nuevos fármacos, no creo que llegue a prescindirse de ‘la quimio’, al menos a corto plazo», reflexiona el jefe de Oncología Médica del hospital de Cruces, Guillermo López Vivanco.

La sala de quimioterapia, un servicio que forma parte del Hospital de Día -donde también se facilita tratamiento ambulatorio a pacientes de otras especialidades- ha vivido en los últimos veinte años cambios drásticos, debido a los avances del tratamiento oncológico. Los más revolucionarios han sido la aparición de los llamados fármacos contra dianas, dirigidos específicamente contra las células tumorales, y el desarrollo de la inmunoterapia, que consiste en activar el sistema de defensas contra el tumor. Como si se tratara casi de una infección.

Ventajas y desventajas

«La inmunoterapia da muy buenos resultados en algunas enfermedades tumorales, cuando se aplica en combinación con la quimioterapia, pero de momento no puede pensarse en administrarla de manera única», sostiene el experto. La activación de la inmunidad está resultando muy satisfactoria para el abordaje de los melanomas (piel), cánceres de pulmón y renales. Aún está por ver si resulta tan eficaz frente a otros tumores y si sus efectos se mantienen a largo plazo.

Las nuevas formulaciones han reducido la cantidad y el tipo de efectos secundarios provocados por la medicación. La sala de quimioterapia es testigo de que se han limitado los episodios de náuseas y vómitos (aunque los sigue habiendo); y de que los pacientes han ganado en calidad de vida al sufrir en menor medida, a corto y medio plazo, pérdidas de cabello, problemas respiratorios y otras complicaciones como diarrea, estreñimiento o hipersensibilidad en la piel.

Aún así, mejores medicamentos no han servido para reducir el trabajo en el hospital de día, sino todo lo contrario. La cadencia de administración de las terapias, que antes era de un mes, se ha rebajado a tres o a dos semanas; y su mayor diversidad ha tenido como efecto adverso una mayor presión asistencial. El envejecimiento de la población y la creciente burocracia han hecho el resto. «A veces, la llamada de un paciente te sorprende rellenando formularios en el ordenador», se queja la enfermera Idoia Bárcena. «En 1993 éramos 9 enfermeras y ahora 21, repartidas en dos turnos. No paramos», describe.

La población envejece. En la última década, el número de casos ha crecido en Euskadi un 24%. «Pero ya más de la mitad se curan», concluye satisfecho López Vivanco.

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