El mundo es cada vez menos violento (aunque no lo parezca)

La guerra de Siria ha dejado imágenes tremendamente duras. Pese a ello, el mundo podría ser un lugar más seguro que nunca antes/Agencias
La guerra de Siria ha dejado imágenes tremendamente duras. Pese a ello, el mundo podría ser un lugar más seguro que nunca antes / Agencias

Atentados terroristas, guerras, asesinatos, violencia machista... Todo parece indicar que el peligro acecha a la vuelta de la esquina. Sin embargo, el psicólogo de Harvard Steven Pinker piensa todo lo contrario. ¿Estamos tan mal?

JON GARAY

El mundo se va a pique. El terrorismo yihadista no cesa en sus ataques. La últimas semanas ha dejado ocho muertos en Manhattan en un atropello mortal y al menos siete menores fallecidos en Camerún en una inmolación de una niña suicida. En octubre, un camión bomba dejó la aterradora cifra 385 víctimas hace unos días en Mogadiscio, la capital de Somalia... La guerra en Siria ha producido imágenes que parecían ya asunto de un pasado lejano, como sucede con la masacre de los rohinya en Birmania o la crisis humanitaria en Yemen . El planeta tiembla ante el enfrentamiento de dos machos alfa como Donald Trump y Kim Jong-un, que en lugar de con los puños se amenazan con armas nucleares. Los tiroteos mortales se suceden.Cuarenta y nueve mujeres han muerto, solo este año, a manos de sus parejas o exparejas en lo que va de año en España. Pero ¿y si resulta que no vivimos en un mundo cada vez más violento? ¿Y si más allá de esos datos, de las imágenes de los atentados, guerras y demás atrocidades, el planeta es un lugar cada vez más seguro cada día? ¿Es esto posible?

«Aunque parezca mentira -y la mayoría de la gente no lo crea-, la violencia ha descendido durante prolongados periodos de tiempo, y en la actualidad quizás estemos viviendo en la época más pacífica de la existencia de nuestra especie», defiende el psicólogo de Harvard, lingüista y escritor Steven Pinker. Este autor sostiene, desde que en 2011 publicara ‘Los ángeles que llevamos dentro. El declive de la violencia y sus implicaciones’, que la humanidad avanza precisamente en ese sentido y a todos los niveles: «La extrema pobreza, la mortalidad infantil, el analfabetismo y la desigualdad global están en mínimos históricos; por el contrario, las vacunaciones, la educación básica, incluidas las niñas, y la democracia están en sus máximos».

Una historia de atrocidades

Para demostrar su tesis, Pinker hace un largo repaso a la historia de la humanidad que sorprendería a los más enamorados del pasado. ¿Recuerdan a Ötzi, el hombre prehistórico que fue encontrado congelado en los Alpes austriacos? Durante mucho tiempo se pensó que había muerto tras caerse en la grieta de un glaciar. Pero no. Tenía una herida de flecha en el hombro, cortes en las manos y heridas en el pecho y en la cabeza. Ahora se piensa que formaba parte de un grupo de asalto que se topó con una tribu vecina y salió perdedor. Dando un salto adelante, la Grecia que describió Homero en la Iliada y la Odisea, en torno a los años 800 y 650 antes de Cristo, describe un tiempo que tenía muy poco de pacífico. Algunos pasajes de la legendaria guerra de Troya tienen muy poco que envidiar a las guerras modernas: «Menelao, mi hermano (dice Agamenón) de buen corazón, ¿por qué estás tan preocupado por estos hombres? ¿Te trataron los troyanos con generosidad cuando permanecieron en tu palacio? No, no vamos a dejar ni uno vivo, ni los bebés en los vientres de sus madres -ni siquiera ellos deben vivir-. Todos deben ser aniquilados, y no ha de quedar nadie que piense en ellos ni derrame una lágrima».

(Aunque Pinker no lo mencione, el propio comienzo de la Iliada ya es lo suficientemente significativo: «Canta, oh diosa, la cólera del Pelida Aquiles: cólera funesta que causó infinitos males a los aqueos y precipitó al Hades muchas almas valerosas de héroes, a quienes hizo presa de perros y pasto de aves». Y sin salir de Grecia, en la época de Sócrates y Platón su estado natural era la guerra, en concreto, en tres de cada cuatro años.)

La Biblia, especialmente el Antiguo Testamento, está lleno de relatos de venganzas y masacres que revelan una mentalidad extraordinariamente violenta. No hay que avanzar mucho en su lectura para dar con la poco edificante historia de Caín y Abel. En la Roma clásica, es bien conocido el tipo de espectáculo que llenaba el Coliseo. La Edad Media estuvo llena de matanzas y torturas; además, sus famosos caballeros, tan valerosos y románticos, podían cortejar a su amada dama prometiendo violar, en su nombre, a las mujeres más hermosas que encontrasen. Las conflictos bélicos sacudieron una y otra vez la historia de la Europa posterior: la Guerra de los Cien Años, las guerras de religión, la Guerra de los Treinta Años, Napoleón...

Pero, ¿qué decir del violento siglo XX y sus dos guerras mundiales? ¿Acaso no han sido los dos conflictos más sangrientos de la historia? Cierto. En números absolutos, causaron más víctimas que cualquier otro en el pasado. Sin embargo, apunta Pinker, habría que tener en cuenta que la población se había multiplicado. Si se considera este factor corrector, la II Guerra Mundial, con sus 55 millones de muertos, ocuparía el noveno puesto en una lista de las mayores atrocidades cometidas por la humanidad. La peor de todas ocurrió en China mucho antes, en el siglo VIII. Fue la rebelión y guerra civil de An Lushan, una sublevación de ocho años durante la dinastía Tang que provocó la muerte de 36 millones de personas, el equivalente a 429 millones en el siglo XX.

¿Y el terrorismo?

Si hay un fenómeno que contribuye a la idea de que vivimos en un mundo cada vez más violento ese el terrorismo, especialmente el islamista. Esa es precisamente una de las características esenciales de este tipo de violencia, generar un temor desproporcionado respecto al daño que pueden causar. Pinker no recula. «En comparación con el número de muertes a causa de homicidios, guerras y genocidios, la cifra de mundial de víctimas del terrorismo es insignificante». Pese al pánico generado, el índice de ataques en Europa occidental en un año tan dramático como 2015 -el de los atentados en la sala Bataclán, Charlie Hebdo...- fue inferior al registrado entre 1972 y 1992.

El atentado del Estado Islámico en Mogadiscio dejó 385 muertos.
El atentado del Estado Islámico en Mogadiscio dejó 385 muertos. / Efe

A nivel general, los grupos terroristas duran, por término medio, entre cinco y nueve años, y en el 94% de los casos no alcanzan sus objetivos estratégicos. Sus campañas terminan cuando matan o capturan a sus líderes, cuando son erradicados por los estados o cuando se convierten en guerrillas o movimientos políticos. También puede ocurrir que se atrofien por conflictos internos. «Los movimientos terroristas siempre fracasan. Desaparecen. Irlanda del Norte sigue siendo parte del Reino Unido, el País Vasco sigue siendo parte de España e Israel sigue existiendo» , afirma Pinker en una entrevista concedida en 2016 a vox.com y remitida por él mismo a través de un correo electrónico a este periódico. En su opinión, es más un problema de cobertura mediática: «Con independencia de lo pequeño que sea el número de muertes violentas, en números absolutos siempre habrá las suficientes para llenar el telediario de la noche».

¿Y por qué vamos a mejor?

Una vez borrado todo romanticismo que pudiera quedar en la idea de vivir en la prehistoria, la Roma imperial o en la Edad Media, se trata de explicar qué es lo que ha venido ocurriendo para que la violencia se haya ido reduciendo con el paso del tiempo. La aparición del Estado hace unos 5.000 años fue un paso adelante en ese sentido. Por muchas atrocidades que este haya cometido -y son muchas y muy variadas-, su instauración significó una disminución de las escaramuzas como las que acabaron con la vida de Ötzi. El número de muertes violentas se redujo aproximadamente a una quinta parte. Otro impulso clave ocurrió entre finales de la Edad Media y el siglo XX. Esos mismos estados, cada vez más centralizados, y el comercio, que implica una colaboración entre las partes, redujeron entre diez y quince veces el índice de homicidios. En los siglos XVII y XVIII, la Ilustración trajo consigo los primeros movimientos para abolir prácticas tan aborrecibles como la esclavitud, la tortura judicial, las matanzas supersticiosas, los castigos sádicos o la crueldad con los animales.

El siguiente momento clave en este progreso ocurrió después de la calamidad de la II Guerra Mundial. Desde entonces, las grandes potencias y los países desarrollados han dejado de librar guerras entre sí. Además, desde la caída del muro de Berlín en 1989, han disminuido todo tipo de conflictos, desde las guerras civiles, a los genocidios o los mencionados atentados terroristas. Y los que hay, son menos dañinos. La guerra de Siria, por ejemplo, arroja un índice de muertes de alrededor de 1,4 por cada 100.000, muy inferior a las guerras de Corea (22) o Vietnam (5). El último paso en este progreso ha ido de la mano de la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 y ha conllevado un creciente rechazo hacia la violencia contra las mujeres, los niños y los homosexuales. Incluso los animales se han beneficiado de esta expansión de derechos.

Todos estos cambios históricos están relacionados con algunos aspectos de la naturaleza humana. Pinker, uno de los psicólogos más reconocidos del mundo, afirma que el ser humano «está cableado para la violencia» (sorprendentemente, nuestra etapa más violenta no es ni en la adolescencia ni en el comienzo de la vida adulta, sino a los dos años). Albergamos, asegura, impulsos como el deseo de dominación, la venganza o el sadismo que explican todas las barbaridades cometidas a lo largo de la historia. Pero también llevamos dentro unos ‘ángeles’ que nos alejan de todas esas atrocidades como son la empatía, el autocontrol, el sentido moral o la capacidad de razonar. Se trataría de potenciar unos para oscurecer los otros.

Que el mundo es un lugar violento es una obviedad. Pero también lo es, según Pinker, que se han reducido las enfermedades y las hambrunas, que se ha expandido la educación, que las guerras han sido erradicadas de un 80% del planeta y que, en definitiva, «una proporción cada vez mayor de la humanidad vive en paz y muere por causas naturales».

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