Terrazas

Lo que fastidida de verdad la calidad de vida del vecindario de los cascos viejos es la abundancia desaforada de festejos

Terraza en el exterior de un bar del Casco Viejo de Bilbao. /MAITE BARTOLOME
Terraza en el exterior de un bar del Casco Viejo de Bilbao. / MAITE BARTOLOME
JUAN BAS

En 1983, con 23 años, descubrí Barcelona y me deslumbró. Fue lo único positivo de la ‘mili’, que me tocara hacerla allí y además muy cerca de Las Ramblas. Casi todas las tardes, al salir del acuartelamiento (por permiso del coronel podíamos vestir de paisano), pasaba un buen rato, tanto en duración como en entretenimiento, sentado a una mesa de una terraza de Las Ramblas. Mi favorita era la de la cafetería La Ópera, uno de los bares más emblemáticos de Barcelona, situada enfrente del Liceo. Me resultaba fascinante mirar la variopinta fauna humana que desfilaba por delante de mi mesa. En 1983 había ya muchos turistas, pero no era todavía la monótona uniformidad dominante. En aquel entonces, recorrían Las Ramblas todos los tipos humanos imaginables, los elementos más peculiares y excéntricos, los canallas y el lumpen más caricaturesco. Observar, cómodamente sentado y en primera fila de terraza, aquel inagotable río de gente diversa, era un auténtico placer.

Me encantan las terrazas de los bares, sobre todo las que están en las ciudades, y dentro de las mismas en las calles o plazas con personalidad y bullicio. Cuántas ideas aprovechables para artículos o novelas me han dado estos paraísos del mirón, fantaseando con biografías inventadas de los observados o cazando sorprendentes fragmentos de conversación, y cuántas horas de buena charla con amigos, pues la disposición en una mesa de terraza favorece la práctica del diálogo y estar con más sosiego que arracimados en una barra o a puerta de bar. Y a mí, que soy un neurótico con las molestias del ruido en mi hábitat cotidiano, no son los derivados de las terrazas los que me perturban, y eso que vivo en la calle Jardines del Casco Viejo de Bilbao, la que se dice que tiene demasiadas. Como sucede en otras ciudades con abundancia de turismo, una asociación (poco representativa) se ha movilizado para que disminuyan las terrazas drásticamente porque consideran que saturan las calles y resulta incómodo para el vecindario. Creo que este no es uno de los problemas de habitabilidad y de ruido o es el menor y está compensado por las ventajas de las terrazas: el ambiente acogedor que brindan y el aire cosmopolita que ayudan a dar a una ciudad. En el Casco Viejo, extensible a los cascos antiguos y zonas peatonales de las demás ciudades vascas, lo que fastidia la calidad de vida del vecindario son otras cosas, desde las recogidas de basura con camiones enormes a horas en que la gente come en las terrazas hasta la tabarra, esa sí que sí, de numerosos músicos callejeros con amplificadores. Y sobre todo, lo peor, la abundancia desaforada de festejos de todo tipo, siempre ensordecedores. Las terrazas molestan poco. Por otra parte, si queremos que nos visiten muchos turistas, en algún lado tendrán que poder sentarse.

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