Menos tensión y más tedio

Nos acostamos abrumados por la penúltima noticia y nos despertamos inquietos temiendo habernos perdido algo

JOSÉ MARÍA ROMERA

Sobra animación. En las últimas semanas la vida política está siendo una especie de montaña rusa llena de sobresaltos, una sucesión de sacudidas que nos tiene con el corazón en un puño, siempre pendientes del espasmo que viene a continuación. Entre la historia y la histeria hay una simple vocal que advierte del riesgo de convertir la vida colectiva en un relato de intriga o, peor aún, en una novela negra. En estas situaciones llega un momento en que se empieza a añorar la monotonía. La sociedad del entretenimiento nos tiene atrapados en unos marcos mentales agitados, emocionantes, eléctricos. Nada de lo que suceda fuera de ellos parece significativo. Alentamos la errónea sensación de que lo aburrido mata -no se olvide que aburrir viene de ‘ab horrere’, tener horror a algo- y de que lo divertido vivifica. Y sin embargo nuestro mayor patrimonio político está formado por entes grises despojados de todo atractivo emocional. Las leyes, por ejemplo. O la rutina de los mecanismos administrativos. O la nada sugerente sucesión de los días iguales que nos permite progresar, aprender, curar nuestros males, alimentarnos y soportarnos los unos a los otros. Vivir colgados del minuto y resultado acaba fatigando. No es casual que una de las palabras políticas de moda sea «hiperventilado». Si no lo he entendido mal, el adjetivo se aplica a los actores más extremistas y a los que se dejan llevar por la precipitación sin tener en cuenta sus consecuencias. Hiperventilados son o están muchos dirigentes independentistas de primera línea, pero también los hay entre los tertulianos, los periodistas y por supuesto entre los portadores de banderas en la calle. Nos acostamos abrumados por la penúltima noticia y nos despertamos inquietos temiendo habernos perdido algo, ansiosos de titulares incendiarios en vena. Pero, ¿cabe otra forma de participación en la política posmoderna que no sea la del espectador ávido de estímulos? Esto no puede ser nada bueno para la salud. En situaciones así uno se acuerda de la sentencia de Montesquieu: «Dichoso el pueblo cuya historia se lee con aburrimiento». Joseph Brosky, autor de una convincente apología del tedio, decía que si el aburrimiento tiene tan mala prensa es porque no se lo conoce bien. Si lo pensáramos detenidamente tal vez caeríamos en la cuenta de que no merece la pena vivir la política como si fuera un trepidante serial escrito por guionistas alucinados que nos entretienen pero al mismo tiempo nos enloquecen. Es preferible el bostezo. Tal vez no dé portadas ni tenga un Homero que lo cante, pero a cambio nos devuelve a la realidad y a sus indiscutibles ventajas, la no menor de las cuales consiste en mantenernos cuerdos. Sí, por muy divertido que sea todo esto llega un momento en que uno empieza a echar de menos el aburrimiento.

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