Gabriel

Confieso que cuando vi la enorme movilización que siguió a la desaparición del niño Gabriel Cruz experimenté sentimientos contradictorios

Concentración en Almería por el pequeño Gabriel./E. C.
Concentración en Almería por el pequeño Gabriel. / E. C.
Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

Confieso que cuando vi la enorme movilización que siguió a la desaparición del niño Gabriel Cruz, cuando contemplé a esa enfervorizada masa en la plaza pública pidiendo a gritos su aparición y enarbolando dibujos de pececitos experimenté sentimientos contradictorios. Por un lado, me conmovió la rotunda e inmediata solidaridad de tantos ciudadanos. Por otro, una punzada de la peor intuición me llevó a pensar: 'los mismos que hoy están clamando por el regreso del pequeño mañana, si el caso acaba en tragedia, pueden linchar con la misma intensidad (o más) a quien le haya quitado la vida'.

Ahora sabemos que el pobre Gabriel no volverá. Y mi sospecha se confirma. Digamos que solo en parte, porque la gente pacífica y razonable, por suerte, sigue superando en número a la visceral y salvaje. Sin embargo, la contemplación de esos respetables ciudadanos que en cuestión de minutos pasaron de solidarios pececillos a fieros tiburones decididos a exigir la pena de muerte de la presunta asesina o a despedazarla por su cuenta a través de las redes no ha hecho sino confirmar mi sospecha de que nuestra sociedad, abonada a un permanente 'performance', se desliza peligrosamente por la pendiente emocional de la irracionalidad.

La propia madre del pequeño ha tenido que lanzar un mensaje de cordura para aplacar a los iracundos e invitarlos a que transformen su odio en amor hacia su hijo, y sus ansias de venganza en serena confianza en la Justicia. Parece mentira que la persona que realmente tiene derecho a estar desquiciada y enrabietada, la que humanamente casi tendría justificado el querer sacarle los ojos a la asesina de su 'Pescaíto', sea justo la que posee la madurez y la sensatez de pedir que se templen los ánimos. Quizás porque su dolor es tan terrible, tan profundo y tan verdadero que no necesita representarlo por medio de los aspavientos que lanzan algunos de esos indignados que jamás conocieron a Gabriel. Gente que al grito de 'Todos somos...' se apunta a la última causa perdida de moda para justificar su exaltación, su afán de protagonismo o sus ganas de espectáculo. Un poco de respeto al sincero dolor de la familia, a los que sí son Gabriel y con su muerte han perdido un pedazo de vida.

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