«Bebí, cogí el coche y acabé con una vida»

Un hombre fallecido tras un choque frontal en una autovía. /
Un hombre fallecido tras un choque frontal en una autovía.

Samuel pasó de estudiar Derecho a estar en la cárcel por matar a un hombre cuando conducía bebido; cuatro víctimas de siniestros también comparten su experiencia

NATALIA REIGADASBadajoz

A Samuel le faltaban seis asignaturas para terminar la carrera de Derecho cuando condujo borracho en sentido contrario por una autovía y mató a un hombre que iba a trabajar. Ana aún conserva intactas las pertenencias de su hijo Manuel, que murió hace 14 años cuando un conductor que venía de una despedida de soltero embistió su moto. Jesús María, Juan y Juani están en silla de ruedas. Los dos primeros se subieron en el coche con conductores que circulaban con exceso de velocidad o bebidos, ella se quitó el cinturón cuando estaba a punto de llegar a casa.

En 2017 se registraron 1.453 accidentes de tráfico con heridos en Extremadura y hubo 56 fallecidos. Cinco personas cuyas vidas quedaron marcadas por la carretera han querido contar su historia a HOY para que su dolor no se repita.

Con 23 años Samuel comenzaba un nuevo curso en Derecho. «Tenía la vida de cara», dice. Después de ir a clase, jugó un rato al fútbol con unos amigos. Se celebraban las novatadas en la universidad, así que se quedaron a tomar unas cervezas. Luego se animaron y comenzaron con las copas. Estuvieron toda la noche de fiesta.

«En un principio me iba a quedar a dormir en casa de un amigo, pero no salió y después de estar toda la noche bebiendo, en algún momento decidí que me iba a casa y cogí el coche». En este punto de su relato, Samuel se para, respira hondo y comienza a hablar en tercera persona. «No se muy bien qué es lo que pasó, pero acabé en sentido contrario. Y un niñato que estaba toda la noche bebiendo, que se iba a su casa, acabó con la vida de una persona que iba tranquilamente a trabajar. No, no tiene mucho sentido», dice. Y comienza a llorar.

«Era alguien que iba a trabajar y se encontró conmigo, un niñato que bebió toda la noche y terminó en dirección contraria», dice Samuel

«Yo me desperté en el hospital. No sabía qué es lo que había pasado. Me dicen que soy el responsable de la muerte de una persona», relata. No lo aceptó. «En ese momento no soy capaz de asumir lo que está pasando».

Durante dos meses apenas salió de casa. Recibía tratamiento psicológico y su terapeuta le animó a tratar de rehacer su vida. Decidió volver a clase. Durante dos días acudió a la universidad, pero el tercero ingresó en prisión.

«Fui a una vista, me dijeron que se decretaba la prisión provisional. En ese momento se derrumba todo aún más. Yo aún no era consciente de lo que había pasado. Dejé a mis padres llorando en el juzgado. No sabía que me hacían responsable de una muerte porque no entendía que de verdad yo era responsable de una muerte. No supe asumirlo».

«Cuando entré en prisión estuve completamente hecho polvo. No era capaz de comprender qué hacía yo allí. En un lugar que yo había visitado como alumno de Derecho Penitenciario. Jamás pensé que podría acabar allí. Era imposible asumir todo aquello. No sabía qué hacer, no sabía cómo actuar».

Estuvo ocho meses en prisión preventiva. Desde entonces han pasado cuatro años y continúa a la espera de juicio. Cree que se celebrará en 2019. Se enfrenta a una condena de cuatro años por homicidio imprudente.

A la pregunta de qué pena cree que sería justa para él, se derrumba de nuevo. «Me lo pregunto prácticamente cada día ¿Qué es lo que sería justo? No lo sé. No lo sé. No sabría definir qué es lo que es la justicia. Siempre lo intento pensar ¿Qué es lo justo que me debería pasar ahora? He acabado con la vida de una persona».

«Jamás he intentado o he querido hacer daño a nadie. Jamás. Nunca, pero lo he hecho ¿Qué me debería pasar ahora? No se qué decir a los jueces o qué decidirán que me puede pasar».

Cuando Samuel salió de prisión, tenía la necesidad de hacer algo. «No sabía si debía ir a las discotecas o de puerta en puerta para decir:aquí no se bebe porque podéis acabar con la vida de una persona». Investigando descubrió que existían asociaciones de víctimas de accidentes de tráfico. Tenía miedo. «No sabía cómo me iban a recibir». Pero les escribió.

«Me pidieron que estuviese a su lado, que les ayudara, que nunca habían tenido un testimonio así. Yo creo que no lo tenían por miedo. Estoy convencido de que todo el que acaba con una vida se siente responsable y quiere hacer algo. No creo que se quede como si nada».

Desde entonces, Samuel colabora con varios colectivos dando charlas. Su testimonio, según destacan los organizadores, suele ser el que más impacta. «Intento que otros jóvenes, y no tan jóvenes, lo entiendan. Evitar que comentan los errores que yo cometí. No creo que nadie quiera hacer daño a nadie, pero no somos conscientes del daño que podemos hacer. No somos conscientes de que, porque te tomes unas copas, puedes acabar con la vida de un padre de familia con unos hijos».

Samuel no oculta lo que ha hecho. No puede dar su nombre completo ni detalles sobre dónde tuvo lugar el siniestro porque aún tiene pendiente la causa judicial, pero su entorno conoce su historia. Tampoco quiere mostrar su fotografía ocultando su rostro. «Porque sería como esconderse y no me escondo. Sé de lo que soy responsable».

En cuanto a su vida, sigue adelante, no sin dificultades. Tiene un trabajo, aunque lejos de la que era su vocación, y cuenta con el apoyo de su familia y sus amigos. «Me pregunto cantidad de veces si esa gente que está a mi lado es consciente de lo que está haciendo o si me lo merezco. No es normal que la persona que ha acabado con una vida tenga el apoyo que yo he tenido. Sabes que no te lo mereces y es incómodo».

Samuel, ya con 28 años, cree que si logra que los conductores entiendan que tienen una vida en sus manos, se acabarán los accidentes. «Mi mayor temor era que me multara la Guardia Civil. No entendía que podía acabar con la vida de una persona».

Ana Collado, 53 años «Absolvieron al que mató a mi hijo. Solo pagó una multa»
Ana Collado, 53 años.
Ana Collado, 53 años. / Brígido

Ana Collado Gálvez también da charlas. Le resulta muy doloroso, pero dice que merece la pena si existe solo la posibilidad de salvar una vida. Ella está en el lado contrario de Samuel, entre las familias que perdieron un ser querido por culpa de un conductor. Su hijo Manuel murió cuando tenía 17 años.

«Salió de casa y a los 10 minutos estaba muerto. Estudiaba para ser agente forestal, es lo que le gustaba. Ese día fue a pescar, volvió, se duchó y salió en moto a entregar el dinero de un cumpleaños. Eran las 21.30 horas. Llegó al sitio, les pagó y volvía a casa con un amigo».

Manuel y su amigo estaban a 500 metros de su casa, cruzando el Puente Fernando Casado de Mérida, cuando ocurrió el accidente. «El conductor venía de una despedida de soltero, les pegó por detrás. A mi hijo lo arrastró 69 metros, lo golpeó contra la barandilla del puente y la dobló con su cuerpo. Murió en el acto. Su amigo, nueve días después».

Ana estaba pintando una habitación cuando recibió la llamada. «Había escuchado pasar ambulancias y sirenas, pero no pensé en nada». En el hospital le dijeron que no estaba herido, sino fallecido. Le permitieron verlo. «Estaba destrozado».

El responsable del accidente, según relata, huyó de la escena, por lo que no pudieron hacerle la prueba de alcoholemia. «Escondió su coche en un depósito, pero lo encontró la Policía Nacional. En el juicio los testigos dijeron que iba borracho. El defendió que no se había dado cuenta, que pensó que era una piedra o un pájaro lo que había golpeado. Mi hijo medía 1,85 y lo arrastró 69 metros».

En el primer proceso fue condenado a cinco años de cárcel por homicidio imprudente, pero recurrió y fue absuelto. «Se consideró falta leve. Pagó una multa de 300 euros. No fue a la cárcel», se lamenta Ana, que dice que desde entonces siente que ella es una bomba de relojería.

Han pasado 14 años. «No te recuperas. No te puedes recuperar. Sigo teniendo todas sus cosas». La familia también ha quedado marcada por esta tragedia. Manuel tenía dos hermanos, el pequeño, de 9 años entonces, tuvo que estar en tratamiento psicológico. No podía dormir por las noches. «Mi marido, desde entonces, está enfermo». En la actualidad está esperando un trasplante de riñón.

«Yo pienso en él cada día, pienso que quizá tendría nietos».

Jesús María González, 53 años «Cuando me dijeron que no volvería a andar, no me lo creí»
Jesús María González.
Jesús María González.

A Jesús María González Morcillo le dijeron que no volvería andar cuando acababa de cumplir 20 años. No se lo creyó. «Estaba en el Hospital de Parapléjicos de Toledo y piensas que serán los demás los que no vuelvan a caminar. Yo pensaba que lo conseguiría. La realidad te supera, la realidad es lo que es y hay que aceptarla», explica este vecino de Montehermoso que lleva 33 años en silla de ruedas.

Su vida quedó marcada por la carretera una noche en las fiestas en Carcaboso. Había estado con unos amigos y a la una de la mañana decidieron volver a Montehermoso. «Yo tenía dinero para coger un taxi y contaba con tres casas de familiares en Carcaboso, podía quedarme con ellos, pero no quería parecer prepotente con mis amigos y decidí subirme al coche».

Iban siete en un automóvil tipo ranchera. Jesús María no recuerda nada. Le han contado que el coche iba a demasiada velocidad, se salió en una curva y chocó con una encina. El joven que iba en el asiento del copiloto murió. Además de llevarse todo el impacto contra el árbol, el resto de ocupantes salieron despedidos y le aplastaron.

Los que viajaban en otros vehículos pararon para socorrerlos. Entonces no existía la precaución de no mover a los heridos y decidieron sacarlos arrastrándolos. «El que me ayudó a mí dijo que, al hacer palanca, notó como mi cuerpo se partió hacia atrás».

Fue llevado a Plasencia y de allí al Hospital Ramón y Cajal de Madrid, pero su primer recuerdo es del traslado de este centro hacia el Hospital de Parapléjicos del Toledo. Sus primeras impresiones fueron malas. Le resultó un lugar frío, pero en los nueve meses que pasó ingresado hizo amistad con sus dos compañeros de habitación, también jóvenes. Cuando aceptaron que pasarían su vida en la silla, comenzaron a trabajar en su adaptación y recuerda que, aún estando ingresados, lograron subir por sus medios a la parte más alta de Toledo.

En este hospital también hizo un curso de reparación de calzado. «Me preocupaba no poder aportar a la economía de mi familia. Mis padres eran personas humildes. Tenía más miedo a no ayudar, que a estar en la silla».

Al volver a Montehermoso su padre le compró una máquina de reparación de calzado y ejerció esta profesión en su pueblo durante 25 años. Se ha retirado por una buena razón. Fue padre de una niña hace tres años y ahora ejerce de amo de casa. El nombre de su hija, bromea, «es el colmo para un parapléjico. Se llama Camino». Durante años dio charlas para concienciar sobre la importancia de la seguridad vial. Lo dejó por el desgaste emocional. «Acababa llorando y también hacía llorar a los chavales».

Juana Díaz «Me desperté en el suelo. No movía las piernas ni las manos»
Juana Díaz.
Juana Díaz. / David Palma

A Juana Díaz Torres tampoco le gusta hablar de su accidente y eso que han pasado tres décadas. Tenía 28 años y era aventurera, según ella misma dice. Daba clases de manualidades, estaba casada y tenía un hijo de 4 años. En vacaciones les gustaba coger su coche, un Seat Panda, e ir de camping, pero sin miedo a hacer kilómetros.

En 1982 decidieron viajar desde Plasencia, su ciudad, hasta Italia. Recorrieron Venecia, Siena y pararon en Andorra de vuelta. La última jornada de viaje debía llevarles de este país a Valladolid, donde vivía su suegra. Fueron muchas horas en el coche, siempre conduciendo su marido, porque él prefería llevar el vehículo. Ya de noche, con viento y lluvia, pararon a solo 5 kilómetros de su destino para que el conductor descansase un momento. El niño dormía en la parte de atrás y Juana decidió soltarse el cinturón de seguridad para poder recostarse y descansar. Lo logró, se quedó dormida.

«Cuando me desperté, abrí los ojos y estaba en el suelo y no sentía las piernas ni las manos. Mi hijo lloraba y me llamaba. Aquello fue horrible. Pensé que era un sueño». El coche se salió en una curva y cayó por un terraplén a una zona de escombros. La madre y el hijo salieron despedidos del vehículo. Ella no llevaba cinturón y el niño tampoco silla de seguridad, ya que en esa época no se utilizaban.

Afortunadamente el pequeño solo tenía un esguince en el cuello. Su madre en cambio sufrió daños en las vértebras dorsales D5 y D6. Pasó los siguientes 13 meses en el Hospital de Parapléjicos de Toledo y no volvió a caminar. Recuerda que fue una experiencia muy dura, pero aún peor resultó el momento de volver a casa. «La gente venía a visitarte y tú te veías sentada, sin poder moverte. Es muy difícil».

Sus lesiones no solo la dejaron en silla de ruedas. Tiene secuelas en la pelvis y los huesos. «Con la edad es peor», señala a sus 65 años. «Te dicen que no sientes nada, pero están los dolores neuropáticos que no se van. Tienes que olvidarte para poder vivir con ellos toda la vida».

Juan Martínez, 43 años «Se mezcló la juventud, el alcohol y la fiesta»
Juan Martínez.
Juan Martínez.

Juan Martínez Espallardo también suele hablar de las secuelas de su accidente. Lo hace ante los jóvenes a los que suele dar charlas. Ha contado el día más duro de su vida muchas veces, pero asegura que sigue siendo complicado, que supone un desgaste emocional. «Yo he llorado muchísimo. Muchas noches después de las charlas no puedo dormir o tengo pesadillas porque lo revives, los recuerdos afloran.Es muy duro».

¿Qué le dice a los menores? «Con mirarme es suficiente», responde. «Les cuento que jugaba al fútbol antes y utilizo mi experiencia personal, mis miserias. Al final notas los silencios y las miradas. Creo que el mensaje llega». Nació en Murcia, pero vive entre esta comunidad y Don Benito, por lo que muchas de sus ponencias son en Extremadura. A sus 43 años lleva dos décadas en silla de ruedas. «A esto no te adaptas, lo asumes porque no tienes otra opción. Esta lesión no te abandona, te condiciona la vida».

Uno de los ejercicios que propone Juan es pedir a los jóvenes que permanezcan sentados en una silla hasta las doce de la noche. «Les da sensación de agobio y eso que saben que tiene un límite, que podrán levantarse a medianoche. Imagínate estar así siempre, les digo».

Su accidente fue el 26 de diciembre de 1999. Tenía 23 años y volvía con unos amigos de una boda. «Se mezcló juventud, alcohol y fiesta». Iban por una carretera nacional a las dos de la mañana y con exceso de velocidad. Se salieron de la calzada y se golpearon contra el muro de un canal. Juan se rompió las piernas, los brazos y sufrió daños en las cervicales y los dorsales. Dos costillas de su pecho se rompieron y se clavaron en su columna causándole daños medulares. Él narra sus lesiones sin miedo y sin omitir detalles. «Creo que en cuestiones de tráfico hay que impactar porque estamos en una sociedad que come mientras ve noticias de niños refugiados ahogados. Hace falta impresionarlos».

Sus lesiones le dejaron en coma mes y medio y luego fue trasladado al Hospital de Parapléjicos de Toledo. «Vives en una nube. Es con el tiempo cuando te das cuenta de los que te estás perdiendo y de lo que ha supuesto eso, también para tu familia». Casi un año después, cuando iban a darle el alta, supo que el conductor del coche, uno de sus mejores amigos, había muerto en el acto. «Me lo ocultaron para protegerme. Ahora doy charlas en el instituto donde estudiamos ambos y me acuerdo mucho de él».

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