Secuestrado por el Vaticano y predicador en euskera

Un libro relata la singular historia de Edgardo Mortara, el niño judío retenido por la Inquisición en Bolonia en 1858 que llegó a Oñati atraído por la lengua vasca

El cuadro de Moritz Oppenheim sobre el secuestro de Edgardo Mortara pertenece a la colección del Museo Judío de Fráncfort.
Pedro Ontoso
PEDRO ONTOSO

La calle Aita Mortara pasa desapercibida en el callejero de la localidad guipuzcoana de Oñati, que puede presumir de nombres ilustres y relevantes. Pero detrás de esta placa hay una historia singular que ha documentado el historiador neoyorquino David I. Kertzer en su libro ‘El secuestro de Edgardo Mortara’ (Editorial Berenice). Es el relato del rapto de un niño judío de seis años en la Bolonia de 1858, ejecutado por la Inquisición por orden del Vaticano, tras descubrirse que había sido bautizado en secreto. El suceso tuvo una repercusión internacional y estuvo a punto de costarle la beatificación al papa Pío IX. El niño se convirtió en sacerdote católico y en un cualificado políglota. Fascinado por el euskera, viajó a Euskadi y se estableció durante un tiempo en Oñati. Hasta el propio Unamuno le escuchó predicar en lengua vasca.

El protagonista

Infancia:
Tenía seis años cuando fue raptado en la Bolonia de 1858. Lo ordenó el Vaticano al saber que, pese a ser de una familia judía, había sido bautizado.
Sacerdote:
Creció en un ambiente católico, se ordenó sacerdote agustino y era considerado un gran predicador.
Lingüista:
Hablaba seis idiomas y leía tres. Fue su interés por el euskera lo que le trajo a Euskadi en 1882. En Oñati hay una calle dedicada a él.

Bolonia pertenecía entonces a los Estados Pontificios bajo la jurisdicción del Papa y en el ambiente se respiraba ya un aire revolucionario que perseguía la unificación de Italia. El 24 de junio de 1858 una patrulla de la Legión de Gendarmes del Vaticano arrebató a sus padres judíos al niño por orden de la Inquisición. El Santo Oficio tenía un informe que acreditaba que Edgardo Mortara había sido bautizado, por lo que no podía permanecer con su familia y debía ser trasladado a una institución católica. Ingresó en la Casa de los Catecúmenos de Roma, la primera de las instituidas en 1540 por Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús y muy venerado en Euskadi, destinada a la conversión de judíos y musulmanes en los años oscuros de la Reforma.

La criada católica

Los casos de niños judíos bautizados en secreto sin el conocimiento de los padres eran numerosos en esa época. La Inquisición logró pruebas de que Edgardo Mortara había sido bautizado por una criada católica, de 14 años y sin apenas formación, porque el niño estaba enfermo y la joven quería salvar su alma. La empleada se lo confesó a una amiga y el caso llegó hasta la Inquisición. El papa Pío IX, amado y denostado al mismo tiempo, trató a Edgardo como si fuera su hijo adoptivo. Pero el pontífice pagó caro el secuestro del niño.

Edgardo Mortara de adulto, como sacerdote agustino, junto a su madre (sentada) y otro familiar. Abajo, el protagonista y escena de la ópera representada en Nueva York. / Sarah Shatz

El nombramiento de Pío IX había sido recibido con gran entusiasmo por sus súbditos y por los europeos, convencidos de que su tendencia liberal facilitaría la apertura de una nueva época, según el análisis del profesor guipuzcoano Juan María Laboa, autor del libro ‘Historia de los papas’ (Planeta). Nada más llegar a la silla de San Pedro decretó una amnistía para los presos políticos y más tarde ordenó derribar las puertas del gueto de Roma, descrito como un estercolero por el político español Emilio Castelar. Luego gobernaría como un monarca absoluto, considerando la Iglesia como una finca personal. Proclamó los dogmas de la Inmaculada Concepción y de la infalibilidad del Papa y reunió al Concilio Vaticano I. En 1864 publicó el ‘Syllabus’, en el que condenó algunos de los fundamentos de la sociedad moderna.

El secuestro del niño tuvo una gran repercusión internacional, fustigada por las asociaciones judías que desplegaron toda su influencia sociopolítica. El asunto se trató en los parlamentos y hubo mítines callejeros. Sólo en el mes de diciembre de 1858, ‘The New York Times’ le dedicó más de veinte artículos. Muchos otros periódicos le secundaron. Por contra, ‘La Civiltá Cattólica’, la publicación de los jesuitas que canalizaba la posición oficial del Vaticano, se dedicó a contrarrestar todas las críticas que llovían sobre Pío IX y la Iglesia.

El rapto tuvo repercusión internacional y estuvo a punto de costarle la beatificación a Pío IX Afrenta a la comunidad judía

«Era un políglota que se empeñó en hablar vascuence y lo consiguió», contaba Unamuno Cultura vasca

Ajeno a las intrigas políticas y eclesiásticas, Edgardo Mortara creció en un ambiente católico y terminó ordenándose sacerdote tras haberse refugiado en Austria y en Poitiers cuando cayeron los Estados Pontificios y Pío IX excomulgó a la dinastía de los Saboya. Antes, el joven se había reunido con sus padres para que recibieran el bautismo como él, pero no lo consiguió. En ese tiempo se formó como un reputado lingüista, que dominaba varios idiomas (hablaba seis y leía tres, entre ellos el hebreo). En sus estudios entró en contacto con el euskera, una lengua que le fascinó. Y viajó al País Vasco.

Lo hizo en 1882. Primero recaló en la localidad gaditana de Chiclana y se estableció en la iglesia de San Telmo. Pertenecía a los canónigos regulares lateranenses. Luego fue subiendo y tras una estancia en Vitoria llegó a Oñati, donde se propuso abrir un seminario menor. En el Archivo Histórico de Protocolos de Gipuzkoa se encuentra el documento de la creación de esta institución, acordado por el obispo de Vitoria y el Ayuntamiento de la localidad. En la villa guipuzcoana permanece la iglesia de los padres agustinos y una residencia de ancianos lleva el nombre de los canónigos regulares. El padre Pío María Mortara -así se hacía llamar- predicaba a menudo en el balneario de Zestoa, lugar de encuentro de las clases adineradas, para recaudar donativos que hicieran posible el seminario de su orden. Por cierto, uno de sus mejores manantiales lleva el nombre de san Ignacio.

Y lo hacía en euskera, lengua que se empeñó en aprender. Testigo de esos sermones fue el propio Miguel de Unamuno, según recoge en su ensayo ‘Contra esto y aquello’ (Colección Austral). El escritor le escuchó predicando en Gernika. «Era un verdadero políglota y en llegando a mi país se propuso hablar vascuence y llegó a conseguirlo», escribe Unamuno, que retrata al sacerdote agustino como «un genuino israelita y un israelita italiano, vivo y sagaz, ingenioso y emprendedor. Se sufría oyendo a aquél intrépido», escribió el filósofo.

‘Auñamendi Eusko Entziklopedia’ se hace eco de la actividad de este eclesiástico y lingüista italiano. Colaboró con ‘Euskal-Erria’ y otras publicaciones y escribió poesía en euskera, de temática religiosa, además de sermones. Algunos de sus trabajos son ‘El bascuence y el sánscrito’, ‘El bascuence en el extranjero’, ‘La Euskal Erria y el Tirol austriaco’ e ‘Idiosincrasia y germanismo del idioma vascongado’. En 1899 firmó un llamamiento colectivo en favor del euskera.

Edgardo Mortara, reclamado en mil rincones como gran predicador, murió en una abadía de Bélgica en 1940, a los 88 años, dos meses antes de la entrada de las tropas alemanas. Antes tuvo tiempo de testificar en favor de la beatificación de Pío IX, una decisión de Juan Pablo II que resultó incomprensible para muchos católicos.

Spielberg prepara una película tras la versión de Broadway y la ópera

La extraordinaria historia de Edgardo Mortara ha sido motivo de inspiración en diferentes disciplinas artísticas. Ha sido inmortalizada en la pintura y ha sido llevada al teatro y representada en la ópera por su gran carga dramática: unos padres que luchan por su hijo y por su alma en un ambiente de intrigas religiosas y políticas. En casi todos los casos por creadores de origen judío, fascinados por este singular episodio o espoleados por lo que consideran un atentado contra los derechos civiles de este colectivo.

El propio autor del libro, David I. Kertzer, ganador de la Guggenheim Fellowship y merecedor de un Premio Pulitzer, es judío. Lo mismo que Moritz Oppenheim, autor del lienzo que aparece en la portada de la obra del sociólogo y antropólogo norteamericano, reproducido en todo el mundo. El cuadro del ‘pintor de los Rothschilds’ que representa el secuestro del pequeño y el dolor de sus familiares, pertenece a la colección del Museo Judío de Fráncfort.

El caso fue llevado a Broadway en 2002 con el título ‘Edgardo Mine’, adaptado para el escenario por Alfred Uhry, premiado con un Pulitzer por su obra ‘Paseando a Miss Daisy’. En 2010 se estrenó en Nueva York en la Dicapo Opera Teatre como ‘Il caso Mortara’, en un libreto de Francesco Cilluffo, joven compositor italiano.

El cine se lo está tomando con más calma, aunque no quiere perder la oportunidad de contar esta historia. En 2002 se frustró una película en la que Anthony Hopkins iba a interpretar el papel de Pío IX, el personaje que más atrae a los guionistas, por encima del propio niño judío. Steven Spielberg prepara la adaptación con el título ‘El secuestro de Edgardo Mortara’ con el actor Mark Rylance (‘El puente de los espías’) interpretando al polémico pontífice.

Inicialmente, trabajaba en este proyecto a medias con Harvey Weinstein (‘Pulp Fiction’ y ‘Shakespeare in love’), que ahora se ha emancipado y formaliza su propia versión con Robert de Niro en el papel de Pío IX. No en vano, se trata de una historia real que tiene todos los ingredientes para una película de acción o un thriler político.

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