«Vine por mi mujer y, cuando murió, me quedé aquí. No quise volver a nuestra casa»

Celedonio Macías./IGNACIO PÉREZ
Celedonio Macías. / IGNACIO PÉREZ

Superviviente de ocho meses de hospital en la guerra civil, la buena salud le ha acompañado

Jesús J. Hernández
JESÚS J. HERNÁNDEZ

«Me llamo Celedonio Macías Martín Mateo Garrido Santiago», dice de corrido despejando cualquier duda sobre su memoria. A sus «102 años y medio», la conserva sin mácula, a corto y a largo plazo. «Mis dos hijos vienen a la mañana y vamos juntos a tomar un café calle arriba. Están ya jubilados. Uno nació en 1937 y el otro en 1942». Durante toda la conservación este antiguo empleado de banca señalará milimétricamente las hojas del calendario sin pretensiones, con una humildad entrañable, sólo por precisión.

Llegó a la residencia Conde Aresti, en el barrio de Zabala, hace diez años. «Vine aquí por mi mujer. Siempre hemos vivido en un quinto piso de Torre Madariaga y ella enfermó. Sólo pudimos estar juntos aquí tres semanas, y falleció a los 92 años. Yo me quedé. No quería volver a casa». Muchos recuerdos y «77 escaleras» eran demasiado.

Celedonio Macías

Residencia Conde Aresti.
Celedonio Macías (102 años) Viudo. Dos hijos, siete nietos y 12 bisnietos, «más alguno en camino». Siempre toma el café de la mañana con sus hijos, ya jubilados. Hasta hace cuatro años subía al monte.

Durante décadas fueron juntos a San Mamés. «Ella sería de las primeras socias de Gol Sur. A mí me daban permiso en el Banco Bilbao -estaba en la sección de Bolsa- para salir antes del trabajo y ver la Copa de Ferias y luego, muchas veces con el traje calado por la lluvia, regresaba a mi puesto para recuperar las horas.

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«¿Qué hay que hacer para llegar a esta edad y estar tan bien? Tener mucha suerte. Nosotros éramos cinco hermanos y soy el único que queda». Esa quizá sea la peor parte de la longevidad. «La mejor es seguir viendo a la familia. Hace poco nos juntamos 31 para comer, aunque yo cada vez voy menos porque ya estoy habituado a mis horarios de aquí». Superviviente de ocho meses de hospital en la guerra civil, la buena salud le ha acompañado. «Hace pocos años todavía iba al monte. Salía de aquí y subía al Pagasarri, a Arraiz y más lejos», recuerda. Nunca le falta el crucigrama -se lo solían ampliar para que lo llevara en sus caminatas- y su misa diaria. «Aquí comes lo que quieres. Yo estoy como un rey».

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