Maiane, la niña curada gracias a los donantes de sangre

Maider y Carlos, con su hija Maiane que acaba de superar un linfoma de Burkitt, junto al donante Ruben Royo./Michelena
Maider y Carlos, con su hija Maiane que acaba de superar un linfoma de Burkitt, junto al donante Ruben Royo. / Michelena

Tiene 5 años y las donaciones de sangre le «han salvado» del cáncer, se felicitan sus padres. Esta es la historia de Maiane, una niña guipuzcoana que acaba de conocer a uno de esos donantes anónimos

ESTRELLA VALLEJOSan Sebastián

Maiane repite en voz alta y con salero que es su cumpleaños y que, además, tiene un diente de leche que se tambalea. Solo lo comenta para que conste, pero asegurándose con el rabillo del ojo de que sus padres le están escuchando. El domingo sumó seis primaveras a sus pequeñas espaldas que han superado demasiados obstáculos para una niña de su edad.

Hace un año le diagnosticaron un linfoma de Burkitt que había afectado a varios de sus órganos. Ahora, la situación es completamente distinta y sus padres no pueden hacer sino agradecer el servicio y la atención recibida, pero fundamentalmente, ofrecer un gracias en mayúsculas a todos y cada uno de los donantes de sangre «que salvaron la vida a la niña», dice su madre, Maider Alonso con la voz entrecortada.

De la noche a la mañana se vio en el hospital de Cruces, con su hija en la UCI «llena de tubos», su marido sin poder entrar en la unidad y su otro hijo de un año en Usurbil. «En ese momento te preguntas a ver qué narices ha pasado en los últimos tres días para que tu vida se haya desmoronado de tal forma». Es el testimonio de la madre de Maiane, que junto a su marido Carlos Sánchez, acaba de superar uno de los capítulos más duros de su vida.

Un pequeño bulto en la espalda de la pequeña pasó a convertirse en un tumor maligno en el riñón. Pero nuevas pruebas terminaron por concluir que tenía también afectado el estómago, el pulmón y el corazón.

El traslado urgente en helicóptero a la UCI del hospital bilbaíno fue inminente y una vez allí, cuando confirmaron que se trataba de un linfoma de Burkitt en un estadio 4 de 5, iniciaron un tratamiento de quimioterapia 'de rescate', porque «iba muy justita», explica el padre. A los quince días de cuidados intensivos le siguió otro mes más en planta, hasta que fue trasladada de nuevo al Hospital Donostia, donde ha permanecido con el tratamiento otros siete meses más.

La niña interrumpe la entrevista y aporta su granito de arena al relato de su historia: «A Pati (enfermera de Cruces) le pitaban las máquinas de la quimio todos los días». Sobra dar explicaciones, pero su padre lo hace. «Ella ha sido plenamente consciente de lo que le ha pasado y ella, al igual que los otros niños de la unidad nos han dado una lección de vida a todos». Y su mujer añade sin poder contener las lágrimas que «había días que subías al hospital llorando y nada más entrar la veías con una sonrisa que te quitaba todos los males».

El procedimiento se repetía cada dos semanas. Recibía el tratamiento de quimioterapia, regresaba a casa y a los tres días comenzaban «los días malos». «Se le bajaban las defensas, se quedaba pálida, echa polvo y ya le ibas viendo que necesitaba transfusiones», recuerdan sus padres. Así, los días que tocaba hacer el trasvase de sangre, con decirle a Maiane que «toca chuleta», lo entendía a la perfección. Del mismo modo que cuando le decían que «le iban a dar salsa», significaba que era el turno de la transfusión de plaquetas.

El último paso antes de su mejoría fue la autotransfusión de médula que tuvieron que practicar a la niña, «y que nuevamente no pudo llevarse a cabo hasta que no le inyectaron las plaquetas», insiste su madre. El pasado 1 de junio, de pronto, sin esperarlo, la doctora les comunicó la gran noticia de que la pesadilla había terminado. Los resultados eran favorables y Maiane podría recuperar la normalidad en su vida. «Esperamos que pueda volver al colegio en enero cuando una vez que le pongan las vacunas que le faltan», indica Carlos.

La magia de la donación

Aún es pronto para que la madre de la pequeña pueda hablar de todo por lo que han pasado sin emocionarse, aunque las lágrimas que le brotan sean más un reflejo del agradecimiento y la condensación de emociones que por la tristeza de aquel primer momento.

«Lo que está claro es que en su recuperación ha sido tan importante la quimioterapia como la sangre de los donantes», subraya. En total le realizaron más de treinta transfusiones que, junto con el tratamiento han salvado la vida de la niña. «La cuestión es si los donantes son conscientes de cuánto significa ese gesto de ir a donar», se plantea Sabin Urcelay, presidente de la Asociación guipuzcoana de donantes, que se ha marcado como reto para los próximos años humanizar las donaciones.

Es consciente de que decirle a cualquier personas que con una donación se pueden salvar tres vidas no deja de ser un dato, tan relevante como frío y hueco. Por eso recuerda las donaciones de hace cuarenta o cincuenta años cuando donante y receptor se tumbaban en camillas y esperaban que la transfusión se completase de brazo a brazo. «De esa forma veíamos que en un cuarto de hora, el paciente pálido que teníamos al lado, mejoraba su aspecto y salíamos ilusionados por haber mejorado o salvado la vida de una persona. Esa ilusión del donante es la que tenemos que volver a conseguir», comenta.

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