Cuando nos prohibieron bailar

Jóvenes desafían la prohibición de bailar en los bares tras aprobarse la Ley de Cabarés./R.C.
Jóvenes desafían la prohibición de bailar en los bares tras aprobarse la Ley de Cabarés. / R.C.
El Piscolabis

Hay leyes que pueden parar las piernas, pero ninguna puede encarcelar el ritmo

JON URIARTE

Eran tirando a bajitos. De esa altura que ya no se estila. Y cargaban años como para ser padres de los jóvenes presentes. Pongamos que eran «sesentañeros». Pero destacaban sobre el resto. Solo ellos estaban bailando. Y además, juntos. Ahora suelto, ahora agarrado, ahora ni sí ni no. Había algún cliente, no lo negaremos, que movía cabeza al son de lo que contaban a gritos los bafles. Pero lo de ellos era otra cosa. Un bailar con fundamento. Demostrando, sin absurdos pudores, que quien tuvo retuvo, sea ritmo, gracia o salero. Y que lo mantiene, por mucha cana que cubra cabeza. Además lo hacían con ese estilo de quien está de vuelta de todo y de todos. Por eso resultaba imposible dejar de mirar. Una pareja enamorada. Sus pasos lo demostraban. Simples. Poco arriesgados. Pero entregados. Mostrando confianza en el otro. A veces mirándose. Otras recorriendo con los ojos el tendido. Así les vi, y les seguí viendo, en esas tardes y noches en las que Bilbao se iba de farra y la música desafiaba la paciencia vecinal. Hasta que, hace unos años, les perdí la pista. Pasaron a ser un recuerdo. Pero hace poco volví a verles. Él espigado e impecable, como acostumbraba. Ella elegante y sonriente, como siempre. Pero ya no eran pareja, sino trío. Una silla de ruedas. La ocupaba ella. Y ya no bailaban.

Esta semana apareció una noticia entre toda la maraña de asuntos judiciales y políticos que pasó desapercibida. Pero el Piscolabis exige recolección alternativa y el titular nos atrapó al instante. 'Los neoyorquinos podrán volver a bailar en todos los bares tras la derogación de una ley de 1926'. Cada vez se titula más largo. Cualquier día los periódicos se transforman en titulares sin texto. Pero vayamos al asunto. A mediados de los años veinte del pasado siglo una 'Ley de Cabarés' ponía las cosas difíciles, por no decir imposibles, para bailar en un bar de Nueva York. Y la cosa no cambió con el paso del tiempo. Para que se hagan una idea, a fecha de hoy apenas un centenar de bares y restaurantes, de los más de 25.000 que hay en la ciudad tienen licencia para bailar. La razón no era que se pisaran pies ajenos, sino zapatos blancos. Me explico. Se trataba de tomar medidas contra los bares de jazz de Harlem donde el baile facilitaba cruzar piernas y brazos entre blancos y negros. Y puestos a utilizar una ley para dar por saco, añadieron a ésta una norma por la que los artistas no podían actuar si carecían o habían perdido su licencia. De esa forma las gentes de Gotham no pudieron disfrutar durante años de las actuaciones de Ray Charles, Billy Holliday o un tal Sinatra que se negó a sacarse el permiso porque lo consideraba un insulto a la inteligencia. Y con razón. Pero ya sabemos que nos encanta saltarnos ciertas leyes. Así que más de una pareja desafió lo establecido bailando entre el humo del tabaco y las voces cruzadas de mil conversaciones. Si han estado en Nueva York lo entenderán.

Estando ya prohibido fumar, vi en pleno Village un pub donde vendían puros habanos, de contrabando por supuesto pese a que lucían sin tapujos en una inmensa vitrina, y los clientes se los fumaban allí mismo. Aunque un servidor jamás ha fumado, y se alegra de la ausencia de humos, contemplar aquel pequeño pulso al sistema, incluido pasar del bloqueo a Cuba, resultó gratificante. De hecho, entonces no lo sabía y ahora lo valoro, eran muchas las parejas, grupos y hasta almas solitarias que bailaban al ritmo de una música que más que oírse se intuía. Han pasado los años pero apostaría a que aquel lugar no tenía la famosa licencia. Dudo que tuviera alguna. Daba igual. Sobre todo a una pareja que me cautivó al instante. También eran tres. Ella, él y una silla de ruedas. En este caso, era el hombre quien la ocupaba. Aunque más que sentado, parecía que flotara sobre ella. Bailaba lo mismo una canción desgarrada de Tom Waits que un tema agitado de Matt Bianco. Y ella seguía sus pasos, como si las ruedas llevaran zapatos y sus zapatos ruedas. Ya podían existir mil leyes que aquella pareja jamás dejaría de bailar. Antes pararía el mundo de girar. Bilbao no es Nueva York y no tenemos esas leyes. Pero sí otras. Cada vez más pensadas para el bienestar de la comunidad. De eso que se llama, ciudadanía respetable. Pero me habría encantado que el bar en el que me encontré con la pareja que antaño bailaba, hubiera sonado la música hasta el amanecer. No solo por ellos. Por todos. Pero no fue así.

Tras despedirse del dueño del local, de los camareros y de algún veterano cliente partieron hacia la noche otoñal. No les he vuelto a ver. Y desconozco las razones que le llevaron a ella a sentarse en aquella silla. Pero juro por los cuellos subidos de Toni Manero que si algún día nos reencontramos pediré que suene la música y les pediré un penúltimo baile. Porque nadie me ha emocionado bailando tanto como ellos. Desde la primera vez que les vi quise ser ellos. Una pareja que bailaba importándoles un bledo el qué dirán y si el mundo seguía o no girando. Ojalá sigan el ejemplo de aquella otra de Nueva York y la silla no sea impedimento. Para que nada ni nadie les impida seguir bailando juntos, así pasen mil años, desafiando todas las leyes. Sobre todo las que nos hacen más previsibles y menos felices. Al fin y al cabo, ya que no sabemos cuándo será el último, que nunca nos prohíban el penúltimo baile.

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