«Prefiero morir a que me llamen violador», dice el hombre absuelto tras pasar dos años en la cárcel en Gipuzkoa

Badr Sahar, en el Boulevard donostiarra, tras salir de la cárcel hace un mes/Sara Santos
Badr Sahar, en el Boulevard donostiarra, tras salir de la cárcel hace un mes / Sara Santos

Badr Sahar afirma que la acusación por agresión sexual le ha cambiado la vida, pero que quiere «pasar página sin rencor»

IGNACIO VILLAMERIELSAN SEBASTIÁN

Badr Sahar ha pasado los dos últimos años en la cárcel de Martutene acusado de un delito de agresión sexual que supuestamente cometió junto a un «conocido» suyo, también marroquí. Sin embargo, la Justicia determinó hace un mes que no se puede probar que cometieran tales hechos y les otorgó la libertad.

El episodio ocurrió en enero de 2016. La denunciante, una mujer de mediana edad y de nacionalidad portuguesa, aseguró que los acusados le robaron, le golpearon y le agredieron sexualmente. Asimismo, su expareja también denunció que estos le dieron una paliza. No obstante, el día del juicio, la presunta víctima afirmó que no se acordaba de nada. La mujer, que sufre un trastorno psicótico, tuvo que abandonar la sala durante su declaración, que fue difusa, llena de silencios y en la que ni aclaró ni corroboró los hechos que en su día denunció ante la Ertzaintza.

Uno de los dos absueltos, Badr Sahar, de 33 años, explica la «pesadilla» que ha vivido desde el 8 de enero de 2016. Asegura que ese día le «cambió la vida», pero se esfuerza ahora en «pasar página sin guardar rencor». O al menos el menor rencor posible: «En esta vida los perdono, pero delante de Dios no le voy a perdonar ni a ella ni a él».

«Le pedí al juez que hiciese una rueda de reconocimiento para ver si me identificaba»

Badr llegó a Gipuzkoa en 2008, después de haber pasado primero por Murcia y Cataluña, donde conoció a una mujer con quien tiene un hijo de siete años.

En 2016 Badr trabajaba de chapista en Rentería. Un viernes por la tarde se encontró con un compatriota suyo en San Sebastián. «Solo éramos conocidos. Aun así, me invitó a tomar algo en la casa donde vivía de okupa». Era el 8 de enero. «Estábamos tranquilamente en su casa y se desencadenó una discusión entre mi amigo y otro chico marroquí» que vivía en el mismo inmueble abandonado. «De repente, el otro vino con una porra y yo le agarré por el cuello y mi amigo del brazo. Entonces llamé al 112 y pedí que viniera una patrulla». En ese momento, según la versión de Badr, el portador de la porra se fue y «nosotros esperamos a que llegase la policía, ya que era yo quien les había llamado».

Pero cuando llegaron, «entraron con fuerza, no me dejaban ni respirar, me esposaron y les decía: 'pero que he llamado yo'. En la calle me desmayé y una ambulancia me llevó al hospital». Cuando se recuperó estaba esposado. «Yo no estaba ni borracho ni nada». Había habido una pelea, sí, pero según Badr, en ella no había mujer alguna implicada.

«Cuando me dijeron que era libre grité de alegría: 'la verdad ha salido a la luz'»

«Yo no vi a la chica hasta el domingo 10 de enero, que nos llevaron al Juzgado de Guardia. El problema había sido con el chico. A ella ni le vimos», reitera uno de los dos marroquíes ahora absueltos.

El domingo, a la cárcel

Aun así, el viernes ya pasaron la noche en el calabozo «y el sábado todo el día y toda la noche». A la una del mediodía del domingo fueron conducidos ante el juez «y a las dos ya estábamos en la cárcel, sin saber muy bien por qué».

La principal razón por la que se les ha mantenido en prisión durante 23 meses, según su abogado, Alfonso Iglesias, es «que no declararon ningún domicilio, por lo que no tenían arraigo y el riesgo de fuga era grande, porque al fin y al cabo les pedían muchos años de prisión».

Algo que corrobora Badr Sahar: «Pedían 9 años de cárcel para nosotros. Imagínate que pasamos todo ese tiempo por algo que no hemos hecho. No puede ser, es una pesadilla», asegura este marroquí de 33 años que considera que «no puede ser que una chica diga algo sin tener ninguna prueba y metan a unas personas en la cárcel. Le dije al juez que hiciese una rueda de reconocimiento para ver si me reconoce, porque para meter a alguien en la cárcel tienes que estar muy seguro».

Ya en prisión, «un agente judicial me dijo: 'toma este papel', y como no entendía bien, se lo di a uno para que me lo leyera: 'Agresión sexual', le comunicó, dos palabras que resonaron en su cabeza como sendos disparos. '¿Estás leyendo bien?', le dijo. Yo me he peleado con un marroquí pero ahí no había ninguna chica», aseguró Badr. «Pues aquí pone agresión sexual», le confirmó el otro antes de añadir: «Estás jodido».

«Empecé a llorar y a golpearme la cabeza contra la pared. Y cuando la gente me vio en esa tesitura nadie vino a consolarme porque se corrió la voz de que era un 'violador'. Me decían: 'No bajas de los 12 años de cárcel'».

«He perdido dos años»

Pese a haber sido absuelto hace un mes, Badr afirma que ha perdido dos años «y otras muchas cosas», como su trabajo. Aún así, prefiere mirar hacia adelante. «Estoy intentando recuperar mi vida», aunque aún recuerda lo mal que le miraban en la cárcel porque se pensaban que era «una especie de violador».

Pese a ello, Badr asegura que no tuvo miedo dentro de prisión pese a haber sido encarcelado por un delito de agresión sexual. «Yo sé protegerme, ¿sabes? y si alguien quería hacerme cosas sucias prefería morir antes de dejarme tocar un pelo. Además, los internos sabían que yo no soy un chico malo». Él procuraba tener buena conducta y hablar lo justo, no fuera a ser que, si confraternizaba mucho, algún día alguien fuera a pronunciar la palabra maldita: 'violador'. «A mi compañero se lo dijeron y no le importaba, pero a mí sí, prefería morir antes de que me llamasen eso, así que andaba solo para imponer más respeto».

«Me la encontré y vi que yo he perdido dos años, pero ella está perdiendo su vida»

La única compañía que tenía en la cárcel era «una pelota». También iba mucho al gimnasio. «Los jefes me apreciaban y me dieron buenos trabajos en cuanto me fueron conociendo». De hecho fue un interno de apoyo para los nuevos reclusos que ingresaban en Martutene.

Pese al deporte y la vida ordenada, los despertares en la cárcel eran duros. «Tuve que ir a psiquiatría porque creía que estaba soñando, sobre todo al principio». Aún así, Badr prefiere mirar al futuro e intentar olvidar el daño «que he comido».

Por eso mismo, cuando le dijeron que salía de la cárcel empezó a llorar y a gritar de alegría, a abrazar a todo el mundo. «Hablé más ese día que en los 23 meses anteriores». Tenía la grasa del taller por todo el cuerpo, pero le dio igual. «Lo dejé todo y me puse a correr por la prisión como un loco. Los funcionaron fliparon. Yo decía a todos: «Mirad, no soy ningún violador, la verdad ha salido a la luz».

Badr tiene claro que el apoyo de su familia ha sido «clave» para sobrellevar los dos años entre rejas. «Lo poco que ganaba lo usaba para llamarles. Me decían: 'tranquilo, lucha, mantente en forma, reza para pedir a Dios que te ayude, estate centrado y todo pasará'. Pero a pesar de esos ánimos, Badr afirma que a veces no tenía ni ganas de comer porque le venía el recuerdo de su padre enfermo, «y si un día me llegan a decir que había muerto y yo estaba en la cárcel injustamente, me hubiese vuelto loco».

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