«Los políticos deberían aprender de nosotras a administrar el dinero»

Esperanza de la Mano./Yvonne Fernández
Esperanza de la Mano. / Yvonne Fernández

Esperanza de la Mano preside la asociación de viudas de Santurtzi. «Cuando te casabas, tenías que dejar de trabajar», recuerda

CARLOS BENITO

A Esperanza de la Mano le encantaba la sensación de ganarse la vida. Con 18 años se marchó de su pueblo, Moraleja de Sayago, en Zamora, para afincarse en Bizkaia: «Allí no había otra cosa que la labor del campo, así que se vino mi padre y yo con él», relata. Estuvo un tiempo cuidando niños, limpió piezas de coche en Cromoduro y trabajó también en la fábrica de conservas que había en el puerto de Santurtzi: «Yo estaba en una máquina que grababa las chapitas de las latas: era bonito, todo el rato igual pero más limpio que estar con el pescado. Habría seguido feliz haciendo eso».

Pero se casó. Su marido, Manolo, era del mismo pueblo que ella y, cosas de la emigración, también vivía en la misma calle de Santurtzi. «Y, como dice el refrán, ‘te casaste, la cagaste’ -se ríe-. Entonces te casabas y tenías que dejar de trabajar. Mi marido era el macho y el machista, así que era él quien tenía que traer el dinero a casa. ¿Qué ibas a hacer? Él tenía más autoridad y yo era una llorona: todo lo arreglaba llorando, aunque ahora tengo el corazón de punta y no lloro nunca». La de Esperanza es la historia de millones de mujeres de su generación, aunque ella especifica que también entonces había grados: «A mi padre no lo recuerdo tan machista como a mi marido. No le importaba ayudar en casa. Mi marido solo hacía algún recado, aunque luego traía lo que le parecía. Él trabajaba y salía a tomar vinos con los amigos y a vivir la vida, porque él era el que la vivía».

Los tres cafés

Con la muerte de Manolo, de la que se van a cumplir veinte años, en la vida de Esperanza se produjo un cataclismo con varias vertientes. Por un lado, estaba esa libertad desconocida que llegaba a asustar un poco: «Me llamaban las amigas para sacarme de casa. Un día le dije a mi hija: ‘Si tu padre levantara la cabeza y viese que me he tomado hoy tres cafés, ¿qué me diría?’. Y ella me contestó: ‘¿Y te has parado a pensar los vinos que se tomaría él si te hubieses muerto tú?’». Por otro lado, amenazaban las estrecheces: el hijo y la hija mayores estaban casados ya, pero el pequeño solo tenía 13 años. «Tuve que recurrir al trabajo sumergido. Estuve seis años cuidando a unos niños. Luego cuidé a mis nietos, cuidé a mi padre... Todo eso que hacemos las amamas, que es trabajo no remunerado y no se ve».

La viudedad tuvo una tercera consecuencia, menos previsible, porque Esperanza se enroló en la asociación de viudas, que nacía justo entonces. «No quería andar siempre con la familia. Fui a ver qué se guisaba y me apunté: me ha valido para ir de viaje, de excursión... ¡Todo lo que no pude hacer de casada!». Y, por supuesto, la ha empujado a la reivindicación en nombre de las viudas, ese colectivo enorme y tradicionalmente silencioso que sobrevive con las pensiones más bajas. «Yo cobro 639 euros con 30 céntimos, contando la subida de euro y pico de primeros de año. ¡Menos mal que somos buenas administradoras! Los políticos deberían aprender de nosotras. Yo tengo a dos hijos en casa y contribuyen, pero las viudas nos tenemos que arreglar igual que se arreglaban nuestras madres, gracias a que sabemos cocinar pucheros». Los lunes, toca desplazarse a Bilbao para participar en la manifestación de pensionistas: «¡Seguiremos hasta que haga falta!».

A Esperanza, que tiene ahora 69 años, no le ha interesado eso que algunos llaman ‘rehacer su vida’, aunque a veces se parezca más a deshacerla. «Mi hermano me dice que tiene ganas de tener un cuñado, pero le contesto que lo busque él por ahí. Yo no he querido saber nada más de hombres, aunque alguna ocasión he tenido». Le valió con casarse una vez, aquel 31 de octubre de 1969. En el bingo de la asociación, el número 31 se sigue cantando como ‘la boda de Espe’.

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