Perspectivas

En este mundo el pecado de la misoginia es del hombre, pero su estigma lo lleva la mujer

Cristina Cifuentes./Efe
Cristina Cifuentes. / Efe
MARIA MAIZKURRENA

Sucedía que leíamos algún texto de esos que parecen dirigirse a la humanidad y tratar sobre la humanidad, y en ese texto, por decirlo en palabras de Alicia Puleo: «se hablaba de ‘el hombre’ y entendíamos ingenuamente que se refería a la especie humana; pero, de forma inesperada, en un ejemplo dado por el autor encontrábamos expresiones tales como ‘cuando el hombre ama a una mujer...’» y, entonces, ese genérico ‘hombre’ se manifestaba como un hombre varón. El anthropos aparecía como aner». Y esto que cuenta Alicia Puleo, aclarando que no siempre ha sido así, pero que lo era en la mayoría de los casos, ese encontrarse de repente con que el texto te dejaba fuera de algún modo, era sólo una de las sorpresas, y no la más desagradable, de las que nos esperaban en nuestro camino de exploración de un mundo (el cultural y el otro) hecho a la medida del macho de la especie. En este mundo el pecado de la misoginia es del hombre, pero su estigma lo lleva la mujer, una marca más profunda que la de Caín. Si al principio fue la marca de la víctima propiciatoria (la perversa justificación ideológica y moral de su sometimiento) a medida que ella reclamaba un lugar en el espacio público pudo convertirse en la marca de la intrusa, la extranjera, la rebelde, la espía, la pionera, la sufragista, la inconformista, la revolucionaria. Aunque en palabras de Cristina Molina, la mujer fue «aquel sector que las Luces no quieren iluminar», precisamente del siglo de las Luces salió el impulso que llevó por el mundo la triple idea de libertad, fraternidad e igualdad entre los hombres (varones) y la semilla que debía extender esa idea a todos los sexos, razas y géneros.

Esa es la raíz del movimiento feminista, al principio un movimiento por los derechos civiles y políticos de las mujeres, que en sucesivas oleadas nos ha dejado conceptos fundamentales para el estudio de la sociedad, haciendo visibles anchas zonas ocultas. Sólo el concepto de género nos permite entender que la traición al suyo pueda ser la forma en que algunas mujeres acceden al éxito social comportándose como varones, reproduciendo sus pautas de conducta, sus valores y forma de ejercer el poder. Sólo la cuidadosa observación de los flujos y condicionamientos mutuos entre espacio público y privado nos permite entender cómo se puede ocultar la mayor parte de la desigualdad en este último, negando lo que hay en él de social, político y económico. Pero es comprensible que también haya mujeres desdeñosas con esta perspectiva: ni se ve lo mismo desde una clase social que desde otra ni hay voluntad de ver lo que se prefiere oculto. La Sra. Cifuentes dijo que «cuando uno plantea una huelga tiene que tener razones fundadas para hacerlo». Hoy habrá mujeres que no hagan huelga porque no pueden y otras no la harán porque no tienen razones fundadas para ello.

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