Chuck McCarthy: El paseante de personas

Chuck, con una de sus clientas habituales, paseando por las colinas de Los Ángeles./R. C.
Chuck, con una de sus clientas habituales, paseando por las colinas de Los Ángeles. / R. C.

Primero pensó en perros, pero luego se le ocurrió que era mejor idea pasear gente. A 26 euros la hora, Chuck se está haciendo de oro en Los Ángeles

IRMA CUESTA

Lo primero en lo que pensó el bueno de Chuck McCarthy fue en hacerse paseador de perros. Al fin y al cabo, no tardaría en tener suerte y convencer a alguno de los responsables de los muchos casting a los que acudía cada semana para que le dieran algún papelito. Los Ángeles, la ciudad del cine, los vientos de Santa Ana y las oportunidades, era el lugar perfecto para cumplir su sueño de convertirse en actor, pero antes de lograrlo había que pagar las facturas.

En un lugar atestado de dinero y mascotas con collares firmados por Tiffany, creyó haber dado con la solución a su problema cuando se percató de que el mercado comenzaba a estar repleto de cuidadores y paseadores de perros. ¿Qué hacer entonces? La segunda opción que Chuck McCarthy barajó fue convertirse en entrenador personal. Una profesión, pensó, cuya demanda crece con la misma fuerza con la que nos empeñamos en parecer que tenemos treinta, aunque hace tiempo que hayamos celebrado los cincuenta.

En esas andaba, a punto de ofrecerse como el gurú de los abdominales, cuando se le ocurrió que mucho mejor que airear perros o luchar contra las leyes de la naturaleza, sería pasear personas. En una urbe de diez millones de habitantes, en la que uno puede estar increíblemente bien acompañado y terriblemente solo al mismo tiempo, qué mejor que ofrecer compañía mientras se mueven las piernas.

Hace ya dos años que Chuck, un tipo grande y simpático con una barba digna del capitán Haddock, se convirtió en paseador de gente. Desde entonces, The People Walker, la empresa que fundó un poco a lo tonto mientras esperaba la llamada de su representante anunciándole que acababan de darle el papel de su vida, no ha dejado de crecer. Treinta y cinco personas trabajan ya con él y, en vista del éxito, no descarta comenzar a montar sucursales por todo el planeta.

El paseador de personas cuenta que entre sus clientes hay de todo, y que no solo se trata de gente solitaria, asocial y aislada. Muchos -al menos eso es lo que dice- son hombres y mujeres casados, con hijos y un montón de amigos, con los que, sin embargo, no coincide. Otros, eso sí, son los clásicos adictos a las redes sociales que hace tiempo que sustituyeron las relaciones reales por otras 2.0 y necesitan, al menos de vez en cuando, alguien con quien hablar mientras tu interlocutor te mira a la cara. «Durante un rato pueden aparcar Twitter o Facebook. Esto, en realidad, es muy similar a ir a un confesionario, a un bar o a la peluquería», ha dicho este peculiar emprendedor en una entrevista en la que ha reconocido que su próspero negocio le ha alejado de momento de los casting y que ahora trabaja en una aplicación para teléfonos inteligentes relacionada con su flamante empresa.

Conversación

Dice que el secreto de su éxito está en saber escuchar. Dos años caminando durante una hora, dos o tres veces por semana, con personas de todas las edades y ambientes, le ha hecho un experto por más que se niegue a presentarse como una suerte de terapeuta. «Esto suele ser más del tipo de una conversación que de una confesión. Ni escucho los secretos más íntimos de nadie ni mis clientes rompen a llorar durante nuestras caminatas. Son conversaciones superficiales, pero creo que es terapéutico, incluso si no están desnudando sus almas».

Recibe cientos de correos diarios y no descarta montar una franquicia

La prueba de que su método debe de ser efectivo es que llevan meses sin dar abasto vendiendo paseos acompañados a 15 dólares (unos 13 euros) los treinta minutos. «¿Necesitas motivación para caminar?, ¿tiene miedo de caminar solo por la noche?, ¿no te gusta caminar solo?, ¿no quieres que la gente te vea caminando sola y asuma que no tienes amigos?, ¿no te gusta escuchar música o podcasts, pero no puedes caminar solo en silencio, obligado a enfrentar pensamientos del futuro desconocido, o tu propia insignificancia en el universo en expansión?». Todas esas son las preguntas que McCarthy plantea en su página web. Y la gente responde contratando sus paseos personalizados.

Originario de Atlanta, McCarthy, que se dejó la barba convencido de que, con ese aspecto, al menos caería un papelín como indigente o motorista homicida, dice estar encantado de echar una mano a quien lo necesita mientras proclama los beneficios de llevar una vida sana. «Está bien motivar a alguien para que salga de su casa y camine, mucho más que interpretar, como hacen los entrenadores personales, a un sargento de caballería», dice reconociendo que hace tiempo que no le preocupan las facturas y sonriendo cuando le sugieren que su historia daría para una buena película.

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