«Oyes por primera vez unas burbujas y alucinas»

Liam tiene 4 años. Nació con una sordera congénita, que desaparició con la cirugía para la colocación de dos implantes cocleares y su posterior programa de rehabilitación. Disponer de dos procesadores es para él una garantía y para sus padres, una mayor tranquilidad. / Manu cecilio

Un niño sordo de nacimiento y una mujer que perdió el oído casi por completo relatan sus vivencias tras recuperarla audición con un implante coclear

FERMÍN APEZTEGUIA

El oído es el sentido de la vida. Uno quizá puede prescindir de los abrazos, de la visión de sus seres queridos, también del disfrute de su plato favorito, incluso perder el aroma del mejor recuerdo. Pero vivir en el más absoluto de los silencios se considera la experiencia más desoladora. Los sordociegos lo saben bien. No se trata de ser melómano y vivir sin música, sino de dejar de oír para siempre a quien se ama o morir sin volver a escuchar un «te quiero». En medio de una atronadora nada. El lenguaje de signos facilita enormemente la comunicación, pero el cariño y los afectos son un mundo demasiado rico como para resumirse en la expresión de un rostro o el gesto de una mano.

Quizá por eso, el implante coclear, cuyo día internacional se celebra hoy, se considere uno de los mayores avances de la tecnología sanitaria del último siglo. El dispositivo, inventado de manera rudimentaria en 1957, permite no sólo recuperar la audición a pacientes con sorderas severas, sino concedérsela incluso a niños sordos de nacimiento. Como Liam Cordeiro, uno de los dos protagonistas de esta historia. El equipo médico que le recibió hace cuatro años en la maternidad del hospital de Cruces le diagnosticó una sordera congénita. «Era nuestro primer hijo. El disgusto, claro, fue tremendo», recuerda su madre, Vanesa Maya, que aún se emociona cuando relata el día en que su hijo mayor comenzó a hablar. «Las lágrimas de tristeza se tornaron en llanto de alegría y emoción. Parecía increíble».

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Como Liam, unos 12.000 españoles, más de 600 vascos, se comunican con el mundo exterior a través de un dispositivo capaz de transformar las señales acústicas en señales eléctricas que estimulan el nervio auditivo y activan la parte del oído interno llamada coclear. Cientos de niños nacidos en las últimas décadas en España llevan gracias a un equipo de este tipo «una vida tan absolutamente normal como que han terminado su carrera universitaria y hoy hablan varios idiomas con fluidez; nadie que les oiga hablar diría que se trata de personas sordas», afirma el especialista Manuel Manrique, director del departamento de Otorrinolaringología de la Clínica Universidad de Navarra.

María Victoria Martínez pertenece a una familia con problemas auditivos, aunque sólo ella los ha tenido tan severos que necesitó recurrir a un implante coclear para llevar una vida normal. Melómana empedernida, no acude a conciertos porque el alto volumen al que se programan le genera molestias, pero con esa salvedad lleva una vida del todo normal. / Manu cecilio

Liam es un niño de Sestao con dos implantes cocleares, tratado en el hospital Donostia, centro de referencia de Osakidetza. Vive con sus padres, su hermano Eidan, de dos años -que tiene una audición normal y unas ganas de juerga permanentes-, y un pequeño perro que lleva el nombre de su muñeco favorito, Mickey. «Leí que las mascotas ayudaban mucho al desarrollo de estos niños y se lo compramos. Fue un acierto. Es un animal muy juguetón, que no se separa de él ni un momento. Si de noche se levanta para ir al baño, el perro le acompaña. Siempre está ahí», explica la madre.

Recuerdos imborrables

Le pusieron de nombre Mickey por el famoso ratón de Walt Disney. Su peluche, grandote, casi tanto como él, es 'Mickey el implantado', porque también luce tras sus orejas dos implantes de tela, «cosidos con paciencia por su bisabuela». Con él, Liam aprende a manejar su discapacidad. «Es un niño muy juguetón y, aunque aún le cuesta un poco construir frases, habla con absoluta normalidad», explica Vanesa Maya.

«Nació sordo y cuandose quita los implantesno oye nada, pero con ellos es como tú y como yo» El mundo del pequeño Liam

Con el equipo de EL CORREO se muestra tímido. Al relatar el dolor del diagnóstico, la madre se emociona. «No sabes qué ha pasado, si has hecho algo mal, no sabes nada». Habla de lo bien que se ha integrado en la escuela su pequeño, de la naturalidad con que se quita y se pone sus implantes y de los muchos cuidados que requiere el equipo. «Si llueve se lo tenemos que quitar, porque se estropea. Si pasa una moto, también porque el ruido le machaca; y al dormir, también lo retiramos». Pero le ha cambiado la vida.

Hay recuerdos imborrables para una madre. Como las primeras palabras de su hijo. «¡Cómo lo voy a olvidar! Fue muy emocionante. Liam abrazó a su perro y dijo, 'Mickey'».

«Tienes que aprender otra vez a identificar sonidos y preguntar siempre qué es esto. ¡Ah, una cafetera!» La rehabilitación de Mª Victoria

Al otro lado de la ría, en Las Arenas (Getxo), vive una mujer de 45 años que trabaja en la comisión ejecutiva del grupo educativo COAS. A los 15 años, María Victoria Martínez comenzó a notar los primeros síntomas de una pérdida auditiva que estaba llamada a ir a más. Estudió la carrera de Música, «hasta octavo de piano», y se licenció en Empresariales, pero no fue hasta que comenzó a trabajar cuando comenzó a sentir que sus complicaciones auditivas se estaban convirtiendo en un problema grave. «A veces, te pierdes e intentas disimular. Estaba en una reunión y acababa desconectando porque no podía seguirla. O pedía que me mandaran las cosas por correo electrónico, porque me veía incapaz de mantener una conversación telefónica».

Tras la cirugía del implante, llegó la rehabilitación con un logopeda, que ayuda al paciente a identificar los sonidos. Es como si se volviera a empezar a oír. «Al principio sólo sientes ruidos, que eres incapaz de identificar. Es como si tu cerebro tuviera que aprender de nuevo los sonidos», explica. El mundo se redescubre. «Recuerdo que un día me subí la cremallera de la chaqueta y me sorprendí. ¡Pero qué es este sonido! Otra vez oí un 'ssssshh' y aluciné... ¡Era el estallido de las burbujas de mi Coca-Cola!». Trece años después, el implante forma parte de su rutina diaria. De eso se trata.

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