Helados en verano: sí, pero con moderación

El mantecado, como siempre se le llamó, puede ser un alimento muy nutritivo, pura dieta mediterránea, si se consume de forma moderada y en cantidades apropiadas

Fermín Apezteguia
FERMÍN APEZTEGUIA

Lo cierto es que tomarse un helado en verano no sólo es delicioso, sino que, además, sienta fenomenal. Refrescante y nutritivo, qué más puede pedirse a un producto para que nos ayude a afrontar mejor los meses de calor. Poco más. Denostado durante un tiempo hasta el punto de que la industria se vio forzada a elevarlo a la categoría de santo, que no lo es, el mantecado está considerado como un alimento sano que por derecho propio puede encajar perfectamente dentro de los patrones de una dieta sana, como la mediterránea, paradigma como se sabe de lo saludable. El secreto está en la cantidad. Hay que disfrutarlo sin abusar de él, porque lo bueno, en este caso nunca mejor dicho, si breve dos veces bueno. Aunque haya otros motivos, la ración es la clave. La larga lista de beneficios que pueden atribuírsele se transformarían de un momento a otro en una auténtica amenaza si se diera por bueno que estamos ante un producto glorioso. Cuando de nutrición se habla, ni del cerdo puede decirse que todo sea bueno.

«Con el helado no resulta sencillo establecer si se trata de un producto bueno o malo, porque intervienen otros factores. Hay que saber situarlo dentro de una dieta equilibrada y tener siempre presente que no estamos ante un alimento básico, como las frutas y las verduras», sino algo más bien «prescindible», como explica la nutricionista del hospital de Cruces y endocrinóloga del IMQ Zorrotzaurre, Rebeca Sánchez. Si se toma con moderación y cabeza, resultará muy saludable, pero si se prescinde de él, tampoco pasa nada. Una dieta equilibrada permite cubrir las carencias que nos perderíamos con su supresión.

Los de leche contra los de hielo

La nueva pirámide alimentaria elaborada por la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria los coloca en un tercer nivel, como las chuches y la bollería industrial, lo que significa que su consumo ha de ser opcional, ocasional y moderado. Como consumidores sanos, deberíamos apostar en consecuencia por una repostería y una heladería elaborada preferentemente en casa, con métodos e ingredientes tradicionales. Lo industrial siempre conlleva una mayor carga de conservantes y aditivos, muchos de ellos sintéticos, que se ponen con diferentes fines tecnológicos, como proporcionar un color más vivo al producto o garantizarle una vida más larga.

Los helados, según explica Rebeca Sánchez, se clasifican en dos grupos. No tienen la misma consideración nutricional los de crema, preparados a partir de leche, que los elaborados sobre una base acuosa como los sorbetes o los polos de hielo de toda la vida. Unos y otros conllevan sus ventajas propias. Los lácteos contienen vitaminas de alto valor biológico procedentes de la leche y constituyen una fuente de calcio. Los de agua carecen de toda proteína, pero pueden aportar un nivel variable de vitaminas y minerales.

La cara amable del heladito de verano también conlleva su cruz. Los de base láctea, los que se compran en el mercado, suelen ser muy ricos en azúcares añadidos como sacarosa y jarable de glucosa. Y casi por norma, también en grasas saturadas, muchas de ellas de tipo vegetal añadidas, las famosas hidrogenadas, como las de coco y palma, bastante menos recomendables. La especialista aconseja, por ello, apostar por postres elaborado de modo artesanal y con producto natural. Y, sobre todo, disfrute del verano. «Tomarse un cucurucho de barquillo el domingo por la tarde no es algo desmesurado. Lo que no podemos hacer es tomarnos una tarrina de 200 gramos todos los días y menos aún delante del televisor». Lo de siempre, sentido común.

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