La niña del cumpleaños imaginado

La niña del cumpleaños imaginado
El Piscolabis

En este tiempo en que fechamos todo hay quien no sabe cuándo empezó todo

JON URIARTE

No solo conozco la fecha. También que era sábado. Y la hora. Una de la tarde. Así me lo contaron y así aparece en la ficha clínica. De ahí que mi madre, cada marzo, aguarde hasta esa hora exacta para felicitarme. «Naciste en este momento, hijo», proclama, repitiendo una liturgia que le encanta. «En la hora del aperitivo. ¡Así has salido!», añade siempre y ambos reímos. Por lo general solemos estar a cientos de kilómetros la una del otro. Pero los teléfonos, por muy móviles que sean, adquieren en ese momento un cable invisible en forma de cordón umbilical. Como si ese, y no otro momento, fuera el momento exacto para celebrar dicha fecha. En cambio conozco a una niña que no puede hacerlo. Porque no sabe cuándo nació.

Prescindiremos de los detalles. No vienen a cuento. Forman parte de su intimidad, la de su padre y la de su madre. Solo añadiré que nació en China y que es un cielo de cría. Lo hizo en los años en que muchas familias, impactadas por las desgarradoras noticias que llegaban de allí, acudieron al gigante asiático para adoptar a una de aquellas criaturas que, por el hecho de nacer mujer y en familia paupérrima, carecían de futuro. En el mejor de los casos, acababan en un orfanato. Como le sucedió a ella. De hecho, la primera fecha oficial de su vida es la de su ingreso en aquel lugar. Dicen que fue recogida en una cesta junto a un río. Si es que nos fiamos de lo que les contó aquel centro donde los bebés aprendían a subsistir en un entorno y forma a años luz de lo que vive un recién nacido en occidente. Su padre también me contó en su día, lo tengo marcado a fuego en la memoria, que impresionaba verle en aquel lugar, chupando el babero para no desperdiciar una mísera gota de puré. O que, como el resto de niños y niñas abandonados, permanecían sentados en sus tronas con el pijama abierto por debajo para que pudieran hacer sus necesidades y no tener que poner pañales. Impactaba escucharlo. Aunque viendo las fotos de aquellos días no percibo tristeza en los ojos de la niña. La suya es otro tipo de mirada.

Expectante, pero sin aspavientos. Temerosa, pero firme. Con ese ver absorbente que tienen los niños, sean de donde sean, cuando no se fían. Lo que tampoco vemos en las fotografías es algo que sucedía cada vez que oía la voz del hombre que había viajado hasta allí para ser su padre. Jamás había escuchado una voz masculina y lloraba entre temblores cuando él abría la boca. Todo tiene cura. Eso también. Y el tiempo es la mejor terapia. Dicen que podríamos vivir con menos memoria, pero sería imposible sin la capacidad de olvidar. Este es un ejemplo. Nos permite dejar atrás traumas y dolores del alma. Aunque algunos se queden escondidos. Aletargados. Buscando el momento más traicionero para aflorar. Cuando ya no lo esperamos. Cuando quienes te sacaron del infierno creían que todo eso era pasado. De ahí el valor de esa madre y de ese padre que tomaron tamaña decisión. Sobre todo en casos como el suyo. Donde los hijos ya existían. Dos, hoy hombretones, que veían a la nueva hermanita como un ser extraño que llegaba por sorpresa a sus vidas. Pero todo salió bien, los tiempos de orfanato quedaron atrás y, con ellos, el calendario sin días marcados. Ese donde nunca había fiestas, cumpleaños o parientes y nadie sabía cuándo, dónde ni cómo había empezado todo. Lo que no deja de resultar extraño. Sobre todo en estos tiempos.

Se ha puesto de moda buscar los orígenes, el árbol genealógico y hasta el más mínimo detalle del ADN. En EEUU, por ejemplo, está siendo un furor. Ya sabemos que todo lo que surge allí cruza el charco, así que será cuestión de tiempo que lo veamos de forma masiva. Lo que nos lleva al principio de estas líneas. Nacieron hace unas mañanas, cuando vi al padre rellenando un documento en el que pedían la fecha de nacimiento de la niña. «Siempre que lo escribo no puedo evitar pensar en que es una estimación. Que seguramente no fue ese día», susurró, entre medias sonrisas cargadas de una extraña sensación, asimilada a lo largo de los años. Un servidor no ha vivido ese largo proceso. Así que escucharle provocó una descarga, en algún lugar incierto, entre las dos neuronas que me quedan. Esas que se centraron, a partir de ese instante, en asimilar el relato. Como la historia del pijama y los patucos que llevaba la niña en el orfanato y que guardan en casa como un triste y a la vez hermoso y revelador tesoro. O lo que supone adoptar a una niña china en un mundo racista. Pero sobre todo, no me pregunten por qué, jamás olvidaré la incógnita de su día de nacimiento. «Llegó al orfanato en mayo y calcularon que tenía un mes de edad. Así que lo situaron en abril», sentenció, mientras escribía una fecha, hace años inventada.

De vez en cuando vuelvo a verla. Siempre saluda con un cariño que no merezco. Le acompaña una sonrisa que espero jamás se borre. No será fácil. Para nadie lo es. Y para alguien como ella aún menos. A pesar de que apenas lleva caminada por esta vida menos de tres lustros, no le ha quedado otra que comprender que nació muy lejos. Que sus rasgos son diferentes. Que fue abandonada. Y que nunca sabrá el día exacto en que nació. A cambio sabe, y con los años lo comprenderá mejor, que ella cumple años los 365 días. Porque tuvo otra oportunidad. La de seguir existiendo. La de tener una madre y un padre. Y con ellos, un presente y un futuro. Largo o corto, bueno o malo. Incierto. Como todos. Ni más ni menos. Le queda un mundo por recorrer. Y se hará muchas preguntas. Algunas tan lógicas e imposibles de responder, que dolerán en el alma a quienes le acogieron en su seno. Ojalá supere todo eso y le vaya bonito. Y que cuando sea mayor alguien le diga que gracias a ella quien teclea estas líneas aprendió una lección de vida. El próximo marzo recibiré la felicitación de mi madre de una forma diferente. Entendiendo la suerte que tengo. Y agradeceré, más que nunca, que aguarde cada año a la una de la tarde para felicitarme. Hasta ahora no había valorado lo que supone saber la hora exacta en que di mi primera bocanada en un mundo donde hay niñas que soplan, con la misma o mayor ilusión, velas de cumpleaños imaginados.

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