«Llevar escolta me permite tener algo de vida»

Gotzone -nombre ficticio- prefiere no revelar su identidad por miedo./Ignacio Pérez
Gotzone -nombre ficticio- prefiere no revelar su identidad por miedo. / Ignacio Pérez

Una mujer maltratada vizcaína relata cómo el hombre del que se enamoró, la acabó anulando y amenaza con matarla a ella, sus hijos o su familia

Ainhoa De las Heras
AINHOA DE LAS HERAS

«Decidí acabar con aquel horror cuando ví que mi hijo reproducía la misma agresividad que su padre». «¡Que te calles, te voy a tirar el móvil por la ventana!», le gritó un dáa el pequeño, de cinco años, las mismas frases que le dirigía su compañero. «¿Pero qué estoy permitiendo, voy a criar a un maltratador?», reflexionó Gotzone, nombre ficticio de esta vizcaína maltratada que lleva escolta privada permanente para evitar que su pareja pueda acercarse a ella y cumplir sus amenazas de matarla o hacer daño a sus hijos o su familia. Es andereño en un colegio de una localidad vizcaína y ha decidido contar su historia porque «creo que nuestra única arma es contarlo para poder defendernos, para tener testigos. He ocultado lo que me estaba pasando durante mucho tiempo y fue un error».

Se conocieron en 2005. «Cuando te enamoras todo es bonito, no ves determinadas cosas, aunque ya empezaba a sacar su agresividad. Piensas ya cambiará. Al principio lo achacaba al alcohol, cuando bebía se ponía así, después a que no tenía papeles y estaba en situación irregular o a que no tenía trabajo, pero consiguió los papeles y no cambiaba, tuvo trabajo estable y tampoco...». Gotzone cree que consiguió «camelarme metiéndome en su mundo de mentiras, dándome pena», aunque luego ha descubierto que su familia es acomodada, por ejemplo.

«Sólo me pegó una torta una vez y me enseñó un cuchillo diciendo que iba a acabar con la gente a la que quiero. El maltrato era psicológico, si me hubiera pegado me habría dado cuenta antes. Era más sútil, tiraba todo lo que había en un mueble al suelo, entre ellos objetos que para mi tenían un valor sentimental». El hombre al que amaba la iba «anulando», «para él era una porquería de profesora, de madre, era mala en la cama, no servía para nada».

25N - Día Internacional contra la Violencia de género

Durante la mayor parte del tiempo vivieron de su trabajo como docente, «él no trabajaba, yo lo hacía todo, me encargaba de los niños... hasta que ya no podía más». Él llegaba a casa y preguntaba «¿qué hay de cena? tortilla de patata, ¡esta mierda! y tiraba el plato al suelo. Pero, ¿qué quieres? todas las noches centollo, pensaba ella sin atreverse a abrir la boca». Las humillaciones se fueron «agravando hasta llegar a extremos, pensé que con el primer hijo acabarían, después con el segundo, pero cada vez era peor».

«El mismo maltrato que a mí se lo sometió a mi hijo. Le decía que me iba matar y el crío venía llorando angustiado donde mí, pensaba ‘qué va a ser de mí’». Ella intentaba educar a sus hijos poniéndoles límites, pero él «lo echaba todo por la borda». Vivían con miedo a que llegara a casa, «eso no hagas para que no se enfade tu padre», repetía.

Una mujer sumisa

Estas escenas, sin ella darse cuenta, iban calando en su hijo mayor, la pequeña sólo tiene dos años y no era consciente de nada. «Qué le espera a esta niña en esta casa, ser una mujer sumisa», se desesperaba. Hasta que, hace ahora un año, decidió «separarme, echarle de casa» y educar a sus hijos en un entorno sin violencia y con otras herramientas para solucionar los problemas. «Tuve que llamar a mi familia para que estuvieran delante. Cuando denuncias no sabes que empieza otro horror». Él no lo aceptó y comenzó un rosario de llamadas a la Ertzaintza. «Me abordaba en mitad de la calle, me amenazaba delante de los niños». En menos un año ha interpuesto siete denuncias, algunas de ellas por quebrantamiento de condena, una incluso delante del escolta. Guardó los mensajes amenazantes y grabó conversaciones telefónicas, que sirvieron de prueba en los tribunales. Una jueza dictó una orden de alejamiento de 200 metros y la prohibición de comunicarse con ella por un período de 24 meses, que caduca en febrero de 2019. «Antes de salir del juzgado ya la había quebrantado mandándome un mensaje».

Las cifras de la violencia machista

52
mujeres víctimas de violencia de género llevan escolta en Euskadi. En algunos casos se trata de escolta permanente y en otros, de forma esporádica.
901
víctimas cuentan con el teléfono ‘Bortxa’ que les conecta directamente con la Policía.
22
La pulsera electrónica se usa en otros 22 casos.
4.519
mujeres en total reciben algún tipo de protección por parte de la Ertzaintza, cifra ligeramente superior a las 4.352 del año anterior. En Bizkaia son 2.014, en Álava 1.045 y en Gipuzkoa, 1.370.

En un primer momento, el hijo mayor pasaba un fin de semana cada quince días con él, la niña era demasiado pequeña. Las entregas y recogidas se realizaban en un punto de encuentro. La actitud del padre hizo que un informe de las asistentas del punto de encuentro recomendara que se suspendieran las visitas. Llegó el verano y Gotzone quiso poner distancia de por medio y se fue al pueblo pensando que estaba segura, pero «apareció allí y la jueza decretó entonces que debía llevar escolta». «¿Yo?, pero si no soy ninguna delincuente, que la lleve él», espetó, pero le advirtieron que si renunciaba a la protección era «bajo mi responsabilidad». Esa misma noche, le enviaron a dos ertzainas. Al cabo de dos días se le asignó la escolta definitiva de una empresa de seguridad privada. Dos guardaespaldas que trabajan por turnos y van cambiando de cara. «Al principio mi hijo no quería. ‘No me gustan tus amigos, ama’, decía. Y yo le explicaba que no eran amigos sino que estaban para protegerme. ¿De aita, que te quiere hacer daño verdad?».

Gotzone se siente «atada» y carece de «libertad» por llevar una sombra detrás. «Para todo tengo que pedir permiso, bueno llamarle. Si se me olvida bajar la basura la tengo que dejar en casa porque no le voy a hacer venir solo para eso, ya sé que es su trabajo pero somos personas». Pero, por otro lado, «me permite tener un poco de vida, ya no tengo que ir como una loca por la calle mirando a todos lados, puedo estar vigilando a mis hijos, tomarme un café con una amiga». Sin embargo, «no me siento del todo segura, tengo miedo de que no me permita hacer mi vida. Le veo capaz de hacer daño a los niños por hacérmelo a mí, sabe dónde me duele y sé que esto me lo va a guardar, lo voy a terminar pagando, en este momento a mí no se puede acercar, pero de algún modo terminará atacando».

La clave

Protección
Tiene una orden de alejamiento de 200 metros y prohibición de comunicarse hasta 2019

Consiguió separarla de sus amistades, que ha logrado recuperar y cuenta con el apoyo fundamental de su familia y de sus compañeros de trabajo, una red que les falta a otras víctimas. También ha recurrido a la asociación Clara Campoamor y recibe asistencia psicológica con Sutitu, lo que le ha permitido recuperar su autoestima. «Mi fuerza para salir del agujero han sido mis hijos», proclama.

Su sueño es una «utopía», «que me dejara en paz para siempre porque no creo en la cadena perpetua, ni en que la cárcel rehabilite». Cuando se produce una nueva muerte por la violencia machista, «intento no indagar en la noticia. Me siento furiosa, impotente de que no podamos hacer nada, de que siga pasando. ¡Mira todas las que van cayendo!».

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