Miles de enfermos crónicos de Lyme peregrinan de prueba en prueba sin hallar la cura

Una picadura de garrapata. / R.C.

«Te toman por perezoso o por enfermo mental», dice uno de los afectados

En Estados Unidos y Centroeuropa ya han tomado conciencia del riesgo que representan las garrapatas, especialmente porque los enfermos crónicos de Lyme, que transmite la bacteria ‘Borrelia burgdorferi’, se cuentan por cientos de miles. En España hay mucho por hacer. Los afectados -40.000 según la sociedad internacional sobre este mal, ILADS- peregrinan de médico en médico sin encontrar solución.

Vicenta Delgado Exempleada del Parque de Los Alcornocales (Cádiz) | «Me picaban garrapatas cada día y yo les echaba aceite»

«Trabajaba en el jardín botánico y me picaban cada día. Hacía lo que se ha hecho de toda la vida de Dios: echarles aceite para que se cayeran», recuerda Vicenta. A sus 45 años, esta mujer que corría y hacía ciclismo de montaña tiene un 78% de discapacidad por culpa de aquellas picaduras. Ahora que solo puede caminar cien metros con bastones sabe que el aceite, la gasolina o el calor «estresan» a las garrapatas y precipitan la infección. Los últimos 8 años han sido un infierno de dolores y renuncias para esta madre que ahorra toda su energía para llevar a sus hijas al colegio: «No puedo limpiar la casa ni hacer la comida, pero no quiero que vivan la angustia de tener una madre enferma. Intento que lo lleven con normalidad, aunque mi vida no es normal. Ni fácil».

Vicenta Delago recibió muchas picaduras por su trabajo en un jardín botánico. / RC

Todo empezó con mareos, vértigos y un cansancio atroz. Siguió con diarreas, llagas en la boca, dolores musculares y fallos de memoria. «Me apagaba, como si me estuviera muriendo», recuerda. Se hizo decenas de pruebas y nadie encontraba la causa de sus males. En 2014 coincidió con una prima casada con un alemán y él lo tuvo claro: «Tienes borreliosis, una enfermedad causada por garrapatas».

Como aquí solo le ofrecieron un tratamiento puntual para el Lyme, acude a un médico privado en Bélgica con una larga experiencia sobre cómo abordar sus complicaciones. Con los 488 euros mensuales de su incapacidad no le llega. «Me he arruinado», admite.

Françoise Chabassier Exprofesora pensionista por invalidez (Málaga) | «Me van a tratar en Francia. ¿Qué puedo perder?»

Françoise ha seguido un camino paralelo al de Vicenta, pero en silla de ruedas. Aficionada al senderismo y la montaña, esta profesora del Liceo Francés de Málaga recuerda vagamente haber tenido una garrapata en el cuerpo hace 15 años y fue hace 10 cuando aparecieron sus problemas de salud. Desde 2010 no puede caminar, pero ha vivido sin saber por qué, «en la ignorancia». Ha visitado a más de 50 médicos en Francia y España, incluidos varios psiquiatras. «Esto es típico de los enfermos de Lyme: son tratados de perezosos, de hipocondriacos, y al final les dicen que todo está en su cabeza», resalta Françoise. Hace año y medio, una médica malagueña -«mi salvadora»- dio en el clavo. La Seguridad Social le ha reconocido la invalidez absoluta, pero en el hospital no aconsejan seguir con los antibióticos.

El bichito que dejó en silla de ruedas a Françoise Chabassier vivió años callado en su cuerpo. / R.C.

Ella no se rinde. Pertenece a la Asociación de Enfermos de Lyme Crónico de España (ALCE) y a dos grupos galos que luchan por una atención integral. Françoise, de 54 años, no pierde el humor ni la esperanza: «En el Hospital Carlos Haya me han dicho que no me voy a curar, pero no quiero estar toda mi vida en una silla de ruedas. Voy a seguir un tratamiento privado en Francia. ¿Qué puedo perder?».

Rafael Sánchez Ingeniero de montes en el P. N. Los Alcornocales (Cádiz) | «Somos un colectivo de alto riesgo»

Si Françoise y Vicenta representan la cara más amarga del Lyme, Rafael Sánchez (45 años) es la dulce. Lo suyo fue una infección aguda de libro. Y además, con toda la suerte que cabe tener en estos casos: este ingeniero de montes del Parque Natural de los Alcornocales se acuerda perfectamente del día que le picó una garrapata. «Fue el 25 de julio de 2016, en un descorche en Jimena de la Frontera», certifica. No es que notara la mordedura, pero al cabo de tres días empezó a tener fiebre, se notaba cansado y le apareció en el gemelo un enrojecimiento bastante escandaloso. «Seguramente me rasqué y se me quedó dentro la boca de la garrapata». En Urgencias no acertaron a la primera, pero a partir de los cuatro días la mancha de la pierna fue creciendo -del tobillo a la ingle- y cambiando de forma. Era el ‘eritema migrans’, el único síntoma inequívoco de la enfermedad de Lyme... que solo aparece en el 75% de los casos. «Eso fue mi salvación», reconoce. Estuvo tomando antibióticos durante un mes y después se sometió a revisiones periódicas.

Rafael Sánchez / R.C.

Su caso se consideró un accidente laboral. «Somos un colectivo de alto riesgo: personal de medio ambiente, forestales, ganaderos, gente del campo...», explica Rafael, que trabaja activamente para difundir las medidas preventivas entre sus compañeros.

Lauro Martínez Jubilado (La Rioja) | «Me costó mucho curarme. No podía ni andar»

El riojano Lauro Martínez (64 años) vivió una experiencia parecida. Exalcalde de su pueblo, Hormilla, y trabajador jubilado de una empresa de electrodomésticos, hace 3 años celebró el Día de la Rioja con una excursión a la Sierra de Cameros. A los pocos días se encontró mal y su médico le trató como si tuviera un resfriado, pero le empezaron a salir manchas en las piernas y apenas podía sostenerse en pie. Dio con sus huesos en el Hospital San Pedro de Logroño. No tardaron en identificar el causante, que había dejado el rastro de una picadura en la ingle. «Me dieron antibióticos y a los cuatro días salí del hospital, pero estuve más de dos meses fastidiado. Me dejó sin defensas. Mis conocidos pensaban que tenía cáncer», asegura. Lauro ha olvidado el nombre de la enfermedad que le transmitió la garrapata, pero no cómo la dejó entrar: «Casi nunca llevo pantalones cortos, pero en aquella excursión me los puse».

Lauro Martínez pasó dos meses terribles tras una caminata en Cameros. / M. HERREROS.

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