«De mayor seré médico para tratar a los niños con cáncer»

Asier cuenta su historia junto a su hermano Iñigo y sus padres. / FERNANDO GÓMEZ | VÍDEO: MARTA MADRUGA

En el día internacional de los niños que afrontan tumores, Asier, Aritz y Ane nos cuentan sus sueños

Fermín Apezteguia
FERMÍN APEZTEGUIA

La mejor terapia contra el cáncer es la imaginación. No hay tratamiento más potente contra el dolor, sea físico o emocional, que mantener viva la capacidad de soñar. Los niños, para eso, son unos privilegiados. Su potencial para ilusionarse y descubrir magia donde en realidad los adultos sólo ven fármacos, radioterapia, cirugía y efectos secundarios, les permite afrontar las enfermedades oncológicas de un modo radicalmente distinto. Sueñan, pero no están dormidos; saben del dolor, pero no pierden la esperanza. En medio de un mar de sufrimiento, el propio y el de sus familias, construyen su futuro.

En el Día Internacional del Niño con Cáncer, tres chavales vascos y sus padres hablan con EL CORREO de la mucha vida que les espera. Dibujan un horizonte cargado, a dosis iguales de ilusión y realismo. Aritz Fernández de Aranda es un adolescente vitoriano de 16 años que se imagina trabajando de bombero o quizás de ertzaina. «Siempre me ha gustado». En Getxo, vive un superviviente de 10 años, que le ha ganado a la enfermedad ya en dos ocasiones. «Antes quería ser astronauta, pero ahora sé que seré médico para tratar a los niños con cáncer en sus casas. En el hospital te cuidan bien, pero es un sitio horrible», protesta Asier Alaña. La villa de Bilbao vio nacer a la pequeña Ane hace sólo tres años. Ella, con esas edad, qué va a querer. «¡Pues hacerme grande!», exclama.

«Lucha por tus sueños».

La familia Alaña De las Heras es un ejemplo de lucha y superación. En menos de diez años, desde 2005, el cáncer les ha visitado en cuatro ocasiones y ha golpeado a tres miembros de los cuatro que forman el clan. El primero en caer fue el padre, con un tumor testicular. Cuatro años después, el pequeño Asier, de dos años y medio, se vio en la obligación de afrontar una leucemia. A la mitad del tratamiento y a punto de nacer su hermano Iñigo, al año siguiente, su madre, Amaia, fue diagnosticada de un tumor de tiroides. Cuando pensaron que la pesadilla por fin había terminado, Asier tuvo que volver a la sexta planta del hospital de Cruces. Oncología infantil. Esta vez con un cáncer de tipo testicular, como su padre.

Ane pasea por el hospital con su madre, Ainara Azkarraga.
Ane pasea por el hospital con su madre, Ainara Azkarraga.

«La primera vez es duro, pero la segunda es una bofetada tremenda. Sabes a qué te enfrentas y te enfadas, te cabreas con el mundo y te preguntas mil y un veces por qué otra vez a ti», cuenta la madre. Su relato es duro, pero en él no hay espacio para la rabia ni el desánimo. Todo lo contrario. «Nosotros le trasmitimos que hay que seguir adelante», explica Unai Alaña, el padre. «No pares, le decimos. Nunca desfallezcas, sigue luchando por lo que quieres, por lo que sueñas. Inténtalo siempre».

Cuando era pequeño, Asier soñaba con ser astronauta y viajar a Marte en una nave espacial. El tiempo en el hospital cambió su perspectiva. «Me trataban muy bien, pero no me gustaba la anestesia, porque veía borroso. Cuando me despertaba, tenía un truco. ¿Sabes que hacía? ¡Guiñaba un ojo y así perfecto!».

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A sus diez años, se explica con soltura. Afirma convencido que ahora, desde su experiencia hospitalaria, quiere ser «médico para tratar a los niños con cáncer en su casa». Pero mientras llega algo así, se fija metas más cercanas, que le permitan disfrutar del día a día. Como le han enseñado sus padres. «Quiero que llegue el verano para ir al campamento de Aspanovas -la asociación vizcaína de familiares de niños con cáncer- y a casa de los abuelos, en Villabuena (Álava), para jugar con Atila. No le conocéis... Es un dálmata muy chulo».

Aritz Fernández de Aranda, 16 años, se tropezó una tarde de verano en Vitoria y se rompió un hueso de un brazo. Era un tumor óseo, que le impedirá volver a jugar de portero en el Lakua. «No me lo puedo creer, se han tenido que equivocar», rogó su madre, Pili Matilla, al oncólogo que le atendió. No había error. «Me agarré un cabreo...», recuerda su hijo. Me fui a casa y empecé a puñetazos y patadas con todo. Me sentó horrible».

Marcos y Aritz echan un futbolin en la unidad de Cruces.
Marcos y Aritz echan un futbolin en la unidad de Cruces.

Amigos por ‘la play’

El tiempo y los tratamientos - «muy duros, la quimio te deja barrido, con náuseas, vómitos»- le han permitido matizar su visión de la enfermedad. «No seré más portero, pero seguiré jugando a fútbol».

La enfermedad le ha dado tiempo para pensar. Lo mejor del cáncer, «y lo peor, -reflexiona- es que te enseña cómo es la gente, quien es tu amigo de verdad y quién no lo es. Ahora sé quién me quiere sólo por ‘la play’». Sus padres, Marcos y Pili, le hablan de futuro. «No hacemos planes a largo plazo, pero le decimos que estudie, que prepare el día de mañana», explica él. Aritz lo tiene claro. «Lo superaré y seré bombero o quizás ertzaina. ¿Por qué? No lo sé. Siempre me ha gustado».

«Tienen que ser tratados en Pediatría hasta los 18 años»

Los padres de adolescentes con enfermedades oncológicas no quieren que sus hijos sean tratados en las mismas unidades que los adultos. Los chavales que acaban de dejar la niñez y los que recién se estrenan en la juventud no afrontan el mal del mismo modo que los mayores, según explica Unai Alaña, de la Asociación de Padres de Niños con Cáncer de Bizkaia (Aspanovas). Viven una revolución hormonal y emocional, necesitan apoyo psicológico y también la ayuda permanente de los padres. «En Euskadi estamos bien, el problema es que en el conjunto de España, cada hospital va por libre», afirmó el portavoz de Aspanovas.

A 65 kilómetros de distancia, en el barrio bilbaíno de Miribilla, la pequeña Ane lucha contra una leucemia linfoblástica aguda, que es una patología típica de la infancia. En medio del dolor, sus padres, Xabier Leizea y Ainara Azkarraga, están ilusionados, porque los médicos les han informado de que lo superan el 90% de los críos. Ane, según cuentan, es una niña con mucho carácter, que pasa «momentos mejores y peores» con los tratamientos. Como cualquiera a su edad, sólo quiere «hacerse mayor». Mientras la pareja habla de la enfermedad de la niña, ella juega con una nube de peluche. La nube vuela, Ane sueña.

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