Marcados por los atentados de París

Laura Leveque./AFP
Laura Leveque. / AFP

Rockeros que asistían al concierto de la sala Bataclan y otros supervivientes del 13-N han añadido a sus cuerpos tatuajes «para no olvidar nunca»

Isabel Ibáñez
ISABEL IBÁÑEZ

Había 1.500 personas abarrotando la sala de conciertos Bataclan de París el 13 de noviembre de 2015. Eran las 21.30 y Eagles of Death Metal llevaban una hora tocando cuando tres hombres irrumpieron dentro y empezaron a disparar. Sonaba ‘Kiss the Devil’ (‘Besa al diablo’). «Somos un grupo de rock que toca fuerte -explicó el baterista, Julian Dorio-, el poder del sonido de la banda sobre el escenario es difícil de superar, pero los primeros disparos fueron tan poderosos que reconocí enseguida que algo grave estaba pasando». Así era. Laura Leveque, 32 años: «Estuve empapada en sangre y carne. Los muertos se filtraron en mí». Aquella vivencia, sepultada bajo cadávares, se transformó más tarde en un cuervo en su hombro, junto a un eclipse y una serpiente que se muerde la cola. «Simbolizan el ciclo de la vida, flores que crecen en un campo de batalla». Un tatuaje para recordarlos a todos, recuperar su cuerpo y «transformar el horror en algo hermoso». Muchos de los supervivientes han reservado una parte de su piel para conmemorar en su cuerpo la tragedia que de forma indeleble ocupa su mente.

89 personas dejaron su vida en aquella sala. Nahomy Beuchet, 21 años, estaba allí. Hoy su brazo está decorado con un dibujo del Bataclan, la fecha de aquel día y la frase ‘Peace, Love, Death Metal’, título de un álbum de la banda californiana. «El tatuaje es como un ancla histórica», se explica. Difícil olvidar. Shawn London, técnico de sonido del grupo, revive aquello como si fuera hoy: «La gente cantaba cada canción, sonreía, bailaba... Se lo estaban pasando muy bien. Era conmovedor. Y de repente oí un ruido, creí que eran petardos. Comenzaron a disparar al azar y empezaron a caer al suelo, muertos. Corrían, no sabían adonde ir, así que vinieron hacia mí y saltaron para refugiarse tras la mesa de sonido. Yo seguía en pie, vi a un atacante, él me miró, me apuntó y falló. Le dio a la mesa de sonido y los botones salieron disparados en todas las direcciones».

David Fritz.
David Fritz.

No fue el único que estuvo cara a cara con la muerte y pudo contarlo. El terrorista Ismael Omar Mustafá se fijó en David Fritz Goeppinger, fotógrafo de 25 años, y le preguntó por su nacionalidad: «¡Soy chileno!», respondió. «Pero, ¿tienes opinión de la política francesa?», le espetó el asesino. «No, no tengo», contestó aterrado. Y el pistolero se giró hacia otros rehenes. «Realmente pensé que iba a morir, que era imposible salir de esto. No sé cómo explicarlo, no hay palabras». El tatuaje de su antebrazo habla por él, la fecha en números romanos. Se quemó el pelo y sufrió un fuerte golpe en la espalda, pero... «No tenía una herida. Y necesitaba algo», alega. Para recordar, aun cuando no quiera: «Había sangre por todos lados. Me voy a quedar con esa imagen hasta el fin de mi vida».

El impostor tatuado

Lo mismo siente la veinteañera Manon Hautecoeur, su león y el lema de París, ‘Fluctuat nec mergitur’ (Tocada, pero no hundida), de su brazo: «Es mi cicatriz. Cuando tus heridas son ‘sólo’ psicológicas tienes la impresión de no ser realmente una víctima, porque no tienes lesiones físicas». Ella se encontraba en las inmediaciones del restaurante Petit Cambodge, otro de los objetivos de aquella noche, junto a una ‘brasserie’ cercana al Estadio de Francia donde se produjo una explosión. Hubo en total 130 muertos y 350 heridos físicos, sin contar las secuelas ‘invisibles’.

Manon Hautecoeur.
Manon Hautecoeur.

Como las de Florence Ancellin. No vivió en sus carnes los atentados, pero una zanahoria en el tobillo homenajea a su hija Caroline con su apodo, 24 años cuando murió en Bataclan. Maryline Le Guen tenía a sus tres hijos de entre 15 y 29 años en el concierto. Renaud, el mayor, falleció allí, y desde entonces ese nombre puede leerse en su piel. Otros se han tatuado allí donde fueron heridos: Stephanie Zarev, 44 años, lleva un ave fénix en el brazo dañado por la metralla «para demostrar que a pesar del horror de esa noche, hay mucho por lo que vivir». Alexandra recibió un disparo en el codo donde hoy luce el emblema de París.

Stephanie Zarev.
Stephanie Zarev.

Pero en esta historia hay también lugar para la infamia. Entre ellos intentó colarse un impostor, el enfermero Cédric Rey, 29 años; se inventó que estuvo en aquella sala y que se salvó de las balas gracias a una mujer embarazada que se interpuso entre el asaltante y él. Quería recibir las indemnizaciones para las víctimas de atentados. Lo contó una y otra vez con la mirada acuosa y se tatuó la fecha junto a una Marianne (símbolo de Francia) llorosa y la silueta del Bataclan. Pero no había embarazadas entre las víctimas y una revisión de su móvil confirmó que se encontraba a 30 kilómetros. Cumplirá seis meses de cárcel.

Alexandra.
Alexandra.

«Era viernes 13, eramos 13 amigos en la sala, y todos salimos vivos», rememora Ludmila Profit, 24 años. Al trébol tras su oreja le ha sumado el número 13 y la palabra ‘fuck’ (jódete) para mandar «a la mierda a los terroristas» y mostrar su «orgullo de poder vivir por aquellos que ya no están aquí».

Ludmila Profit.
Ludmila Profit.

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