Leopoldo Abadía: «Los abuelos no estamos para cambiar pañales mientras los hijos se van a esquiar»

«Veo a muchos de mi edad muy solos.»/E.C.
«Veo a muchos de mi edad muy solos.» / E.C.

«Los nietos tienen un índice de volatilidad altísimo», asegura el escritor y conferenciante

Arantza Furundarena
ARANTZA FURUNDARENA

Maño con madre de Irún y afincado en Barcelona («menuda mezcla»), este ingeniero metido a gurú financiero de 84 años, 80.000 'followers' y 12 hijos, arrasó con 'La crisis ninja' y ahora contraataca con 'Abuelos al borde de un ataque de nietos'. Él tiene medio centenar que van de los 27 años a los pocos días de vida, así que sabe de lo que habla.

Cincuenta nietos son una pyme. ¿Cómo la gestiona?

–Por suerte no vienen todos a verme a la vez. A los mayores les entiendo más o menos, con los pequeños puedo jugar, pero los del medio son unos pavos y pavas de mucho cuidado.

¿Es usted el director de Recursos Humanos?

–No. Esa es mi mujer. Yo soy el presidente honorífico. Estoy allá arriba. O sea, no me hace ningún caso nadie.

¿Qué tipo de inversión son los nietos?

–Ninguna. Son un gasto, como los hijos. Aunque luego te vienen a ver al hospital, te cuidan... Y eso ya amortiza todo el esfuerzo.

¿Y qué grado de volatilidad tienen?

–¡Altísimo! Nunca sé dónde están, ja, ja, ja... Nos sentimos todos muy unidos, pero de otra manera. A veces nos cuentan cosas que no contarían a sus padres.

Su casa debe de ser 'una de romanos' por Navidad...

–Hay gente, sí. Veo a muchos de mi edad que están muy solos. Nosotros soledad no hemos tenido nunca.

¿Y la añora?

–Me gusta aislarme de vez en cuando pero no cambiaría a mi familia por otra más pequeña. Yo es que fui hijo único. Imagine mi casa en una noche de Reyes: mi padre, mi madre y yo... Y ahora póngase en la situación actual con unos 40 nietos recibiendo regalos. Los dispongo en una habitación que está separada de la casa y bajamos todos en fila. Yo voy en cabeza diciendo: Me parece que esta noche no han venido... Los pequeños se inquietan. Y así estoy como un cuarto de hora hasta que se abre la puerta y aparecen los regalos.

¿Cuál es el más incomprensible que ha visto?

–Aparatos de esos que si me los regalaran a mí no sabría ni dónde colocarles las pilas. Me gusta que llegue ese día. En mi casa se mantiene la magia. Incluso con los hijos que viven en México. Tenemos un whatsapp familiar.

¿Y no lo ha silenciado?

–Lo miro cuando me voy a acostar y veo 34 o 54 mensajes. Pero los leo rápido: la mitad suele decir ‘Ja, ja, ja’ y la otra mitad, ‘je, je, je’.

Usted fue un niño de la guerra...

–Me pilló de los tres a los seis años. Pero no sufrí nada. Teníamos una tienda de confección de caballero en Zaragoza y otra en San Sebastián. Vivíamos en Zaragoza y el sótano nos hacía de refugio. Cuando venían los aviones a bombardear mi padre me cogía a caballito y bajábamos cantando. Casi estaba deseando que bombardearan. Un poco como en ‘La vida es bella’.

¿Hay algo en sus nietos que le resulte incomprensible?

–Las horas de salida y entrada por la noche. Pero en mi casa la libertad es absoluta y nos ha ido muy bien. Quizá porque la hemos acompañado de formación.

En su libro habla de poner límites

–Por supuesto, en mi casa hay normas. Por ejemplo, a la hora de comer, las mujeres no se levantan de la mesa a cambiar los platos. Se levantan los hombres.

¿Conoce a muchos abuelos al borde de un ataque de nietos?

–Conozco a varios que tienen la agenda bloqueada por los nietos. Luego lo primero que hacen es enseñarte una foto. Si yo amenazara con enseñar fotos de mis 50 nietos me quedaría sin amigos. La frase que más repiten es: «Hoy no puedo, tengo nieto».

Y usted por ahí no pasa.

–Mi mujer y yo les dejamos muy claro desde que nació el primer nieto que no contaran con nosotros para cuidarlos. Salvo, por supuesto, en caso de emergencia. Los abuelos tienen que tener su vida privada, íntima. Y sus ilusiones y su descanso. Ya somos mayores y no estamos para cambiar pañales mientras los hijos se van a esquiar. Lo de utilizar a los abuelos es de un egoísmo un poco disfrazado. Conozco abuelas que dicen que no pueden más. Y sí, están a punto de sucumbir a un ataque de nietos.

Usted mismo convive ahora con tres de ellos.

–Con dos. Uno ya se ha casado. Y el año que viene espero casar a otro. Sus padres se tuvieron que ir a México y nos los dejaron. Ya son veinteañeros y nos ayudan a hacer alguna chapuza, o nos ponen la mesa.

¿Cuántas crisis ninja les tocará vivir a sus nietos?

–Tantas como a mí o más. Pero no me preocupa. «¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos?», se preguntaba una señora en una conferencia mía... Y otra se levantó y corrigió: «Mejor pregúntese qué hijos vamos a dejar a nuestro mundo». Estoy de acuerdo. Si dejamos chavales bien formados, fiables, nobles, sinceros y leales el mundo será una maravilla. Si dejamos sinvergüenzas, crápulas y trepas el mundo será un asco.

¿Y en qué Cataluña les tocará vivir?

–Ni me lo imagino. Lo que sé es que ante toda esta situación actual están todos bastante unidos.

Y eso que viven en Barcelona...

–Ya pero en mi casa no se habla de política y en cuanto empiezan a profundizar en lo mal que está todo cambio radicalmente de tema diciendo: ¿Y lo mal que va el Zaragoza este año? Tenemos que procurar no amargarnos la vida los unos a los otros.

En su libro aconseja a los abuelos no hacer el ridículo.

–Está bien querer mantenerse juvenil, pero hay que asumir que uno ya es un viejo. Yo cuando veo a un señor de 80 años que sale con una de 23 porque no quiere perder el último tren del amor, pienso: este es un idiota.

¿No será que le da un poco de envidia?

–Ninguna. Me da pena. Absoluta. Porque la de 23 solo está esperando a que él afloje la cartera. O esos que dicen que les gusta bailar. “Es que yo tenía mucha agilidad”. Ya pero igual a los 80 ya no la tienes. No hacer el ridículo para mí es aceptar mis limitaciones y ser un tío muy divertido pero de 84 años, no de treinta.

¿Cuál es el punto débil de las nuevas generaciones?

–De las nuevas y de las viejas, que nos hemos reblandecido. Yo crecí en la austeridad. Y eso es gastar con la cabeza y no consumir con los pies. Ahora tenemos demasiadas cosas.

¿Y qué me dice de sus nietos milenials?

–Uy, el otro día leí en una revista: «Empresas, prepárense porque vienen los milenials. Tendrán que cambiar su cultura, los organigramas, porque vienen los milenials...» Y yo digo: Oiga, un momento, la única virtud que tienen los milenials es que son jovencitos. Pero tendrán que trabajar como todos los demás, con sus horarios etc. Y de aquí a diez años igual habrá cambiado un poco la cultura el milenial ese. Pero que una empresa tenga que cambiar para adaptarse a los niñatos estos, hombre por Dios...

¿Se siente un patriarca?

–Mi mujer no me respeta nada, se ríe de mí y me pone los pies en el suelo. Es la proveedora de humildad. Los hijos no me sueltan un piropo jamás. Uno incluso cuando me llama a casa pregunta: ¿Está el gurú? Y ahora que estoy en este tema farandulero, mi jefe es un hijo mío. Así que de patriarca nada. Algunos nietos me admiran, pero solo porque sus amigos de clase dicen que soy famoso. Yo no me considero el patriarca de la tribu, pero el otro día leí que el patriarca Jacob se fue a Egipto con una familia de 75 miembros, como la mía, y con varias mujeres... Y le he perdido el respeto.

¿Por tener varias mujeres?

–Por los 75 de familia. Yo los he conseguido solo con una.

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