Del ictus también se sale

Juan Ángel y Francisco Javier reconocen su suerte./
Juan Ángel y Francisco Javier reconocen su suerte.

Francisco Javier, Juan Ángel y Juan Manuel son tres ejemplos de que el ictus, una emergencia de primer orden, se supera cada vez más y mejor

Fermín Apezteguia
FERMÍN APEZTEGUIA

La vida cambia de manera radical en lo que dura un pestañeo. Al cerrar los ojos uno sonríe por la broma de un amigo, el gesto cómplice de su pareja, y al abrirlos se ve incapaz de responder a ese guiño porque su lengua se ha vuelto pastosa. Habla sin que se le entienda, ha perdido de golpe la sensibilidad de la mitad lateral del cuerpo y ve de manera borrosa. Es una sensación extraña, porque nada duele, al menos de la forma en que uno está acostumbrado a vivir el dolor, pero la mano y el pie de un lado, quizá los de la izquierda, parece como si funcionaran de modo autónomo. No responden a las órdenes de su cerebro.

A veces la cabeza parece que va a estallar, pero es una sensación que despista. No se trata de una molestia como las de siempre, por muchas jaquecas que se hayan sufrido. Es otra cosa. La falta de sensibilidad confunde. De golpe se ha perdido la visión de un ojo, se ve doble o se siente que hay objetos que desaparecen del campo visual. Aunque lo parezca no es vértigo, sino un ictus.

El infarto cerebral constituye una emergencia sanitaria de primer orden, pero la posibilidad de superarlo sin secuelas ha crecido de manera importante en los últimos años. Tres vascos, Francisco Javier Orio, Juan Ángel Aketxe y Juan Manuel Arrieta, lo han conseguido y hoy, con motivo del Día Mundial del Ictus, lo cuentan para EL CORREO.

Superviviente. Francisco Javier reconoce su suerte.
Superviviente. Francisco Javier reconoce su suerte. / Borja Agudo

Francisco Javier Orio - Plentzia, 77 años «Soy un afortunado, he salido bien de tres ataques»

La palabra 'afortunado' cobra un sentido especial en Francisco Javier Orio, un vecino de Plentzia de 77 años. Ha leído bien las letras grandes. «¿Cuál de todos quiere que le cuente, porque he tenido tres ictus?», recibe con sorna al periodista. De los tres salió indemne, aunque no siempre fue fácil.

El primero le sorprendió hace siete años, cuando estaba a punto de salir de viaje con la familia por tierras del Románico palentino. «La boca se me puso como acolchada, tenía dificultades para hablar y suspendí la salida». Sabia decisión. Un tratamiento anticoagulante y la consabida receta de dieta sin sal y ejercicio bastaron para recuperarle plenamente para la vida.

EL DESAFÍO

5.000
personas se ven afectadas por un ictus en Euskadi cada año, lo que supone unos 13 ó 14 casos al día.
90%
se evitaría mediante la prevención de la hipertensión, la diabetes, el colesterol, la vida sedentaria y el consumo de alcohol y tabaco.
1
de cada 200 se da en menores de 20 años, porque no conoce edad.

No era un candidato de libro para el infarto cerebral, sino todo lo contrario. Es de los que no fuma, no bebe, vigila su dieta de manera estricta y es muy deportista. «He sido siempre una persona muy disciplinada en todas mis costumbres», explica orgulloso. Cuando cumplió 50 años descubrió el surf. «Me dio la locura, me compré una piragua y me dediqué años a coger olas y bajar ríos», cuenta entusiasmado.

También le gusta la montaña. Un año después del primer infarto, la enfermedad le sorprendió solo, cuando paseaba por una zona de hayedos, en las faldas del Gorbea, cerca de Murgia. «Siempre iba acompañado, pero ese día no lo hice». Y aún tuvo fuerzas para llegar al coche, volver a casa y pedir que le llevaran al hospital. Volvió para contarlo.

Siete años más tarde, en 2015, una mañana temprano acudió al domicilio de la familia de su hijo para hacerse cargo del nieto. Antes de que la pareja marchase a trabajar, Francisco Javier cayó desplomado al suelo. «¿Qué le pasa?», preguntó el crío. «Está malito, ha tomado mucho chocolate», le tranquilizó su padre, que llamó al 112. Esta vez, perdió el habla, pero la recuperó a base de tesón, leyendo libros y trabalenguas durante media hora al día hasta que lo consiguió. Aún hoy su nieto le vigila de cerca: «Aitite, ten cuidado, no comas tanto chocolate...», le advierte.

Premura. Juan Ángel sabe del valor del tiempo.
Premura. Juan Ángel sabe del valor del tiempo. / Yvonne Fernández
Juan Ángel Aketxe - Getxo, 52 años «Me guardaron un plato de alubias y me lo comí»

Amigos son los que te ven sufrir un infarto momentos antes de disfrutar de una alubiada y te guardan un plato para el día que te recuperes. A Juan Ángel Aketxe, un getxotarra de Algorta, arquitecto técnico, el ictus le sorprendió mientras se tomaba un vino junto a su esposa y algunos amigos en un bar de Algorta, momentos antes de una comida con la cuadrilla. Era 8 de diciembre, puente de la Inmaculada, una de esas fechas que nunca se olvidan.

«Fue algo curioso, comencé a notar que me pasaba algo y no sabía qué. Parecía una experiencia extracorporal. No sentía la mano con la que sostenía el vaso, la veía como si no fuera mía, mis movimientos se volvieron torpes. Mis amigos me preguntaron qué me pasaba y comencé a responder incongruencias, de las que era plenamente consciente». Quiso andar y se cayó al suelo. «La pierna me hizo un gesto raro, no coordinaba los movimientos».

Su esposa y amigos le condujeron al centro de salud de Bidezabal, donde le realizaron un electrocardiograma. No había pasado ni una hora desde el accidente y se encontró ya ingresado en el hospital de Cruces para ser intervenido. «No sentí dolor, ni sufrí, pero la angustia fue muy grande por la sensación de falta de control», recuerda.

La rapidez con que actuaron tanto él como los que se encontraban a su alrededor resultó definitiva para evitar las graves secuelas que los accidentes cerebrovasculares dejan a casi el 50% de los afectados. Los especialistas hablan de un ‘periodo ventana’ de cuatro horas, que es el tiempo máximo que ha de transcurrir entre el infarto y la intervención médica para conseguir los mejores resultados.

Juan Ángel perdió capacidad de expresión y durante unos días se vio incapaz de realizar acciones tan aparentemente sencillas como teclear un teléfono. Se recuperó al 100%. Y cuando volvió a casa, sus amigos le demostraron que lo son. «Me mandaron un plato de alubias, que me habían guardado. Y, claro, me lo comí».

Ejercicio. Juan Manuel se cuida jugando al golf.
Ejercicio. Juan Manuel se cuida jugando al golf. / B. Agudo

Juan Manuel Arrieta - Leioa, 65 años «Hubiera trabajado hasta los 70, pero ya no pudo ser»

Trabajaba Juan Manuel Arrieta como profesor en la Facultad de Ciencias de la UPV, cuando un día, al inicio del curso, comenzó a sentirse cansado. Después de una vida escribiendo sobre la pizarra de tantas aulas, folios y actas, había desarrollado una muy buena escritura, pero observó que «había perdido el ajuste fino». Se sentía cansado, con sensación de malestar y quiso atribuirlo a la edad, «que te vas haciendo mayor, y al cambio de estación». La señal de la alarma se le activó el día que, por primera vez, comenzó a ver doble.

Fui a mi médica de cabecera y le expliqué lo que me pasaba. Me dijo que íbamos a pedir una cita con el especialista del centro de salud y que si me volvía a pasar, que me fuera a urgencias». Ocurrió. Un fin de semana de octubre, mientras estaba en casa, un sábado, su visión otra vez se hizo doble. «Me voy al hospital», se dijo.

Un escáner y una radiografía detectaron la presencia en su cerebro de un ateroma, una placa de grasa que se le había desprendido de la pared de una arteria y la bloqueaba parcialmente. Lo que le estaba pasando era, en realidad, un accidente isquémico transitorio, un ataque que con frecuencia precede al ictus y que es al infarto cerebral lo que la angina de pecho al infarto del corazón. Después de dos o tres semanas en observación, le mandaron a casa hasta que tuvieron fecha para la realización de una cirugía para la revascularización del vaso sanguíneo.

El ictus -o el riesgo de sufrirlo- le cambió la vida. Le hubiera gustado llegar hasta los 70 trabajando como profesor, pero lo sucedido le llevó a plantearse el retiro de forma anticipada. «Trabajar como profesor tiene cierto estrés, como todas las profesiones en que se trabaja de cara al público. Me hubiese gustado prolongar mi carrera, pero no tenía sentido. Decidí jubilarme». Pero Juan Manuel sigue siendo un hombre activo. Acude en Leioa a clases para mayores de 65 años, vigila su dieta, no fuma, evita el estrés, juega al golf, nada. «Hay que cuidarse», aconseja.

Mejores servicios y nuevos tratamientos cambian el curso de la enfermedad

La atención sanitaria al paciente de ictus ha dado un paso de gigante en los últimos quince años. La puesta en marcha de servicios de urgencia que entonces no existían y la aparición de nuevas terapias y tratamientos ha permitido reducir la mortalidad de una manera drástica. A comienzos de siglo, el riesgo de fallecimiento por infarto cerebral se situaba en el 33%. Hoy, según informó el jefe de servicio de Neurología del hospital de Cruces, Alfredo Rodríguez Antigüedad, ronda el 10%, lo que supone que donde antes morían tres personas ahora sólo lo hace una.

La primera barrera de contención que puso Osakidetza fue la apertura paulatina de unidades de ictus, espacios especializados donde los pacientes son atendidos durante las primeras 24 ó 48 horas tras el ataque, prácticamente con la misma dedicación que si estuvieran en una unidad de cuidados intensivos. Personal médico y de enfermería especialmente adiestrado vigila las constantes del paciente y cuida de la evolución de aspectos tales como la fiebre, posibles arritmias, ataques epilépticos, hipertensión, nivel de azúcar en la sangre... todo lo que pueda ocurrir y cambiar el curso de la enfermedad. «El mero hecho de cuidar al paciente mejora de manera notable su pronóstico», afirma el especialista.

De manera paralela, se puso en marcha en colaboración con el servicio de asistencia telefónica 112, un programa único de emergencias para todo el mundo occidental, el denominado Código Ictus. Ante una posible emergencia, basta con una llamada a este número de teléfono (el 112) para que la organización sanitaria en pleno se ponga a la entera disposición del afectado. La idea es que cuando ‘un código ictus’ entra por la puerta de urgencias, el hospital ya esté preparado para recibirle y los equipos del centro lo atiendan como un caso prioritario.

Lo que, sin embargo, «ha revolucionado verdaderamente» la atención del accidente cerebrovascular es la llamada trombectomía mecánica. La primera gran terapia contra el ictus fue la trombolisis, que aún se utiliza y consiste en inyectar en la arteria un medicamento que disuelve el coágulo que bloqueó la arteria y desencadenó el infarto. La trombectomía consiste en recanalizar la arteria taponada y desobstruirla a través de un catéter que llega al trombo, lo atrapa y lo extrae. En Euskadi, cuatro centros están capacitados para practicar esta terapia: los hospitales de Cruces, Basurto, Álava y Donostia.

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