Una historia muy normal

Un hombre saluda a otro.
Un hombre saluda a otro. / Fotolia
El Piscolabis

Valerio salvó la vida de una niña mientras su padre hacía lo propio con otra, pero la madre de las rescatadas cogió a sus hijas y se largó sin dar las gracias

JON URIARTE

Se llama Valerio. Y su rostro y su valentía han sido noticia. Aunque hay otras caras que no ocupan titulares, pero que también merecen ser conocidas. O no. Me explico. Para ello arrancaré con la historia de este chaval. Salvó la vida de una niña mientras su padre hacía lo propio con otra. Aunque eso, por tristeza, no es lo que ha llamado la atención.

Valerio Catoia, de 17 años, estaba en la playa de Sabaudia, Italia, con su padre y su hermana. De repente oyeron gritos. Eran dos niñas de 10 y 14 años que estaban siendo arrastradas por la corriente. Con ese arrebato propio de los valientes, Valerio y su padre se lanzaron al agua. Él rescató a la más joven y su progenitor a la otra. Una vez en la arena, el aplauso general fue tan grande como el alivio de las niñas.

Tal y como estaba el mar, había sido una gesta. Aunque no todo el mundo lo vio igual. La madre de las rescatadas cogió a sus hijas y se largó sin dar las gracias. Lo que viene a ser una actitud nada normal. O, si lo prefieren, propio de alguien anormal. Lo digo y subrayo porque la noticia no ha sido ese desprecio de la madre, sino que Valerio tiene síndrome de Down. Y no deja de ser triste que aún subsistan ciertas expresiones tan mal enfocadas. Aquí la señora es quien no es, al menos en términos de decencia y sentido común, una persona normal. Detalle que me lleva a tres saludos de los que quiero hablarles. Si siguen leyendo lo entenderán.

Tienen nombres, pero los guardo. Porque representan a millones. El primero me saluda cada mañana, sea soleada o caigan chuzos de punta. Siempre con una sonrisa, antes de su-¿Qué tal Jon?-. Una pregunta tan educada como retórica. No espera respuesta. Y, según el día, añade-Ánimo, que queda menos-. Acto seguido hace la cuenta de lo que queda para el fin de semana. Si me adelanto al horario, abre la ventana de la garita otorgando al momento aire cómico. Al verle me parece estar frente a Matías Prats, en pleno informativo. De alguna manera es un pequeño telediario. Porque no es raro que acabemos conversando de todo y de nada. Somos de la misma quinta y nos rondan las mismas preocupaciones. Vaya por delante que soy de despertar lento. Pero algo tiene que logra azuzar mi última neurona. De hecho, cuando tarda en salir, siento una cierta inquietud. Así que espero como el toro que salta al ruedo. Buscando una salida. No a la calle, esa ya la veo, sino al madrugón. Por eso su sustituto, siendo amable, se queda corto en el saludo. Porque una mañana sin él, es una mañana más gris.

La historia del segundo saludo es vespertina. Y tiene mucho de avituallamiento. Suele llegar a las ocho de la tarde en el recorrido entre el metro y mi casa. Dos son las gasolineras que tengo frente a mí. Pero, cuando saco el coche, solo reposto en una. Probablemente la más incómoda. Pero es la que me saluda. En realidad lo hace un hombre joven, pongamos ventimuchos, que se encarga de llenar los vehículos que buscan abrevadero. Lo hace, cosa rara en estos tiempos, con alegría y charla. Y da igual que esté repostando medio país, el Sultán de Brunei o Cristiano Ronaldo. Siempre tendrá tiempo para lanzar un saludo. Lo hace a distancia. De ahí que grite.-¡Holaaaa! ¿De qué habéis habladoooo hoooooy? ¿De Bárcenaaaas?-. Y después le comentará al que esté atendiendo-Es que trabaja en la radio y en un periódico-. No existe mejor publicista en el mundo. Tendrían que ver la cara de sus interlocutores. Me miran preguntándose quién será ese tipo que sube la cuesta. Porque esa es otra. El encuentro visual se produce a mitad de camino en una subida que, a esas horas, se torna puerto de primera. Quizá por ello, el saludo es una bocanada que en verano alivia y en invierno arropa. En realidad, ahora que lo pienso, lo importante es devolver el saludo. Lo de menos, la respuesta. En realidad aparenta saber mejor que yo en qué he empleado el día. Así que, cuando no está, me falta algo.

La tercera salutación es intermitente. Depende del reloj, del trabajo y del destino. Pero, por suerte, es cada vez más habitual. Llega desde un compañero de trabajo cuya tarjeta de presentación no es de cartón sino de esmalte. El de sus dientes. Los muestra más que el resto. Hace años, tuve un compañero de trabajo que me recuerda a él. Solo que el caso del actual emisor es más curioso. Porque, saludando a todos sin distinción ni excepciones, tiene un gesto extra para quien esto escribe. Y todo, por su especial cariño hacia el Athletic. Es del Real Madrid, pero le parecemos un club singular. De ahí que siempre me pregunte por asuntos futboleros. De hecho, conoce la última hora de nuestro equipo mejor que si viviera en Pozas.

Estos tres saludos pertenecen a tres personas con las que comparto los caminos de esta vida. Uno tuvo un accidente y padece una discapacidad intelectual. Otro tiene síndrome de Down. Y el tercero es, simplemente, un tipo simpático y educado. ¿Podrían adivinar quién es quién? Con frecuencia buscamos lo distinto, donde deberíamos hallar lo común. Como si la vida fuese el juego de las siete diferencias. Esos tres saludos pertenecen a tres personas dispares pero con algo igual. Son buena gente. Teniendo en cuenta la cantidad de amargados expansivos que me encuentro a diario, sus saludos son transfusiones en vena de sana alegría. La misma que sentí al comprobar, una vez más, que gente como Valerio no solo es más normal que muchos de nosotros, a veces y por suerte, es también extraordinaria.

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