«Mi hija no sabe qué es la ablación»

«Mi hija no sabe qué es la ablación»
BLANCA CASTILLO

Mariam se salvó de la mutilación. Su madre, de Mali, rechazó esta práctica que la ha marcado a ella y a generaciones de mujeres de su familia

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

Mariam Soumare dice que no tiene ni idea de lo que es la ablación. «No, no lo sé», confirma con un poco de apuro, como si la hubiesen pillado en clase sin haberse estudiado la lección, aunque su manera de bajar la vista hace pensar que algún eco del asunto ya retumba en su cabecita. «Es que sólo tiene diez años. Y en casa no hablamos de esas cosas... Por eso no sabe qué es», sale al quite la madre, Aminata Touré, una malinense que llegó a Vitoria hace 14 años convencida de que la mutilación genital femenina que se practica al 89% de las niñas de su país «no era algo malo».

Pero, al llegar a Euskadi, se vio en un mundo nuevo donde esa práctica, de la que ella misma fue víctima siendo muy chiquitina –«casi mejor, porque así no me acuerdo»–, se considera una barbaridad. Entonces, hizo algo que requiere mucha valentía: rechazó esa costumbre ancestral que había marcado la vida de generaciones y generaciones de mujeres de su familia. Rompió la cadena. «Me di cuenta de que no es bueno para las niñas. Tampoco me gusta para mí. Te lo hacen para quitarte tus sentimientos», aclara azorada, rebuscando las palabras que necesita para explicarlo en castellano.

Mientras su madre habla, Mariam se ha puesto un tutú y juega con el móvil en el salón de su casa. Parece que no escucha, pero de cuando en cuando levanta la cabeza y abre mucho sus enormes ojos. A ella, que nació en el hospital de Txagorritxu, le gusta «la gimnasia rítmica, las barracas y las clases de plástica, porque haces cosas chulas, como unos intestinos». Lo que cuenta su madre repitiendo una y otra vez esa palabreja –«¿ablación?»– le parece lejano, una historia de otra época, de otro planeta. No sabe lo cerca que ha estado de vivirla en sus propias carnes. Si sus padres no se hubiesen ido de Mali... «Allí se hace a todas las niñas. No entienden que es malo. La familia muchas veces ni pide permiso a los padres. Unos abuelos o unos tíos pueden coger al bebé y hacérselo, así, sin preguntar –indica Aminata–. Yo tengo 38 años y a mí me pasó en casa de la familia de mi padre: vino una señora, me lo hizo y se fue. Ahora suelen hacerlo los médicos, cobran por ello».

Visitas a Mali

Aminata no sólo ha empezado a cambiar el mundo dentro de su casa. Desde la Asociación de Mujeres de Mali de Vitoria-Gasteiz, intenta concienciar a mujeres y hombres de que la mutilación genital femenina tiene que erradicarse. ¿A quién cuesta más convencer? «Uf, a los dos. Pero estamos peleando para sensibilizar a todos los que llegan de África y no saben la verdad». Según recalca, la información es fundamental. Y hablar con mujeres de otras culturas: «Yo misma, que soy musulmana, pensaba que la ablación era por algo de la religión, pero, charlando con mujeres magrebíes, me enteré de que a ellas no se lo hacían».

Ahora, a 2.800 kilómetros de Mali, lo ve todo claro. Y ya no hay vuelta atrás. En 14 años sólo ha vuelto a su país una vez y no sabe cuándo tendrá la oportunidad de regresar para ver a su familia y para que sus tres hijos tengan contacto con sus orígenes y practiquen el idioma casogue. Aminata muestra en el móvil las fotos de su última visita. En ellas aparece Mariam, más pequeñita, vestida con coloridos trajes africanos y junto a su abuela, una anciana encogida que parece cargar a su espalda con todos los años del mundo. La niña mira la foto y dice que de su única visita a Mali recuerda que era «como un pueblo» y la sensación increíble de ir en avión «mirando las nubes» desde la ventanilla. ¿Y no tiene miedo Aminata de que, en una de esas visitas, los familiares mutilen a Mariam sin su consentimiento ? Niega tajantemente con la cabeza. «No, no, no, ya saben que no. Lo denuncio si alguien la toca».

–¿Y tú, Mariam, vas a tener miedo cuando vayas?

Entonces, la niña que dice no saber qué es la ablación se arrima a su madre y asiente: «Yo sí».

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