La gran familia de Santoña: 18 hermanos

Los hermanos Arisqueta López hace varios años en la iglesia Santa María del Puerto con motivo de una boda. /
Los hermanos Arisqueta López hace varios años en la iglesia Santa María del Puerto con motivo de una boda.

Los Arisqueta-López, que suman 18 hermanos, es una familia emblemática de la villa que llegó a recibir el tercer premio nacional a la natalidad en los años 70

ANA COBO

La familia Arisqueta–López es una de las más emblemáticas de Santoña. Es casi imposible no conocer a alguno de 'Los Pintorucos' o 'Churreros', como se apoda cariñosamente en el pueblo a los descendientes de Luis y Concepción. Él fue marinero y ella conservera. Un matrimonio trabajador que sacó adelante a nada menos que 18 hijos. Diez mujeres y ocho hombres. Una gran prole que recibió a mediados de los setenta varios premios de natalidad por ser la familia más numerosa de Cantabria y la tercera a nivel nacional con más hijos vivos entonces.

Su historia llega a esta periodista porque Tere, una de las hijas, quiere publicar en el periódico la foto de la cena que celebran todos los hermanos cada año en Santoña. Porque, aunque los progenitores y dos hermanos han fallecido, el resto mantienen una envidiable unión forjada en una infancia en la que los mayores cuidaban de los pequeños, la ropa y los zapatos se compartían y los reyes magos solo traían regalos a los de menor edad. Unas vivencias que no borran la sonrisa de Tere cuando se remonta a su niñez.

Ella es la segunda de los 18 y la primera de las mujeres. Con su padre en la mar y su madre en la fábrica pronto tuvo que 'tirar' de sus hermanos pequeños. Que cada vez eran más y más. Y encargarse de las tareas de la casa para echar una mano. «Hasta que me casé, ayudé a criar a mis hermanos. Cuando me marché dejé a uno de dos meses que es el penúltimo. A medida que mis hermanas iban creciendo, nos íbamos ayudando unas a otras. Era una alegría ser tantos».

Esta gran familia, en un principio, vivió en una de las casas que se entregaron a los marineros y a las mujeres de la fábrica de Albo por la zona del puerto. «En las habitaciones teníamos hasta cuatro literas. Nos las arreglamos como podíamos. Allí estuvimos hasta que nacieron los mellizos y los mayores ya se marchaban al casarse». Después, gracias a la intervención de Carrero Blanco que se interesó por esta familia, «nos dieron un terreno en Berria para hacernos una casa pero no podíamos residir allí porque teníamos que ir y venir a la escuela». En su lugar, les proporcionaron tres pisos en un bloque subvencionado por la zona de la cantera. «Los unimos, tirando tabiques y paredes, y estuvimos viviendo bastante tiempo, unos 25 años, hasta que fuimos haciendo cada uno nuestra vida y ya se quedaba grande».

Don Juan Carlos y Doña Sofía estrechan la mano de Concepción junto a su marido Luis.
Don Juan Carlos y Doña Sofía estrechan la mano de Concepción junto a su marido Luis.

Recibidos por Franco

En las paredes de aquella casa tenían dos fotos en blanco y negro muy especiales. Y es que el matrimonio santoñés viajó en dos ocasiones a Madrid para recibir los premios nacionales a la natalidad que se entregaba entonces. La primera vez les recibió Franco en marzo del 75 y al siguiente año estrecharon las manos de los Reyes, don Juan Carlos y doña Sofía, como la tercera familia con más hijos vivos. «Salió en la tele y en los periódicos». Además, recibieron otro reconocimiento a principios de los setenta en Santander por ser la familia más numerosa de la región. «Les dieron a mis padres un diploma en la iglesia Santa Lucía y 75.000 pesetas».

Un dinero que, a buen seguro, lo destinaron a alimentar y vestir a todos los críos. «No voy a decir que pasábamos hambre porque no era la época, aunque sí tuvimos bastantes necesidades porque éramos muchos en casa. Lujos ninguno, pero no echábamos en falta nada y siempre hubo un plato de comida». Los reyes magos –con ayuda de las tías y abuelas– solo traían regalos a los más pequeños. «No nos enfadábamos. Al revés. Éramos muy felices».

La ropa se pasaba de los hermanos mayores a los pequeños y una tía de mi madre «nos ayudó mucho». Acudían a los comedores de las escuelas que «cuando aquello todo estaba subvencionado» y Tere aún recuerda con mucho cariño a las vecinas de la casa del muelle. «Tuvimos una gran suerte porque eran muy buenas. Si habían preparado puré para sus nietos, siempre bajaban y nos daban algo para los más pequeños». Y con tantos niños, las coladas de la ropa eran interminables. «Mi madre se iba a la fábrica y me dejaba unos barreños con el jabón y la ropa dentro y yo los lavaba a mano en una pila que nos había hecho mi tío albañil en la cocina porque no había lavadora». Años después, recuerda que les regalaron una lavadora tipo industrial que retiraron del patronato militar. «Pero tenía mucha potencia y se saltaban los plomos». El balcón de la casa daba al muelle y era larguísimo. Siempre estaba lleno de ropa. No había duda de que en ese piso vivían los Arisqueta–López.

El tío albañil también les construyó un plato de ducha en casa. ¿Una para todos?, le pregunto curiosa a Tere. «Pues claro, hija. Unos entraban y otros salían», explica con toda naturalidad. Ella empezó a ir a la fábrica con apenas doce años y a la vez ayudaba con la prole. «Fue una época muy buena, me gustaba cuidarlos y estar con ellos». El esfuerzo de hacer de madre antes de tiempo le fue recompensado. «En cuanto empecé a salir con las amigas, me lo gratificaron. Cuando mi padre tenía una partida o mi madre el jornal de la fábrica me compraban zapatos y ropa». Que, por supuesto, luego pasaban a sus hermanas. Al padre marinero lo veían poco. «Mi madre tuvo que tirar de todo. Mi padre era un hombre buenísimo. En el pueblo era conocido y le querían mucho. La mar era su vida. Tenía su cuadrilla de chiquiteo y también ayudaba en casa en lo que podía. Nos quería mucho a los hijos».

Quedan todos los días

Entre el hermano mayor y el pequeño se llevan 22 años. Una diferencia de edad que, lejos de separarles, les une más. Hasta el punto de que ellos son su propia cuadrilla de amigos. «Todos los días por las tardes nos juntamos cinco o seis por el pueblo. Nos llevamos muy bien». Ahora mismo solo viven fuera de Santoña dos hermanas. Las Nocheviejas de esta gran familia son multitudinarias. «Al principio lo celebrábamos en casa pero al venir nietos pasamos a hacerlo en locales. Después, cuando Pedro el del Buciero fue concejal de Deportes nos facilitaron el bar de la piscina y los últimos años nos dejan el albergue».

Aunque en la cena no pueden estar los 16, «el resto del día y Año Nuevo lo pasamos juntos». Y también cada verano se reúnen solo los hermanos a cenar. «Al principio nos juntábamos solo las chicas y, luego, empezaron a venir los chicos». La última la hicieron en julio. «En el pueblo nos conoce todo el mundo y estamos muy orgullosos de haber tenido unos padres maravillosos».

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