Cómo entrenar la ilusión, una herramienta terapéutica

Cómo entrenar la ilusión, una herramienta terapéutica

La psicóloga Lecina Fernández publica un manual con claves para aprender a ilusionarnos, «un tesoro que todos llevamos dentro, aunque a veces esté dormido»

Yolanda Veiga
YOLANDA VEIGA

Amparo había sido diagnosticada de depresión hacía dos años. Con 80 y achaques que le obligaron a renunciar a sus excursiones al monte y a las clases de gimnasia, la mujer decía no tener «ganas de nada». La psicóloga probó con ella una herramienta: la ilusión. Ayudó a Amparo a encontrar una y hacerla realidad. Se le ocurrió a la mujer que podría hacer un jersey de lana a su marido y con la tarea activó emociones positivas derivadas de diseñar la prenda, elegir los colores, ir a comprar la lana, tejer a escondidas para no chafar la sorpresa... Y vaya si se la dio. El hombre quedó encantado y los hijos le pidieron a Amparo otro jersey para ellos. La anécdota la cuenta la psicóloga Lecina Fernández en su libro 'Ilusión positiva: una herramienta casi mágica para construir tu vida' (Desclèe De Brouwer), una suerte de manual para «educar y entrenar la ilusión», porque funciona como un músculo, ejercitándolo.

Aunque ilusión, advierte la experta, «se deriva del latín 'illusio-ionis', engaño', en español tiene una segunda acepción favorable». Esa que habla de 'estar ilusionado', nada que ver con 'hacerse ilusiones', sino todo lo contrario. El libro, que incluye ejercicios prácticos, es una guía para «aprender, entrenar y practicar la ilusión» y está contado desde la experiencia de gente concreta.

¿Qué le hace ilusión a la gente?

Niños menores de 14 años:
Lecina Fernández realizó en 2014 un estudio en el que preguntó a 3.000 personas de diferentes edades: '¿Qué es para ti la ilusión?. En el caso de los niños las respuestas mayoritarias fueron 'ir al parque' y 'estar con la familia'.
Entre 15 y 29 años:
'Emocionarse con las pequeñas cosas', 'ilusión es un beso de buenos días', 'lo que hace que sonrías al hacer cosas cotidianas'.
Entre 30 y 44 años:
'La ilusión es aquello que hace cada día diferente, que te ayuda a ser mejor persona y te empuja a buscar la felicidad en cualquier pequeño detalle', 'ver a mis hijos cuando llego del trabajo y darles un achuchón'.
Entre 45 y 59 años:
'Vivir el día a día', 'empezar a leer un libro', 'mantener activa la capacidad de sorprenderse, ser capaz de abrirse a emociones nuevas'.
Entre 60 y 74 años:
'La ilusión es la vida misma', 'Sentir que estoy viva. Respiro, veo la luz del sol, sonrío y comparto cosas con mis hijos', 'descubrir cada día algo diferente'.
Más de 75 años:
'Mantener la inquietud por la búsqueda de algo nuevo', 'levantarme y ver que es un día más'.

Como punto de partida Lecina Fernández, especialista en Psicología Clínica, propone un viaje en el tiempo «por los recuerdos de las cosas que nos ilusionaban de niños y jóvenes»: los Reyes Magos, el día del cumpleaños, el primer campamento, el día de la boda, el nacimiento de los hijos... Ofrece su testimonio Ana, una bióloga casada y con dos hijos, que recuerda cómo conoció a su marido: «Una tarde, al salir de la Universidad, fui a la fiesta de cumpleaños de mi mejor amiga (…) Me llamó la atención Pepe y sentí por él una atracción que no había sentido nunca (…) Me fui de la fiesta antes pero antes intercambié mi carpeta de apuntes con la de él. Llamó al día siguiente para recuperar su carpeta y pasamos una tarde maravillosa. Fue muy ilusionante».

La 'ilusión' por el chalé

Quizá a Ana no se le ocurría otra ilusión más reciente, quizá es una de esas personas que ha dejado de tenerlas porque «la ilusión se pierde no usándola». Y a veces se pierde sin darnos cuenta. «Saturamos la vida de circunstancias de presente, de forma que no dejamos apenas lugar para proyectar futuro. Entonces la ilusión va dejando de ocupar espacio». Porque ilusionarse supone tener un proyecto de futuro, más o menos cercano. «La ilusión es lo que está por venir, es una anticipación. Ese espacio entre el presente que es real y el futuro que es irreal, es donde habita la ilusión. Y ese espacio es la imaginación». Un arma poderosa y necesaria pero que tiene sus «peligros». El principal, «alejar la realidad».

«Saturamos la vida de circunstancias de presente, de forma que no dejamos apenas lugar para proyectar futuro. Entonces la ilusión va dejando de ocupar espacio»

Y relata en el libro la autora el caso de Marta, que se situó «en la fantasía, abandonando la realidad». «Fue de excursión con unos amigos a un pueblo de los Pirineos y allí conoció a Ricardo, que era profesor de esquí. Se sintió atraída por él y dejó volar su imaginación. Al día siguiente ya estaba pensando que vivirían juntos, en una casa grande. Él se trasladaría a la ciudad de ella y su padre le daría trabajo en la fábrica textil». Nada de esto sucedió, solo ocurrió en la imaginación de Marta, «porque esa ilusión no se había producido en un proceso de conexiones con la realidad».

La ilusión es un hecho a futuro, así que en el instante no existe, pero debe ser real. Y debe ser un proyecto que forme parte de nuestra vida, no un paréntesis, como lo enfocó Yolanda. «Acababa de separarse, tenía un hijo de 3 años y decía no tener ilusión. Entonces un amigo le propuso ir a pasar tres días a Ibiza. Y ella aceptó pero pensando: 'Esto no es una ilusión, es una burbuja que no es real, luego volveré a mi realidad y seguiré siendo Cenicienta'. Yolanda veía ese viaje desde la acepción negativa de 'ilusión', como si fuera un espejismo, que una vez acabase se desvanecería como si no hubiera existido». Y ese es un error, advierte la especialista.

«La ilusión es lo que está por venir, es una anticipación. Ese espacio entre el presente que es real y el futuro que es irreal, es donde habita la ilusión. Y ese espacio es la imaginación»

Otro, «dejar que el miedo paralice». Y Lecina remite al ejemplo de Pedro, un hombre de 51 años que quería emprender un nuevo proyecto laboral. «Pero le inundaba la incertidumbre, temía perder la seguridad laboral que ya tenía por cumplir su ilusión. Quería tener el 100% se seguridad de que iba a ir bien y enfocaba la ilusión únicamente en el final exitoso, no en la experiencia del proyecto para conseguirlo. Él necesitaba saber de antemano que todo iba a estar perfecto para ilusionarse».

A Lola (42 años), sin embargo, le ocurrió que confundió una ilusión con algo material y no supo ver los obstáculos que implicaba conseguirla. «Mi ilusión era un chalé para estar con mis hijos. Así que las metas de mi plan eran trabajar mucho, ascender, ganar más. Al final tenía mucho estrés para conseguir el dinero para el chalé para estar allí con mis hijos. Y me dí cuenta de que yo ya estaba con mis hijos, aunque no fuera en un chalé. Tengo que diseñar planes ilusionantes en lugar de poner barreras en la carrera hacia la verdadera meta de mi vida, que no es el chalé sino vivir el día a día con mis hijos».

Estos son solo algunos testimonios que recoge el libro, donde la autora propone también ejercicios para ir entrenando la ilusión: anotar en un papel tres momentos de la vida donde se haya sentido ilusión, escribir palabras que uno asocie con ilusión, rememorar que sonidos, olores, sensaciones, etc sintió y vio cuando estaba ilusionado... «La ilusión es un tesoro, despierto o dormido, que todos llevamos dentro».

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