La UPV, refugio de asilados por la persecución política en su país

Los tres alumnos en situación de asilo caminan por el campus de Leioa de la UPV. / Luis Ángel Gómez

Trece jóvenes que se han visto obligados a huir de sus raíces para sobrevivir estudian en la Universidad vasca

Marta Fdez. Vallejo
MARTA FDEZ. VALLEJO

Han comenzado una nueva vida en Euskadi tras huir de países en conflicto donde eran perseguidos por motivos de raza, religión, nacionalidad, origen social o ideas políticas. La Universidad del País Vasco acoge en sus aulas a trece solicitantes de asilo de Siria, Afganistán, Irán, Palestina, Rusia, Colombia, Venezuela, Sáhara y Yemen. Arrastran duras historias personales -la mayoría ha dejado atrás a su familia y algunos han pasado por la cárcel por motivos políticos-, pero lejos de rendirse apuestan por continuar con la carrera que tuvieron que interrumpir en su país. No lo tienen fácil: llegan a un lugar donde no conocen a nadie, estudian en otro idioma y se enfrentan a dificultades económicas. Tres de estos jóvenes acceden a contar su historia, aunque sin mostrar su rostro por seguridad.

Hasib M. Afganistán «Huí de Kabul, de atentados, de la barbarie y la muerte»

Hasib pudo salir de Afganistán gracias a un Erasmus que consiguió en la Universidad de Extremadura cuando era estudiante de Tecnologías de la Información y la Comunicación en su país. «Es muy difícil salir, el pasaporte de Afganistán es el peor del mundo», ironiza. «Yo logré huir gracias a que pude presentar en la Embajada española en Kabul la documentación de que iba a un programa de intercambio universitario». Para este joven de 21 años era una cuestión de vida o muerte. «La situación en Afganistán era horrible, atentados, bombas, vivimos amenazados, rodeados de muerte, una barbaridad... es un lugar muy peligroso», relata. Cuando llegó a Cáceres para cursar su Erasmus pidió asilo político «a CEAR, a Cruz Roja... a todas las organizaciones que se encargan de los refugiados», cuenta. Al entrar en el programa de asilo sólo pidió «ir al norte, ¡había pasado tanto calor en Extremadura!». Le enviaron a Bermeo, hizo un curso de hostelería y trabajó en un bar. Después llegó a Bilbao y le ofrecieron la posibilidad de retomar su carrera en la Universidad. No lo dudó. Este curso ha entrado en el grado de Ingeniería Informática en Bilbao. Hasib es todo un ejemplo de integración. Aprendió castellano «gracias a las fiestas de Erasmus», dice divertido, le gusta su carrera, ha logrado un trabajo de camarero con el paga sus gastos, tiene novia vitoriana y cuadrilla. Quiere aclarar que no es musulmán y que no le interesa «nada» la política. Pero sí le preocupa la imagen que se tiene de los afganos. «En mi país hay muchos jóvenes con talento, que quieren estudiar, ir a la universidad, trabajar, tener un futuro...» Como él.

I. K. Rusia «Ha sido muy duro, pero estudiar me hace feliz»

Se emociona al recordar su pasado, la dura lucha que ha tenido que librar con la vida hasta llegar a donde está: en segundo curso de Derecho en la Universidad del País Vasco. A esta joven rusa le duele recordar, pero lo hace por una única razón: como muestra de «agradecimiento» al «apoyo» que ha recibido de la Oficina de Cooperación para el Desarrollo de la UPV. Que quede escrito, pide. Es la única condición que pone. Esa y que no se vea su rostro. El pasado le ha dejado tristeza y miedo en la mirada y no quiere detallar su vida antes de llegar a Euskadi. Solo da sus iniciales, I. K., e incluso prefiere no facilitar su edad. «Huí de Rusia con mi pareja porque le perseguían por motivos políticos. Fue muy duro. Llegamos a Barcelona con dinero para pasar tres noches en un hostal», comenta. Ella había dejado atrás sus estudios de Derecho y a su familia. Pidieron asilo. «En Barcelona nos decían que éramos jóvenes y que podíamos dormir en la calle», recuerda con lágrimas en los ojos. En el programa de integración de refugiados de la Cruz Roja les destinaron al País Vasco. «Sólo sabía que había bosques...», se ríe por primera vez, «y he descubierto que aquí hay gente muy buena».

Ha aprendido castellano en poco más de un año y ahora ella y su pareja viven de alquiler en Vitoria y tienen trabajo. «Pero ha sido muy duro, eso es lo que quiero contar, ¡muy duro! Llegar a un país en el que no entiendes el idioma, sin conocer a nadie, buscar vivienda, empleo... Cada vez que llamaba para alquilar un piso y escuchaban mi acento extranjero me decían que estaba ocupado ya. Enviaba montones de currículums y no me aceptaban. Hasta que conseguí que me contrataran en un negocio en el que la jefa es rusa... eso me ha abierto un futuro».

Cuando le ofrecieron continuar con los estudios de Derecho que empezó en Rusia «ya fui feliz». Aunque las aulas no son un camino de rosas. «Iba a clase y no comprendía las frases completas. Me desesperaba, pensé que no iba a poder. Las trabajadoras del servicio de Cooperación estuvieron a mi lado y me apoyaron psicológicamente hasta que me adapté. También contaba con mis profesores en las tutorías, pero una de las ayudas más grandes fue la de una compañera que se ofreció a explicarme lo que no entendía. Ahora somos muy amigas». Esta futura letrada hace hamburguesas en un local de hostelería de Vitoria, 20 horas a la semana, y se desplaza a diario a Leioa en autobús para estudiar. Y aprueba. «Espero ser capaz de acabar la carrera y poder trabajar de abogada», dice ilusionada.

E. N. Siria «Estuve en la cárcel por defender la causa kurda»

Por estudiar la carrera de Economía este joven de 27 años se quedó solo en Siria con su abuela, mientras el resto de su familia huía a Bélgica. E. N. -iniciales de su nombre en kurdo porque el que aparece en su documentación oficial es árabe e «impuesto», aclara- había logrado entrar en la Universidad de Alepo, una hazaña en Siria y más para un muchacho kurdo. No quiso desaprovechar la oportunidad a pesar de que debía estudiar en árabe y en un entorno hostil por su origen y su defensa del Kurdistán.

«La Universidad en Alepo no contaba con recursos y el nivel de enseñanza es muy bajo. Vivíamos hacinados y en unas condiciones higiénicas deplorables en una residencia de estudiantes. No tenía futuro. En Siria aunque termines la carrera acabas trabajando en un locutorio o un bar... los puestos cualificados se adjudican a dedo». Participar en protestas a favor del Kurdistán le llevó a la cárcel varios meses.

Cuando irrumpió el Estado Islámico en el país, él ya buscaba la forma de huir de Alepo. Logró llegar a Turquía, de allí a Argelia y después a Ceuta, donde pidió asilo. Trabajó en un restaurante de Madrid y después se fue a Bélgica con su familia. «Pero yo tenía claro que quería venir a Bilbao y estudiar Economía. En el País Vasco iban a entender mejor a un kurdo. Además, no había huido de Siria para renunciar a mi sueño de ir a la Universidad». Regresó a Madrid, contactó con CEAR y pidió venir a Bilbao. Le mandaron a Vitoria y pasaron su caso a la Oficina de Acogida al Refugiado del campus de Leioa. «El mejor apoyo que he tenido desde que llegué de Siria», resalta.

Este curso es alumno de Economía en la facultad de Sarriko, vive en una residencia de estudiantes gracias a las ayudas de la Universidad y del Ayuntamiento de Bilbao y está «contento», comenta, porque dentro de poco conseguirá la nacionalidad española y «podré cambiar mi nombre del árabe al kurdo de forma oficial en el DNI». Pero le preocupa el futuro. La ayuda estatal que recibe como refugiado solo dura unos meses. «Es muy duro hacer una carrera sin dominar el idioma, no sé si podré trabajar y estudiar a la vez... o si tendré que dejar la Universidad», comenta este joven que habla kurdo, árabe e inglés. Cuenta que ha empezado a ensayar con su saxofón en el conservatorio de Bilbao junto a compañeros de la residencia y que está dispuesto a tocar en la calle para conseguir algo de dinero.

La UPV pide al Gobierno vasco que los refugiados estén exentos de pagar matrículas

La condición que deben cumplir los refugiados para matricularse en un grado es que hayan comenzado los estudios universitarios en su país de origen. Las organizaciones que acogen a las personas solicitantes de asilo -CEAR, Cruz Roja y ACCEM (Asociación Católica Española de Migración)- son las que detectan a los aspirantes a estudiar una carrera y los derivan a la Oficina de Cooperación al Desarrollo, ubicada en el campus de Leioa. Los responsables de este servicio universitario han solicitado al Gobierno vasco que los alumnos refugiados estén exentos de pagar la matrícula por no disponer de suficientes recursos económicos.

La ayuda que reciben del Gobierno central por estar en un programa de protección internacional dura apenas un año. Después tienen que salir adelante por su cuenta. Para los refugiados que quieren cursar un grado en la Universidad es muy complicado porque es difícil compaginar los estudios con un trabajo que les permita pagar alojamiento y todos sus gastos, entre ellos los de matrícula, libros, material y transporte a la facultad.

Ayuda jurídica y psicológica

El programa de atención para personas refugiadas en la UPV/EHU se aprobó en el año 2015 y cuenta con un fondo económico anual de 10.000 euros. «Poco para todas las necesidades de este colectivo, pago de matrículas, transporte, material... Y cada vez vamos a tener a más solicitantes de asilo en la Universidad», explica Idoia Fernández, vicerrectora de Innovación, Compromiso Social y Acción Cultural. «Por eso sería una gran ayuda que estuviesen exentos del pago de las tasas», pide. Lo han solicitado al Departamento de Educación y a la Secretaría de Paz y Convivencia del Gobierno vasco.

El equipo técnico de la oficina de Cooperación ofrece un trato muy cercano a los refugiados, que atraviesan por situaciones muy complicadas. «Les ayudamos a presentar los documentos para solicitar el acceso a la universidad, a realizar la matrícula, en la convalidación de asignaturas, a buscar alojamientos, subvenciones para el transporte...», destaca la responsable del servicio, Estíbaliz Martínez. También reciben asistencia jurídica, y apoyo psicológico y sanitario.

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