Qué hacer (y qué no) cuando un hijo pregunta sobre sexo

Las imágenes son un buen apoyo para las explicaciones. / Fotolia

A los cuatro o cinco años se obsesionan con palabras relacionadas con el sexo, pero hasta los seis o siete no sienten una curiosidad real... Dos expertas nos dicen abordar el tema

Solange Vázquez
SOLANGE VÁZQUEZ

¿Recuerdas un día que tu hijo estaba aparantemente distraído y de fondo se oyó en la tele la palabra 'follar'? ¿O cuando ese amiguete de la cuadrilla se refirió a los genitales en un lenguaje algo grueso? ¿O aquella tarde en el parque cuando unos niños mayores hablaban de cómo se fabricaban los bebés? ¿Y de esa película en la que salieron escenas subidas de tono? Los niños, por pequeños que sean, están expuestos a estas y otras situaciones, que registran en su cerebro con precisión de notario... Y, claro, enseguida empiezan a preguntar por el sexo.

Una vez que los pequeños dan el paso de expresar sus dudas, la pelota está en el tejado de los progenitores, que quieren responder de la mejor manera posible. Muchos se apuran porque no saben si es o no el momento adecuado, si se quedan cortos con las explicación o si, por el contrario, dan demasiada información. También les agobia no usar el lenguaje correcto. ¿Será mejor recurrir a metáforas de abejitas y flores o ponerse en plan Nobel de Biología? ¿Cómo acertar? Ante todo, tranquilidad. «Lo mejor es ser claro y explicarles todo con nuestras palabras, pero sin tecnicismos. Un buen recurso es usar imágenes, que lo vean», indica Montse Dòmenech, psicóloga, pedagoga y autora de 'Los niños no vienen de París' (Planeta), un libro donde explica cómo abordar las cuestiones sexuales con niños y adolescentes.

Aunque muchas veces serán los críos los que saquen el tema, la experta considera que es mejor que sean los adultos quienes tomen la iniciativa. Eso sí, no a las bravas y sin venir a cuento, que puede resultar un tanto artificial, sino aprovechando como excusa «una imagen que sale en la tele, un libro, una conversación en casa...». Vamos, algo que de pie. «Sobre todo, no hay que aparcar la conversación, ni delegar en amigos para que te 'salven' y se lo cuenten ellos», indica Domènech.

Y, una vez se ha hablado con los niños del acto sexual, no hay que sorprenderse de que la reacción de los pequeños sea la siguiente: «Lo más habitual es que digan '¡arg, qué asco!, ¡¿los padres hacéis eso?!, ¡yo no pienso hacer esas cosas nuncaaaa!'», dice la experta. Es algo universal, no hay por qué preocuparse, no quiere decir que el adulto haya sido muy torpe y haya traumatizado al niño con su poca pericia como divulgador. O que no lo haya hecho en el momento adecuado. «A los seis o siete años ya preguntan. Es una buena edad para comenzar a explicarles la parte fisiológica del sexo. Antes no, porque con cuatro o cinco años están muy obsesionados con palabras como 'culo' o 'pene', pero las dicen en plan gracieta, como 'caca', no con connotaciones sexuales», apunta Domènech.

Adiós a las viejas fórmulas

Ahora que sabemos a qué edad es bueno empezar con las conversaciones sobre sexo, quién es mejor que tome la iniciativa, por dónde empezar y cómo explicarse... lo más complicado: lo que excede el marco teórico de su interés por el sexo. ¿Qué hacer si les vemos tocándose los genitales (algo muy normal y que obedece a una etapa del desarrollo)? «Nunca decirles que es algo feo. Es mejor contarles que esas cosas forman parte de la intimidad de cada uno, que no lo hagan delante de otras personas... para que entiendan qué es el pudor», añade Domènech. Y, si lo hacen mucho, decirles cosas como que «la piel de la zona se irrita con facilidad...». Desde luego, lo que no se puede hacer es recurrir a las viejas fórmulas de 'si te tocas te vas a quedar ciego' o 'si te miras los genitales en el espejo, este se rompe'.

Otro tema que los padres no saben muy bien como gestionar es el de la nomenclatura. ¿Cómo referirse a los genitales? ¿Y al acto sexual? Cada vez más, los peques hablan de penes, vulvas y vaginas, pero tampoco pasa nada por recurrir, cuando son pequeños, a los nombres «simpáticos» para los genitales. Si usan palabras malsonantes sí que es conveniente decirles que hay otras maneras de hablar. Pero una cosa es clara: usen el lenguaje que usen, en la tele van a escuchar las fórmulas menos elegantes y está bien que sepan que se refieren a lo mismo.

La edad del morbo

A la etapa de las primeras preguntas sobre sexo, siguen unos años de desinterés por el tema, que se reaviva en la pubertad, un periodo donde «el tema del morbo es lo principal, porque los mecanismos básicos ya los conocen».. En esta edad hay que ofrecerles información, porque, en contra de lo que algunos piensan, estar bien enterados no les anima a practicar sexo a edades más tempranas. Y es necesario, «antes de que hagan el cambio», hablarles de la menstruación y de las poluciones nocturnas para que no se asusten cuando les ocurra. Desde luego, no asustarles. Sobre todo a ellas, tal y como se hacía antaño, cuando la llegada del periodo iba aparejada de la advertencia 'ten cuidado, que te puedes quedar embarazada'. «No hay que meterles miedo, pero sí explicarles y, sobre todo, decirles que 'todo lo que se acelera, luego cuesta frenarlo'», explica Domènech. Y otra cuestión importante: hay que hablarles de la homosexualidad, que la vean como algo normal. De este modo, no sólo se consigue que respeten a las personas homosexuales, sino también que no sufran si ellos mismos se sienten atraídos por personas de su mismo sexo.

De todos modos, como subraya la autora de 'Los niños no vienen de París', al hablar de sexo «pasan más vergüenza los padres que los hijos». De hecho, según desvela, algunos chavales le han confesado que no tocan el tema en casa porque quieren ahorrarle el sonrojo a papá y mamá. De todos modos, dice Domènech, «si normalmente hay una buena comunicación en la familia sobre distintos asuntos, no hay de qué preocuparse a la hora de abordar el sexo».

El peor error: juzgarles

La naturalidad e intentar que no vean a los padres como «carcas» son dos pilares básicos para que las conversaciones sobre sexo con niños y adolescentes sean fluidas y provechosas. Así lo indica Lourdes Lavado, sexóloga del centro Albora Bide, de Bilbao. Este es su decálogo de lo que nunca debe hacer un padre al hablar de sexo con sus hijos:

1. Dar evasivas. «Hablamos delante de ellos de política, de economía... no debemos evitar hablar de sexo ni eludir sus preguntas», subraya.

2. Actuar como si lo supiésemos todo. «Si nos preguntan y no lo tenemos claro, hay que decirles 'espera, que lo voy a mirar en un libro o en Internet y luego te lo explico bien'», indica. Vamos, que, ante todo, «humildad».

3. No interesarnos por su vida. «A veces tenemos miedo de hablar con ellos, de preguntarles si les gusta alguien del clase... si lo hacemos, se animarán más a preguntarnos».

4. 'Sentarles' en el sofá y sacar la enciclopedia, como si pasese algo grave. Esta estampa antigua, como de acto solemne, debe desaparecer. Las conversaciones deben producirse en un ambiente distendido para no hacerles sentir incómodos.

5. Reírse. «Se trata de que vean el sexo como algo normal, no como motivo de bromas», dice Lavado.

6. Hablar del sexo como algo peyorativo. «¿Por qué? Es parte de nuestra vida. Siempre hay que tratar el tema con respeto», subraya

7. Vocabulario muy técnico. Para Lavado, es mejor una palabra, aunque sea malsonante, pero que se entienda, que una muy científica y que deje al crío o adolescente sin enterarse de lo que le has contado.

8. No ponerse a su disposición. Tienen que ver al padre como alguien asequible al que pueden recurrir si tienen dudas sobre sexo. Por eso, está bien decirles de vez en cuando que ahí estas para explicarles lo que quieran.

9. Las vergüenzas. Los padres tienen que evitar mostrar vergüenza al hablar de sexo, porque eso ahuyenta a los niños, les hacen callarse las dudas y ver el tema como algo pecaminoso.

10. Juzgar o castigar al niño por preguntas o actitudes relacionadas con el sexo. Este es el peor error, según la sexóloga. «Si lo haces, ya nunca te contarán nada. Van a ir perdiendo la confianza contigo...Y es una pena».

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