El dinero sí da la felicidad

Los Joseles del mundo saben que la clave de todo radica en comprar tiempo libre

JON URIARTE

No es este un artículo sobre Neymar y los 222 millones. O sí. Porque se trata del valor del dinero. Con frecuencia, y en ciertas cantidades, sigo pasando euros a pesetas. Ayuda a valorar compras o gastos extra. Pero esta vez vamos a cambiarlos a otra moneda. Se llama felicidad. No cotiza en el IBEX 35, pero tiene mucho que ver con el dinero. Que no les engañen. La ciencia ha puesto firma y birrete a lo que muchos pensábamos. El dinero sí da la felicidad. Así lo aseguran Harvard y Columbia, dos universidades de postín. Y también Josele. Un vendedor de lotería que visita la cafetería que frecuento, buscando almas dispuestas a apostar unos euros por un futuro con una red de seguridad hecha de billetes. No tiene pinta de haber frecuentado pupitres, pero llegó a la misma conclusión que ambas universidades. Y además hace mucho tiempo. El dinero puede comprar muchas cosas, pero lo que verdaderamente da la felicidad es cambiarlo por el tesoro más preciado. Tiempo.

Volviendo a Harvard y Columbia, el estudio se basó en un universo de 6.000 personas a las que preguntaron por su situación personal, economía y grado de satisfacción. El resultado fue que las más felices eran aquellas que habían empleado su dinero en comprar «tiempo libre». Es decir, pagar a alguien para que realice una labor por ellas o, directamente, evitar un esfuerzo habitual, como labores caseras, gracias a la compra de una máquina. Aquí no pude evitar recordar a mi suegra que siempre nos dice que el invento que más alegrías le ha dado ha sido la lavadora. No hace muchas décadas era un lujo. De ahí que ella asocie ese electrodoméstico al tiempo ganado y, por tanto, a la felicidad, aunque sea momentáneo y simple. En esta línea, el estudio afirma que no hace falta ser rico para entender que comprar tiempo es el camino hacia la disminución de penas. Pero le falta algo a ese estudio. La teoría de Josele.

«Esto no te saca de pobre, en cambio este otro te pone hasta guapo», proclama ante sus clientes, mientras señala un boleto de euromillones sellado, con tres apuestas, preparado para que solo tengamos que comprárselo a cambio de un euro más. «¿Qué harías si te toca a ti?», preguntamos. La respuesta es siempre la misma. «Pediría una botella de champán, me pondría en esa mesa junto al ventanal y vería pasar a la gente. Así durante una semana. Y luego me iría a vivir como dios el resto de mi vida». Al escucharle, los clientes nuevos suelen sorprenderse. Pero tiene preparada su explicación. «Los tontos pillarían la pasta y se pondrían a comprar a lo loco y montarían en un avión hacia la isla más lejana, pija y cara. Yo no. Porque allí habrá otros ricos. Incluso más que tú. Así que nunca lograrías entender el valor de ese dinero. En cambio aquí, yo vería pasar a la gente normal. La que tiene que fichar y no tiene tiempo ni para que se enfríe el café y se lo beben en dos tragos quemándose el paladar. Y, pasada una semana o lo que se me ponga en ese momento, habría logrado entender que la mejor opción es convertir los millones en tiempo». Llegados a este punto raro es el cliente que no cambia su forma de ver a Josele. Como si los filósofos se escondieran tras vendedores ambulantes de lotería. Y puede que sea así. Porque este repartidor de la suerte suele añadir algo más.

«El dinero sí da la felicidad. Que no os engañen. Es para que los pobres nos conformemos», sentencia, mientras hace las cuentas y devuelve el cambio a la velocidad del rayo. «Lo de la salud es lo que importa es una chorrada. Claro que lo es. Pero con pasta es más fácil estar sano. O menos enfermo. O durar un día más en esta vida», insiste. «Pero hay gente forrada que daría lo que fuera por tener salud o alguien que le quiera de verdad», suelta siempre alguien que ha leído mucho a Paulo Coelho. «Ya, pero ser pobre tampoco te lo asegura», sentencia Josele. Y aquí no queda otra que darle la razón. La clave no está en el dinero, sino en la forma de emplearlo. He visto a mucha gente inmensamente feliz por poder comprar un coche. Aunque no sea el de sus sueños. En cambio jamás he visto a ninguno feliz por lograr el Ferrari número 25 de su colección. Quizá porque tiene el objeto, pero carece del tiempo para poder disfrutar de él. Los ricos también lloran. Aunque solo quienes no han entendido el verdadero valor del dinero. La posibilidad de cambiar de planes sin miedo a no llegar mañana al trabajo. El placer de cambiar para bien vidas ajenas, al menos por un instante, a cambio de un puñado de billetes. O que la máxima preocupación sea dónde tomar hoy el aperitivo. Con esas cosas sueña Josele. Por eso se quedaría una semana sentado ante el ventanal. Para asimilar lo que deja atrás. Los madrugones obligados, el trabajo como obligación y no vocación o los cálculos para llegar a fin de mes sin que te rechacen la tarjeta de crédito. Pero, sobre todo, para no vivir esclavo del reloj. Y lograr, eso sí que es ser rico, que las agujas que marquen tu día sean doña qué me apetece y doña qué no me apetece. Lo que nos lleva a Neymar.

222 millones pasados a pesetas ocupan tanto como la primera frase de 'El Quijote'. Y en una libreta se saldría por los bordes. Sin embargo el FC Barcelona está triste. Incluso rabioso. Como si ese dinero estuviera maldito. Por contra, el PSG quiere iluminar la torre Eiffel para celebrar la compra. Les parece bien pagado. Lo que demuestra que el dinero da y quita la felicidad sin atender a la lógica. El que cobra llora y el que paga ríe. Salvo en un caso. Las personas que compraron la camiseta del club de sus amores con el nombre del brasileño a la espalda. Unos 100 euros. Eso les costó. Un buen dinero. Pero tampoco exige pedir un crédito. En cambio, veo sus caras y llevan tristeza. Mucha, por cierto. Porque les han quitado de golpe todo el tiempo que habían imaginado llevar sobre su piel la camiseta del ídolo convertido en traidor. Adiós a esas tardes y noches de gloria soñadas, con ella puesta mientras coreaban el nombre de la estrella con botas. No es, por tanto, el dinero. Sino ese puñado de momentos que ya no existirán. No sé si ha pensado en ello Neymar al despedirse. Y tampoco tengo claro que sea consciente del valor del dinero que ganará en París. Dice que lo hace por buscar nuevos retos. Puede que sea así. Pero si hubiera conocido a Josele quizá Neymar y todos los nuevos ricos del mundo descubrirían que a veces, para comprender el verdadero valor del dinero, conviene sentarse ante el ventanal de una cafetería y ver la vida pasar.

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