Despedido por triste

Una de las tiendas de la cadena alemana Lild./C. STRANGE
Una de las tiendas de la cadena alemana Lild. / C. STRANGE
El Piscolabis

Solo los países vulgares y cainitas valoran más el sudor que el ingenio

JON URIARTE

El titular era otro. «Despedido por trabajar demasiado». Quizá lo hayan leído. Cierto que es más impactante y apunta mejor. Pero ya sabrán a estas alturas que en EL PISCOLABIS nos gusta ir más allá. Y creemos que este empleado no solo metía más horas que una plañidera en 'Juego de Tronos'. Había algo más. Es un triste de tomo y lomo. Si llega a trabajar una hora antes para preparar la tienda, cuando le dicen que no lo haga, es que tiene un problema. Y se llama «vida aburrida». O se organiza mal. Porque otros, en su mismo puesto, son más efectivos. De ahí que un servidor, en este caso y sin que sirva de precedente, esté a favor de la empresa. Y conste que he hecho y hago muchas horas extras. A veces no queda otra. Pero lo de este tipo es otra cosa. Le gusta. Y quiere que también les guste a los demás.

Se ganaba el sueldo en un Lidl en Barcelona. Entró a trabajar en 2005 y le enseñaron la puerta en junio, aunque nos hemos enterado ahora, por empezar a trabajar antes de lo que marcaba su jornada. Por cierto, era el gerente. Detalle importante. Porque si alguien decide quitarse horas de sueño, ocio o familia es asunto suyo. Pero si pega la tabarra al resto de trabajadores para que hagan lo propio, siendo su superior, la cosa cambia. Sobre todo cuando la empresa tiene unas normas y una de ellas es que fiches cada vez que entres en la empresa y otra, que no metas más horas de lo debido. Lo que nos lleva a la naturaleza de esta cadena. Son alemanes. Gente a la que no se le puede discutir lo que es efectividad laboral. Lo tienen tan claro que meter horas extra por costumbre es considerado defecto en lugar de virtud.

Si alguien tiene que quedarse más tiempo en la oficina, la fábrica o el comercio a trabajar, en Alemania y en otros países desarrollados, se considera que no empleó bien su tiempo. Así de sencillo. Es más, siguiendo con los germanos, está terminantemente prohibido trabajar mas de 10 horas al día y el incumplimiento de esta ley puede acarrear problemas, tanto al trabajador como al jefe. Obviamente esto excluye al autónomo, personaje para el que no hay límite de horas sea alemán o de Cuzcurrita del Río Tirón. Pero hablamos de quien cobra una nómina. Y en Alemania cada minuto que se trabaja se paga y debe quedar registrado, tal y como se detalla en la carta de despido del empleado de esta historia. Clavadito al sur de Europa. Piénsenlo. Aquí se valora más el sudor que el ingenio y el tiempo empleado que la efectividad. Lo que me lleva a cierta anécdota.

Hace años un guionista de televisión recibió la llamada desesperada de su jefe. Le habían comunicado desde la cadena que necesitaban que el programa que iban a grabar al día siguiente por la mañana durase quince minutos más. Así que les urgía incluir «otra historia». Lo que traducido a aquel trabajo significaba escribir un sketch más, de 15 minutos de duración, puesto que el programa era de humor. Eran comienzos de los 90, tener un ordenador portátil era un lujo y lo del móvil aún más. Así que la llamada fue a su casa. Eran las diez de la noche y tenía que pensar algo rápido. Lo hizo. Tardó una hora en escribir a mano el sketch y cuando se dio por satisfecho, aunque no lo había repasado a conciencia, llamó a su angustiado jefe. Tras dictarle el guión colgó orgulloso. Gracias a él habían solucionado el problema en su productora. Feliz, por su rapidez de actuación y evidente ingenio, se metió en la cama. Le costó dormirse. Seguía con la tensión del proceso creativo. Y cuando estaba más a gusto sonó el despertador. No le importó. Era un gran día. Seguro que su jefe le recibía con abrazos. O eso pensaba. Porque nunca hubiera imaginado lo que sucedió después.

No hubo abrazos. Ni una triste palmada. Sino un gesto extraño cuando le invitaron a entrar en el despacho del director general. Allí estaba también su jefe, con un rictus entre serio y enigmático. «Ayer tardaste una hora en escribir el guión urgente que te pedimos, ¿verdad?», le soltó el director, sin saludo previo ni invitación a un triste café. «Pues más o menos», respondió el guionista. «Entonces estarás de acuerdo con nosotros en que te pagamos demasiado. Creemos que no hace falta que estés ocho horas aquí. Con cuatro al día bastarán. Pasa por el despacho de Germán y que te concrete lo del cambio de salario». Germán era el de recursos humanos. La persona que le comunicó oficialmente que el sueldo se quedaba en la mitad. En cuanto pudo cambió de empresa. Tuvo suerte y encontró otra. Desde entonces, cada vez que le piden algo urgente, miente. Aunque haya terminado tarda en entregarlo. Porque su nuevo jefe también es de los que creen en el «presentismo». Es decir, estar en el trabajo el máximo tiempo posible, aunque no haga falta, solo para dar la sensación de que te ganas cada euro con esfuerzo evidente y que los minutos que te quedan de vida son para la empresa.

Guardo aquella anécdota y suelo compartirla con quien empieza a trabajar y va despistado. Vivimos rodeados de hipocresía y mediocridad. Lo de «te ganarás el pan con el sudor de tu frente» es ley. Hasta tal punto, que se prefiere a un inútil presencial, que mete todas las horas y más, a alguien brillante que lo hace en la mitad de tiempo. Hasta sienta mal que una persona gaste pocas horas en hacer un trabajo. Piensen en ese técnico que viene a casa y en unos minutos toca algo y arregla el aparato. Cabrea que nos cobre lo mismo que otro que se tira toda la mañana. El resultado es el mismo, pero nos gusta verle sudar. Bueno, en realidad debería decir, a algunos les gusta. Otros apostamos por la efectividad. Por eso aplaudo a la empresa que echó a este trabajador que hacía horas extra sin que se lo pidieran, ni fuera necesario. No por trabajar más. Sino por emplear mal su tiempo. Y por creer que los empleados a su cargo debían hacer lo mismo. Cuando tardas más que los demás en cumplir con tu cometido y te vanaglorias, estás haciendo algo mal. O tu vida es tan triste que prefieres el trabajo a compartir más tiempo con tu gente o familia. Como dice un amigo mío, detrás de alguien que trabaja más de lo que debe siempre hay un torpe o un «fugitivo del hogar». En ambos casos son gente muy triste. Así que, como diría Nicholson en mejor imposible «vaya a vender sus neuras a otra parte. Aquí ya estamos servidos».

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