La desigualdad sí es política

La desigualdad sí es política

Rajoy rectificó su idea de «no meterse» en el tema de la brecha salarial. Hay mucho que hacer. Por ejemplo, racionalizar los horarios

INÉS GALLASTEGUI

La brecha salarial lleva tiempo en la agenda política. A primeros de año, Islandia y Alemania pusieron en marcha sendas leyes contra la discriminación salarial. La norma islandesa obliga a las empresas a obtener un certificado de paridad salarial, mientras la germana permite a las empleadas conocer el sueldo de sus colegas varones de la misma categoría si sospechan que es superior.

Hace unos días, Mariano Rajoy respondía a una pregunta sobre ello afirmando que lo mejor era «no meterse» en un asunto que debería resolverse, a su juicio, entre los actores sociales. Poco después, admitía la posibilidad de regular sobre discriminación salarial, aunque recordó que la ley ya la prohíbe. Mientras el Gobierno deshoja la margarita, Podemos y sus socios presentaron en octubre pasado una proposición de ley que trasciende el ámbito económico y pretende «visibilizar el trabajo de las mujeres y destruir estereotipos». El PSOE trabaja en la elaboración de la suya.

De momento, el Ejecutivo negocia con los interlocutores sociales en la línea de la legislación alemana. Para cumplir la recomendación de la Comisión Europea de igualdad salarial de 2014, el Ministerio de Empleo quiere establecer medidas de transparencia en la remuneración del trabajo, así como la posibilidad de efectuar auditorías salariales. Los sindicatos pretenden que estas medidas se apliquen a la mayor parte del tejido empresarial, mientras gobierno y patronal quieren circunscribirlas solo a las grandes empresas.

«Rajoy se tiene que meter. Y a fondo», espeta la sindicalista Cristina Antoñanzas. El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer Trabajadora, hay convocada una huelga feminista.

Para Diego Sánchez de la Cruz, autor del libro ‘Por qué soy liberal’ (ed. Deusto, 2017), el debate sobre la brecha salarial está excesivamente ideologizado y encorsetado por la corrección política, lo que quizá está impidiendo aportar soluciones al problema. Para él, una de ellas sería mejorar las ayudas directas y el tratamiento fiscal a las familias, en un país con una de las tasas de natalidad más bajas del mundo: «Por cuestiones biológicas, sociales y culturales, la que más renuncia a su carrera profesional es la mujer».

Adiós a los calientasillas

Otro flanco por el que se puede atacar indirectamente la brecha salarial es la armonización entre vida profesional y personal. La Asociación para la Racionalización de los Horarios Españoles (Arhoe) lleva años luchando por «la mejora de la calidad de vida de la ciudadanía, así como la conciliación de la vida personal y profesional y la igualdad efectiva y real entre hombres y mujeres». ¿Cómo? Acabar con los «cafelitos» y los «bocaditos», reducir la pausa del almuerzo a 45 minutos, implantar una política de «luces apagadas» a las seis -allí donde sea factible-, evitar las reuniones de trabajo absurdamente largas fuera de la jornada o terminar con los «demenciales» horarios del ‘prime time’ televisivo son algunas de las medidas que promueve Arhoe.

Los trabajadores, subraya su presidente, José Luis Casero, deben tener tiempo libre, ya sea para tomar unas cervezas, ir al cine, estudiar, hacer deporte o estar con la familia. «Más que de conciliación, me gusta hablar de corresponsabilidad -señala Casero-. Porque las mujeres siempre han conciliado; quienes tenemos que entrar en casa y asumir los derechos y obligaciones que conlleva tener una familia somos los varones». Los trabajadores con tiempo para ellos mismos son más felices y rinden más, asegura. Y España es uno de los países donde más horas se trabaja y menos se rinde.

El Gobierno se comprometió en 2016 a promover un pacto de Estado por la racionalización de horarios y a finales del año pasado la ministra Báñez llevó a la mesa de negociación con los agentes sociales la propuesta de que «la jornada laboral en España, con carácter general, acabe a las seis de la tarde». Casero asegura que, en la mayoría de las empresas, lograrlo no supondría grandes inversiones, pero sí «organizarse mejor y dejar de perder el tiempo». En las grandes empresas, recuerda, ya se está haciendo. Son las pymes las que más se resisten. Quizá los calientasillas -que en otros países son considerados un lastre- tengan sus días contados.

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