#Yotecreo, un clamor colectivo contra el acoso sexual

Nueve mujeres reflexionan sobre el rechazo global y espontáneo generado tras los mediáticos casos de 'la Manada', la presunta agresión a una menor por tres jugadores de la Arandina, las denuncias de actrices de Hollywood...

#Yotecreo, un clamor colectivo contra el acoso sexual
Yolanda Veiga
YOLANDA VEIGA

El mediático juicio a ‘la Manada’, los cinco sevillanos acusados de violar en grupo a una joven de 18 años durante los sanfermines del año pasado, la agresión a una menor de 15 años por parte de tres jugadores de la Arandina, las denuncias de actrices de Hollywood, de deportistas, de modelos... han generado un movimiento de rechazo al acoso sexual social, global, transversal y espontáneo. No es cosa de feministas, no es cosa de mujeres. Es asunto prioritario de todas y todos. De cualquier persona de a pie, de los medios de comunicación, de las instituciones... Nueve mujeres de diferentes ámbitos reflexionan sobre este momento que estamos viviendo y aventuran qué consecuencias va a tener en el futuro más o menos cercano.

ACABAR CON LA IMPUNIDAD

La situación de la mujer en nuestro mundo occidental ha cambiado mucho desde los tiempos en los que se debatía si tenía alma o no la tenía, se le prohibía hablar, estudiar o, simplemente, salir sola de casa. La mujer es hoy igual que el hombre ante la Ley, accede a la Universidad, a la política y al mundo laboral, aunque queden por ahí muchos cabos sueltos como la afinidad salarial por igual trabajo realizado, la distribución equitativa de las tareas del hogar y de la educación de los hijos e hijas, el acceso a los puestos directivos de empresas y partidos políticos, etc.. Pero vota, algo impensable no hace mucho tiempo, puede divorciarse, trabajar, disponer de su cuerpo y controlar su propia vida.

Sin embargo... no se borran de un plumazo siglos de dominio y misoginia, de leyes y costumbres. La prueba está en los hechos luctuosos que día sí y día también aparecen en los medios de comunicación: mujeres maltratadas psíquica y físicamente, golpeadas, acosadas, violadas, insultadas, menospreciadas y asesinadas; abusadores que campan a sus anchas, asesinos que cumplen una pena mínima de sus condenas u opiniones retrógradas en boca de personajes relevantes.

Existe, no obstante, un resquicio de esperanza. No solamente son cada vez más numerosas las denuncias de abusos de cualquier tipo, sino que estas se ven apoyadas por mujeres y hombres, hartos de que la situación se perpetúe de manera impune.

Pero para que algo cambie es preciso que las instituciones se involucren de manera efectiva, se condene a los culpables, la publicidad y los medios audiovisuales dejen de mostrar mujeres-objeto como reclamo, y que la ciudadanía en su conjunto sea consciente de que este es un mal que no solo atañe a las víctimas, nos atañe a todas y a todos. Solo así se logrará una sociedad más justa.

UNA REALIDAD OCULTA

La violencia sexual crece cada día, el juicio a la manada y las denuncias de acoso y abusos efectuadas por artistas de Hollywood representan la punta del iceberg de la violencia sexual que sufren las mujeres. Según la OMS una de cada tres (35%) mujeres en el mundo han sufrido violencia sexual en algún momento de su vida. Y aunque estos datos resulten alarmantes no representan ni la ínfima parte de la violencia sexual que se ejerce en el mundo.

En nuestra sociedad existe un pacto de silencio en relación a la violencia sexual, cuando se la nombra se la trivializa y minimiza, como ha dicho uno de los abogados de 'la Manada': «Es una diversión, sin más». Disculpando a los agresores y negando el daño que produce en las victimas.

La violencia sexual la ejercen las personas que poseen poder para ello. Según la OMS el 98% de las agresiones sexuales son efectuadas por hombres.

Las causas de dicha violencia son múltiples. Ideas equivocadas sobre la sexualidad, se sigue pensando que el impulso sexual masculino es desbordante y agresivo, mientras que las mujeres «decentes» no poseen deseos sexuales, su único interés es satisfacer los deseos de los hombres.

La industria sexual (pornografía y prostitución) es uno de los negocios más lucrativos de la economía mundial. En el 90% de las imágenes pornográficas se ejerce violencia sobre las mujeres. Existe una relación entre el consumo de pornografía y las actitudes que apoyan la violencia sexual.

Ante la ausencia de una educación sexual adecuada, la pornografía se ha convertido en la educadora sexual de la juventud, conformando su sexualidad e induciendo a ejercer violencia sexual y al consumo de prostitución para satisfacer sus fantasías sexuales. Uno de cada cuatro hombres en España es un prostituidor.

EL DESPERTAR

Los grandes cambios ocurren casi sin que nos demos cuenta. Un día Rosa Parks se sentó delante en aquel autobús, para romper ella sola una cárcel invisible que aprisionaba a millones. Los pequeños gestos pueden ser los actos más revolucionarios. El cambio comienza en ese instante en el que una mujer contesta a otra desde la distancia y teclea ‘A mí también’.

‘A mí también’ se ha convertido en a nosotras también, a todas. Por mala suerte, por estar en el lugar equivocado, por no tener cuidado, por ser extrovertida, por llevar ese vestido, por sonreír demasiado, por estar borracha, por no pararle los pies a tiempo, por no denunciar, por no haber peleado hasta morir, por no valer para otra cosa. Nos lo repitieron tantas veces que nos lo creímos.

Pero una mujer decide hablar, y otra responde. Y el mundo entonces escucha, y devuelve un eco de voces que inunda las redes: ‘A mí también’, ‘a mí también’, ‘y a mí’. Las historias guardadas bajo llave salen del lugar donde nos aconsejaron meterlas, el cajón de la vergüenza. Ese coro que integra voces de mujeres ricas y pobres, blancas y negras, famosas y anónimas, ha puesto sobre la mesa una realidad. El denominador común no es nuestro país de origen, religión, raza u orientación sexual… sino el hecho de ser mujeres en un mundo de hombres. Y esta realidad nos ha sacudido tan fuerte que, por fin, hemos despertado.

Todas y cada una somos el motor de este cambio. Por cada mujer que despierta se abre una grieta en las paredes de la cárcel que nos oprime. Este despertar contagioso constituye un punto de inflexión en la historia. Porque nos estamos rebelando no sólo contra la idea de mujer que nos han vendido, sino también contra la idea del hombre violento y dominante que es incapaz de cambiar, porque los hombres ‘son así’. Claro que pueden; pueden y deben hacerlo. El cambio es irreversible.

EL PRINCIPIO DEL FIN

Una de cada tres mujeres sufrirá violencia de género, se viola a una mujer cada 8 horas, y uno de cada cuatro niños sufre abusos sexuales. Me encantaría estar hablando de otro país, pero son cifras de España, un país al que la igualdad legal llegó hace 39 años, pero la real suena utópica. Yo entro en ese porcentaje de mujeres que sufren violencia de género, y durante 6 años callé. Cuando alcé la voz, las preguntas que más me hacían eran: ¿Cómo te ha podido pasar a ti? ¿Por qué no lo has contado antes?

Y entonces me dí cuenta de que esas preguntas tenían la misma respuesta, que yo era la culpable. La culpable de aguantar, de callar… y ese es el principal motivo de mi silencio. Porque la sociedad culpa a la víctima, incluso cuando quiere consolarla o apoyarla, siempre hay un pero que cuestiona tu verdad. Por eso quizás, por esa respuesta social que el machismo ha instaurado con pseudoargumentos llenos de reproches, solo el 33% de mujeres denuncia la violencia de género y el 20% los delitos sexuales.

Pero algo está cambiando, una oleada de heroínas está rompiendo el silencio, y gracias a ese #YoTeCreo y lobas que se enfrentan a manadas, con heridas y dolor, pero en pie, sin rendirse, las mujeres han dado su apoyo de la mejor manera posible, alzando su voz, rompiendo su silencio, contando que a ellas también les pasó. Eso es lo que ha cambiado, la cohesión social, que crea el entorno de confianza necesario para soltar lo que tantos años lleva pudriéndote por dentro. Gracias al feminismo aprendemos a luchar contra una sociedad machista que cuestiona, lincha y humilla a las mujeres que no quieren ser el objeto que ellos ansían. La sociedad ha dicho BASTA. Ahora queda que las leyes, y la justicia empiecen a desprenderse de ese machismo que las cubre. Que violar y maltratar a una mujer no salga tan barato, que realmente sea el principio del fin.

APRENDER CÓMO SER UN HOMBRE

Te ha extrañado el caso de ‘la Manada’, los Harvey Weinstein o el director que le tocó una teta a una actriz? Pues lamento decirte que, a pesar del escándalo y la repercusión social, estos hombres no son enfermos, sino hijos sanos del patriarcado.

¿Cómo es posible que hayamos permitido que se cuestione a la víctima de una violación y se justifique a los violadores? ¿Cómo ha podido un productor de cine acosar y violar a mujeres durante décadas sin trascender apenas nada? Todo el mundo lo sabía, pero ninguna denunciaba. Porque sabía que el foco se sigue poniendo en las víctimas en lugar de en los agresores. Y esto lo sabemos porque estamos hartas de lemas dirigidos a la prevención que insisten en que las mujeres sean prudentes, como en la campaña ‘Corta a tiempo’, en lugar de que los hombres sean responsables y respetuosos.

Ahora estamos visibilizando que nos acosan, agreden y violan, pero seguimos sin dar un giro completo a la educación para reconducir la situación. Tenemos la oportunidad de que todo esto cambie, pero para ello debemos replantearnos los estereotipos, el binarismo, y las distintas masculinidades y feminidades. Hemos educado a nuestros niños para que sean machitos, fuertes, duros y competitivos, en lugar de tiernos, capaces de gestionar sus emociones, negociar, escuchar y respetar a las mujeres. Lo hemos hecho mal, reconozcámoslo. Se ha mantenido un sistema de dominación masculina, pero ha llegado el momento en el que queremos hombres que escuchen y entiendan a las mujeres, en lugar de hombres que ejerzan poder y superioridad sobre ellas.

Debemos coeducar a nuestras criaturas en igualdad, para no tener que lamentar este tipo de situaciones. El momento es ahora. Sin miedo. Porque el miedo es a que te asalten, te violen o te maten.

EL CAMBIO DEPENDE DE TI

Le propongo un reto: acérquese a un grupo de adolescentes y pregúnteles si alguna vez se han sentido acosadas, agobiadas o tratadas como un objeto sexual. Se sorprenderá, la mayoría, además, no será consciente de la magnitud del problema. Ahí está, precisamente, el quid de la cuestión. El reto ahora es lograr que actitudes asumidas como normales dejen de serlo. Ghandi decía: «Sé tú el cambio que quieres ver en el mundo», implícate, sal de tu zona de confort y da ejemplo.

Permanecer impasibles ante lo que requiere una denuncia unánime, nos hace cómplices y, como cómplice, el ser humano ha actuado siempre ante el abuso sexual, una pandemia silente y despreciada. La situación está cambiando gracias a quienes se han atrevido a denunciar y hay una reacción en cadena, aún así, la mitad de mujeres reconoce haber sufrido acoso y la otra mitad, o no lo cuenta, o no lo identifica.

Vivimos un momento clave que exige habilidad para señalar a los culpables y para buscar soluciones. En España las violaciones siguen siendo «delitos privados» y falta sensibilidad judicial. Una sociedad sana debería proteger a sus víctimas y no obligarlas a demostrar que lo son, pasando por un duro proceso de preguntas humillantes. Hay planes contra la violencia de género o contra la trata, pero no hay para las víctimas de abusos sexuales. Algo sigue fallando cuando a pesar de que crecen las denuncias, los casos de acoso, agresiones o violaciones grupales van en aumento.

Estamos ante un problema que exige la implicación de todos. De nada servirá cualquier avance, si no somos conscientes de que este cáncer no es una lucha exclusiva de mujeres. El hombre debe asumir que también es algo suyo, debe implicarse y alzar la voz contra comentarios y actitudes denunciables a los que, todavía hoy, responde con una sonrisa de colega, que le convierte en cómplice. La pregunta es ¿qué haces tú para cambiar esta realidad?

ESCÁNDALO

Durante los últimos meses hemos asistido a una avalancha inaudita de denuncias por acoso y abuso sexual a nivel global. Vivimos, entre la perplejidad y el asco, el juicio contra ‘la Manada’, comprobando, de nuevo, que la cultura de la violación se ejerce y se reproduce desde las instancias más altas del poder. La reacción en las redes sociales ha sido la creación de movimientos de solidaridad y denuncia. A este clamor colectivo, que surge de una conciencia feminista plural, se han sumado mujeres y hombres, demostrando que una parte de la sociedad es consciente de la profunda desigualdad todavía existente. Los medios de comunicación también se han hecho eco de estas noticias. Por desgracia, la mayoría –sobre todo los medios televisivos– se han dedicado a exponer la parte más escabrosa de estos sucesos, explotando comercialmente el escándalo.

Y ese es precisamente el problema que veo cara al futuro: cuando nos escandalizamos corremos el riesgo de quedarnos en el aspaviento, en el gesto de repulsión y de rechazo. El escándalo es pasivo, invita a contemplar el espectáculo del horror, de la desgracia ajena sin dar pie a que nos sintamos parte del problema ante el cual nos horrorizamos. El escándalo genera cotilleo, morbo, incita a la curiosidad del voyeur. Pero si queremos vivir en una sociedad en la que una víctima de violación no sea sospechosa de habérselo buscado, si realmente no aceptamos que el cuerpo de la mujer sea el espacio donde el hombre puede cobrarse sus privilegios, entonces debemos pasar del escándalo a la exigencia. Exigir una revisión total de nuestro sistema educativo, político e institucional desde una óptica feminista, que es la única posible si realmente creemos en la igualdad entre hombres y mujeres.

CAMBIEMOS EL RELATO

Que una chica de dieciocho años sea llevada por cinco hombres a un portal para practicar sexo en grupo, que la graben con los móviles, que la penetren sin ningún método de protección, que le roben el teléfono... Y que después de un año y medio todavía deba convencer a todo un país de que no quería, que fue una violación colectiva y que no pudo hacer nada para evitarlo, es una vergüenza tan lamentable y asquerosa y que para mí no admite más calificativos.

¿Cómo hemos llegado a esto? Pues ignorando la realidad. «Lo más difícil de demostrar es la evidencia». Estamos en una sociedad tan machista que ya no somos ni conscientes de ello. Estamos tan acostumbrados a la hegemonía del patriarcado que parece que no seamos capaces de cuestionarlo. Y ciertamente no es un problema solo de los hombres. Las mujeres también hemos sido muy machistas, posiblemente desde la inocencia o la ignorancia, pero ya va siendo hora que unas y otros despertemos y cambiemos el presente y el futuro.

Debemos romper tantos conceptos falsos, absurdos y nocivos. Porque las mujeres no estamos obligadas a seguir ningún estereotipo para gustar a los hombres. No les tenemos que servir, ni les debemos cuidar, ni salvar, en el ámbito de la pareja. No debemos seguir sus fantasías, ni deberíamos tener miedo de ir solas de noche por la calle. No debemos callar para que hablen ellos, ni fingir saber menos para que no nos miren mal... Las mujeres simplemente tenemos derecho a ser cómo somos, cada una con sus diferencias y matices. Porque va siendo hora que seamos conscientes de todas las desventajas que arrastramos desde siempre. Y dejemos de verlo como normal o «natural» porque no lo es, es cultural y se puede cambiar con educación, con espíritu crítico y con mucha voluntad. De todas y todos depende. Hemos avanzado pero hay que seguir.

NO SOMOS SÓLO CUERPOS

Ha sucedido algo inaudito: resulta que esos cuerpos de mujeres inertes, inexpresivos, débiles y disponibles que se utilizan para decorarlo todo, como quien coloca espumillón, se han puesto de pie y han alzado su voz. Alguno hasta se ha sorprendido de que tuviéramos voluntad propia ¡Pero si hablan y todo! Lo más indignante y revolucionario es que hayamos dicho ‘no’. Porque nuestros cuerpos, aquellos que otros han construido durante siglos para nosotras, han dicho siempre (y engañosamente) que ‘sí’. La mujer del anuncio de perfumes te dice ‘sí’. La presentadora sexy que acompaña al hombre que hace cosas dice ‘sí’. La modelo que sonríe desde la contraportada del diario también está diciendo ‘sí’.

Cambiar el relato, subvertir, alterar el discurso establecido. Reconquistar nuestros cuerpos y reconstruirlos. Ha llegado el momento de que las mujeres nos situemos detrás de las cámaras y dejemos de ser las musas pasivas para ser las creadoras de nosotras mismas. Que nuestro cuerpo diga ‘sí’ o ‘no’ debe ser nuestra elección, jamás una imposición. Necesitamos referentes visuales que nos devuelvan el poder sobre nuestros cuerpos y también sobre nuestra sexualidad, construida durante demasiado tiempo por y para los demás. Nuestros cuerpos son diversos, infinitos, cambiantes (no intercambiables). Pero no nos conformemos y vayamos mucho más allá de la dimensión corporal.

Las mujeres, además de cuerpo, somos muchas otras cosas. Somos profesionales, artistas, creadoras, deportistas, directoras, científicas, emprendedoras… Normalizar y visibilizar estas otras dimensiones es fundamental para construir una sociedad en igualdad. A través del imaginario podemos generar grandes cambios. Soñemos en imágenes. Reflejémonos en ellas. Utilicémoslas para crear mayor libertad.

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