«Contratamos una cuidadora para mi madre y casi nos hunde la vida»

Marta Antuña y Agustín Vara, con la sentencia. /ARNALDO GARCÍA
Marta Antuña y Agustín Vara, con la sentencia. / ARNALDO GARCÍA

El juzgado incapacita a una anciana que «inducida por la asistenta» denunció a su hija por malos tratos y le retiró la autorización de la cuenta bancaria

OLAYA SUÁREZ

«Hemos vivido estos últimos meses como si fuese una película de terror...». María Antuña y su marido, Agustín Vara, no son capaces aún de asimilar el revés que les ha tocado capear desde que en abril decidiesen contratar a una cuidadora para la madre de ella, de 83 años, durante las horas que se encontraban fuera trabajando. Una decisión que a punto ha estado de costarles caro, sobre todo a Marta, que vio cómo su madre, «con graves deficiencias persistentes de carácter físico y psíquico que le impiden gobernarse a sí misma», según una sentencia del juzgado de Primera Instancia 9, la denunciaba en dos ocasiones por malos tratos y la retiraba como autorizada en la cuenta bancaria, que pasó a ser manejada, presuntamente por la cuidadora, Eusebia P. M.

«Vivíamos juntos y teníamos una señora que venía cuatro horas por la mañana, hasta que vimos que necesitaba también atención por la tarde hasta que llegásemos de trabajar porque no podía estar sola. Hablamos con varias mujeres y contratamos a ésta que a punto ha estado de hundirnos la vida», resume Marta, funcionaria, quien se define «humillada y maltratada por todo lo que he tenido que sufrir». Los problemas surgieron a las pocas semanas de que la cuidadora fuera contratada «con los datos de mi madre, ese fue el gran problema, porque si hubiese estado el contrato a mi nombre se hubiese solucionado antes», considera. «A las tres semanas de llegar, llevó a mi madre al banco para que me quitase como autorizada en la cuenta y a continuación a un abogado para denunciarme por malos tratos...», resume Marta Antuña, que se vio inmersa en la apertura de una investigación por una presunta agresión a su madre, que ha quedado archivada, al igual que la segunda demanda que le interpuso.

El problema no queda ahí. «Nos tuvimos que ir de casa porque la situación se volvió insoportable, la cuidadora cada semana llamaba a la Policía para decirle que estaba pegando a mi madre, fue una vergüenza, un bochorno y lo peor de todo es que ha conseguido distanciarnos a mi madre y a mí y convencerla de que soy muy mala hija, cuando hemos estado siempre juntas. Ella se esforzó muchísimo para que yo pudiera estudiar y siempre hemos estados muy unidas», dice. Llegaron incluso a cambiar la cerradura para que no pudieran entrar en su propia casa.

Después de meses recibiendo denuncias, la Justicia le ha dado la razón con una contundente sentencia en la que incapacitan a su madre y la nombran a ella tutora legal. «En ningún momento se ha objetivado que los cuidados y ayuda prestada por la hija hacia su madre hayan sido deficientes y tampoco situación alguna de conflicto personal entre ambas. Los problemas han surgido desde el momento en que la actual cuidadora empezó a realizar su trabajo, produciéndose cambios comportamentales de la madre frente a la hija que anteriormente nunca se habían presentado, lo que ha derivado incluso en conflictos penales, existiendo, además, una duda razonable de que dicha cuidadora pudiera estar induciendo a la mujer a realizar gastos innecesarios para su estabilidad, e inadecuados a sus necesidades, y extracciones bancarias no justificadas atendiendo a las necesidades ordinarias de la misma», explica la sentencia, que ya es firme.

Paralelamente a la incapacitación de la madre, la Fiscalía ha abierto una investigación a la cuidadora por un supuesto caso de apropiación indebida, ya que, al parecer, faltan más de 12.000 euros de la cuenta de la anciana y varias joyas y relojes.

«Lo único que quiero ahora es retomar la relación con mi madre y poco a poco que vuelvan las cosas a la normalidad, ahora mismo ella está muy sugestionada por todo lo que le han metido en la cabeza desde abril, pero parece que empiezo a ver un poco la luz», apunta Marta, que decide contar la historia en El Comercio «para intentar que a nadie lo pase lo mismo que a nosotros. Ha sido un calvario».

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