La colonia vasca soñada en Patagonia

Durante el éxodo de finales del XIX,un ingeniero bilbaíno vio en Argentina la tierra prometida para una nueva comunidad euskaldun

Vista del golfo de San Jorge, donde Basaldua quería implantar una colonia de 50.000 personas.
Vista del golfo de San Jorge, donde Basaldua quería implantar una colonia de 50.000 personas. / GONCE
ELENA SIERRA

Si los planes del bilbaíno Florentzio Basaldua se hubieran llevado a cabo hace más de cien años, quién sabe, tal vez hoy existiría en Patagonia una comunidad de euskaldunes fieles a las tradiciones, al idioma y a Dios, tan reconocible como lo son, en otros puntos de América, los amish –con sus carros tirados por caballos– y los cajunes –los acadianos, habitantes de la Luisiana que hablan francés–. Basaldua, ingeniero e inventor nacido en el Casco Viejo en 1853, tenía en mente ‘trasplantar’ un país, es decir, ‘invitar’ a familias enteras de vascos de ambos lados de los Pirineos a esa región argentina en la que, cuando a él se le pasó por la cabeza la idea (remitió al presidente de Argentina, un viejo amigo, su informe en 1897), ya había un ejemplo a seguir: el de los galeses de Y Wladfa, La Colonia.

La comunidad galesa huida del Imperio británico (por religión y por idioma) encontró su hueco en la provincia de Chubut y durante varias generaciones conservó su estilo de vida y su lengua. En las escuelas privadas de la zona aún se enseña galés y cada año se celebra un festival que recuerda su historia, que perdura en ciudades con nombres como Trelew, Trevelin y Rawson.

Por allí cerca soñó Florentzio Basaldua su Eskal-Berri, una nueva comunidad de vascos que respondería a la preocupación de parte de la sociedad euskaldun de la época. Algunos de los que no emigraban veían con pena y hasta rabia cómo se marchaban los compatriotas –los más jóvenes, fuertes y sanos, se llegaba a decir– y se preguntaban qué iba a ocurrir tras semejante éxodo que desangraba Euskal Herria, como señalaba el cura y escritor Jean Pierre Arbelbide. Todo esto lo cuenta el biólogo, escritor y académico correspondiente de Euskaltzaindia Kepa Altonaga en su libro ‘Patagoniara Hazparnen barrena. Lotilandiakoak herri birlandatuan’ (Pamiela).

Florentzio Basaldua, con dos de sus mapas. / GONCE

1.037 pesetas por familia

Basaldua planeaba que Eskal-Berri se hiciera realidad a la altura del golfo de San Jorge, debajo de Y Wladfa, en la Patagonia. Del oceáno hasta los Andes, en las provincias de Chubut y Santa Cruz, serían un total de 166.000 kilómetros cuadrados, 20 veces más que la tierra que dejarían atrás los colonos. Colonos que llegarían a ser 50.000 «almas» (10.000 familias) en tres años. Para hacerlo realidad habría que crear una compañía que gestionara tanto los lotes de tierra que se repartirían como la compra de todo lo necesario para iniciar la nueva vida allende los mares –dos vacas lecheras, dos yeguas, dos cerdas preñadas, veinte ovejas y diez cabras, kilos de semillas, madera, herramientas... por familia–. Eso sí, cada una de las familias aspirantes a sumarse al proyecto debería pagar 1.037 pesetas.

El premiado inventor de la segadora Euskaria

Basaldua fue ingeniero, inventor, escritor y colaborador de la revista ‘La Vasconia’ y llegó a ocupar varios cargos públicos en su nuevo país. Se instaló en Buenos Aires –donde se casó y tuvo cuatro hijas– y partió de la capital para participar en la llamada Conquista del Desierto: la campaña por la que el Gobierno de la época iba ampliando las fronteras por el sur quedándose con las tierras de los pueblos indígenas (mapuche, tehuelche y ranquel) en las décadas de 1870 y 1880.

En la última década del siglo XIX, reconvertido por completo en ingeniero, el bilbaíno acudió a la Exposición Universal de Chicago de 1893 con una máquina segadora a la que llamó Euskaria y que había mandado fabricar en la empresa Talleres de Zorroza, razón por la que pasó por Bilbao. Ganó un premio por este invento. En un segundo viaje a Euskadi al año siguiente, conoció a Sabino Arana y comenzó a escribir sobre sus ideas independentistas.

La colonia la cruzaría de oeste a este el río Deseado y los nombres de los lugares que se habían dejado atrás estarían muy presentes. Tendría los puertos de Bilbao, Donostia y Bayona, entre otros, y Vitoria, Pamplona, Orduña y Gernika serían algunas de las nuevas poblaciones de una zona que había sido ‘conquistada’ en sucesivas guerras contra los habitantes originarios a lo largo del siglo XIX. De hecho, el plan de Basaldua –‘Reservas Fiscales, Proyecto de Colonia Vasca en la Patagonia’– se enmarcaba en la Ley de Tierras, Inmigración y Colonización de 1876. Y es que el bilbaíno no era un don nadie ni un «lunático», que es lo que le pareció a Altonaga la primera vez que descubrió su nombre y sus ideas.

Con solo 15 años emigró a Uruguay y con 18 ya estaba en Argentina, donde empezó trabajando como agrimensor y llegó a ocupar varios cargos públicos. En el Chubut fue vicegobernador; estaba interesado por todos los aspectos de la vida en la zona, desde la paleontología hasta la educación y el cultivo del maíz, y eso hizo que adquiriera conocimientos variados que le sirvieron para diseñar la colonia vasca. También aprendió euskera con Resurrección María de Azkue, aprovechando sus viajes a Euskadi. Entre 1909 y 1911, fue cónsul argentino ante las Indias Orientales y escribió ‘Memorias sobre la Raza Roja en la Prehistoria Universal’, su propia teoría sobre el origen de los vascos y la historia del mundo. En 1932, antes de morir en su hacienda de Chubut, pidió a su segunda esposa que tocara al piano el himno nacional argentino.

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