Mi cerebro es radical

Mi cerebro es radical
El Piscolabis

El tema catalán nos recuerda que la llamada «materia gris» nunca dejará que nos pongamos de acuerdo

JON URIARTE

No hay solución. Podemos culpar de la crispada situación política actual a éste o a aquella, a la educación o a los medios, al ambiente o al empedrado. Porque acertaremos. Todos llevan pecado. Pero el mayor está en nosotros. En nuestro cerebro. Lo confirmaron hace unos años, pero pasó desapercibido. De ahí estas líneas. Que quede claro. En asuntos de política jamás nos pondremos de acuerdo. Por eso el Procés está provocando tensiones y cabreos más allá de Cataluña. La razón no la debemos buscar en el sentimiento. Sino en el cerebro.

Confieso que llevo desazón. Vivimos un tiempo en que, quieras o no, exigen que te posiciones en temas políticos. Que se lo pregunten a Marc Márquez. No me extrañaría que prefiera no ganar en Cheste este fin de semana y dejar lo de proclamarse campeón del mundo para otro año y ocasión. Con la idea de salir del paso ha declarado que «la bandera que representa a mi gente es el 93», refiriéndose al dorsal que luce. Y le están llamando de todo menos guapo. Unos y otros, ojo. Porque ya no hay derecho a opinar, sino obligación de hacerlo. Lo que no estaría mal si viviéramos en un lugar donde se respetara la opinión ajena. Pero no. De hecho, además de compartir los argumentos de quien pregunta, hay que hacerlo sin fisuras. Todo o nada. Estás conmigo o contra mí. Y así nos va. Se ve que, también en este asunto, mandan cada vez más la amígdala y la corteza insular. Me explico.

En el Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California juntaron a 40 personas con convicciones políticas radicales y antagónicas. Siendo EEUU, imaginen. Unos hacia un lado y otros hacia el contrario. Lo que viene siendo más allá de Orión. Y les hicieron resonancias magnéticas mientras les planteaban y mostraban opiniones en contra de sus principios políticos y de otros asuntos del día a día. El resultado fue demoledor. Es más difícil que cambiemos de opinión en temas políticos que en los que no lo son. Por un lado la corteza insular genera sentimientos y emociones. Es decir, esa opinión tuya me satisface o me indigna. Y por otro, la amígdala detecta las amenazas. Lo curioso es que, según las resonancias, un ataque a nuestra opinión política lo percibimos en el cerebro igual que una amenaza física. Al menos las regiones que se activan son las mismas. Lo que explicaría que los debates y las tertulias políticas parezcan, cada vez más, una pelea de gallos. O que hablar sobre el Procés, las banderas, los sentimientos, las leyes y las patrias resulte cada vez más desagradable.

El psicólogo y responsable del estudio, el profesor Jonas Kaplan, termina diciendo que «para considerar una opción alternativa de nuestras creencias tendríamos que considerar una versión alternativa de nosotros mismos». Es decir, supondría ponerse en el lugar del otro y cuestionar aquello que nos une a nuestra tribu para llegar a la conclusión: «Pues igual tiene esa persona algo de razón». Lo que me recuerda a las reflexiones de Umberto Eco sobre el fútbol. El irrepetible genio tuvo una relación extraña con este deporte. No lo odiaba. Incluso lo amó en su momento. Pero no sentía lo mismo por quienes ocupan las gradas. Aborrecía esa obsesión del hincha por creer ciegamente que su equipo es el mejor o diferente, que los demás están equivocados y que el rival no es normal por el hecho de no ser ni sentir como él. No le quitaremos la razón. El fútbol provoca vehemencias absurdas. Y lo dice un forofo. Pero la política también. De hecho, en ambos casos, quienes más opinan menos idea tienen. Algo que podría aplicarse a otros deportes y disciplinas. De ahí que mezclar deporte y política sea tan peligroso. Por eso cabrea lo que hacen con Márquez. Un acoso en el que tenemos mucha culpa los medios. Y viene de viejo.

Hace unos años, en los más duros y grises, cierto periodista deportivo de postín, que lideraba una cadena nacional llamó a una de sus emisoras locales para pedir al responsable de la sección deportiva algo vomitivo. Que entrevistara a un entrenador de fútbol y le preguntara si se sentía vasco o español. En el caso de que respondiera vasco la entrevista se emitiría en Madrid y para todo el Estado. Y si decía español, solo en Euskadi. Ya me dirán ustedes si ahí había intención de informar o de malmeter. Por cierto, el periodista local no lo hizo, porque lo consideró un insulto a la ética de su profesión, y poco después perdía su puesto. Por suerte era muy bueno y siguió trabajando en otros medios. Han pasado las décadas y seguimos igual. O peor. No veía tanta crispación desde los incipientes 80. Entonces veníamos del abismo. Tenía su razón de ser. Pero ahora no. Y si lo tiene, es que solo seguimos usando una parte del cerebro. La que nos convierte en radicales de lo nuestro. Resumiendo el estudio de Kaplan, el ser humano, si se pone, solo es fiel a una cosa. A su amígdala. O, como mucho, a su corteza insular. Un nombre que nos viene perfecto para cerrar el Piscolabis de hoy. En asuntos de política cada vez somos menos continente y más isla. Una solitaria, inhóspita y cerrada isla.

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