Los caballos que susurran a las mujeres

Concordia Márquez y la yegua Reina.
Concordia Márquez y la yegua Reina.

«Entre una mujer que ha sufrido malos tratos y un caballo torturado se establece una conexión», aseguran las hermanas Concordia y Virginia Márquez, que desde hace tres lustros rescatan y recuperan équidos abandonados por sus dueños

Itsaso Álvarez
ITSASO ÁLVAREZ

Como toda historia, esta tiene un principio y este se remonta diez años atrás. Concordia Márquez, que era era jinete profesional y se dedicaba a la preparación de jinetes y equipos para la competición de máximo nivel (también es juez nacional de salto y doma), iba camino de Málaga para participar en una competición cuando vio un caballo solo en un prado. Estaba famélico. Algo en su interior se le encogió y sin pensarlo dos veces cogió el animal y lo cargó en su remolque. Esa decisión acabó cambiando su vida, la de su hermana, Virginia, centrada por entonces en su carrera de periodista, la de sus padres y, sobre todo, la de infinidad de caballos y personas. Concordia decidió invertir todos sus ahorros en crear un albergue para caballos maltratados y abandonados y en poner en marcha la Asociación CyD Santa María para denunciar los casos de maltrato y abandono de équidos en la zona de Málaga. «La realidad es aplastante. El 99% de los caballos no llegan a viejos, son abandonados por sus dueños o sacrificados. Sólo el 1% sobrevive», advierte esta mujer. Desde entonces ella y su familia no dan abasto para atender a animales indefensos.

El tiempo y las circunstancias han hecho que la actuación de la Asociación CyD Santa María llegue a todos los rincones de Andalucía y a otras zonas de España. En la actualidad, es la única de España que se dedica al rescate de caballos y que no cuenta con subvenciones públicas. Todo lo financian Concordia, Virginia, los socios del albergue donde a día de hoy conviven en perfecta armonía caballos, perros, gatos, aves, hurones..., además de amigos de estas dos hermanas y colaboradores. En principio, el lugar se concibió para acoger temporalmente a los caballos mientras Concordia, Virginia, un encargado llamado Luciano y los voluntarios del centro los recuperaban y rehabilitaban para que en un futuro fueran adoptados por alguna familia. Allí sólo permanecerían aquellos que estuvieran en estado terminal o fueran de difícil adopción. También ofrecen la opción de apadrinar un caballo. Pero lo cierto es que encontrar familias que se encarguen de cuidarlos y darles cariño no es fácil, mucho menos lo fue durante la crisis, y la mayoría se quedan en el albergue hasta el final de sus días.

Concordia Máruez da ánimos a una yegua que tiene un tumor de ocho kilos.

En quince años estas dos hermanas han salvado la vida de más de 2.000 caballos. El mantenimiento de cada uno de ellos cuesta alrededor de 150 euros al mes, en comida y cuidados básicos, y aparte, las necesidades específicas de los animales como son los herrajes, revisiones bucales o del veterinario por heridas graves. «Sale todo de nuestros bolsillos y por momentos no damos más de sí», aseguran. En el albergue no realizan ningún tipo de actividad comercial con los animales, mucho menos con los que han sido maltratados y/o abandonados. En estos momentos hay acogidos 60 caballos y otros 90 animales más de distintas especies que han recogido en los últimos años. Con el objetivo de sumar adeptos, las hermanas Márquez han puesto en marcha una plataforma de microdonaciones (https://www.teaming.net/cydsantamaria-protectoradeanimales) para lograr que otros amantes de estos animales como ellas donen un euro al mes al albergue. Pero también se puede ayudar con donativos económicos y aportando material como alimentos, medicinas, productos de limpieza, mantas...

Cierto es que Concordia y Virginia cuentan con un buen número de voluntarios y, el propósito de este artículo, también tienen muchas mujeres voluntarias. Mujeres que tienen en común con los caballos de CyD Santa María haber pasado por una situación de maltrato extremo. Mujeres a las que también sus parejas, sintiéndose dueñas de sus vidas, han vejado e incluso querido matar. «Estos caballos son hipersensibles, tanto a nivel físico como a nivel emocional. Por ejemplo, son capaces de reconocer a distancia un olor determinado, como el de su maltratador, y hacerse pis encima por el miedo que les causa». Concordia y Virginia han observado que «entre estas mujeres y los caballos maltratados se establece una conexión especial. Logran que se abran y salgan adelante».

“El caballo nunca miente”

«Todo surgió de una forma más o menos casual», indica la primera. «Tuvimos la oportunidad de trabajar con ‘La Ciudad de los Niños’, un hogar para niños y jóvenes faltos de recursos económicos y con carencias familiares que trabaja en Málaga desde el año 1977, y nos dimos cuenta de que las yeguas se iban con los chavales más problemáticos. Cada caballo elegía a aquel niño cuyo maltrato se asemejaba más al suyo. O cuyo carácter a nivel emocional se asemejaba más al suyo. De alguna manera, comprobamos que se ayudaban mutuamente. Como el resultado de los niños fue tan espectacular, así lo vieron sus monitores, de repente nos vimos envueltas en una situación parecida con mujeres maltratadas». «Lo hacemos a título personal y no seguimos ningún protocolo establecido», apuntan las dos hermanas.

Virginia Márquez, recibiendo a Don Bombón, herido en una pata.

«Pero los resultados son increíbles».

«Cuando llega al albergue una mujer maltratada, procuro saber el perfil de esta persona y yo ya sé qué cinco o seis caballos van a empatizar con ella y aportarle más tranquilidad de espíritu y fuerza interior. Una vez elegido uno, empezamos a trabajar». Concordia se sitúa a cinco o diez pasos. «Le digo a esta mujer que se acerque al caballo y que en voz baja le cuente todo lo que quiera. Se trata de que suelte todo lo que lleva dentro. Lo que significa para ella todo lo que le ha ocurrido, en lo que la ha convertido. Mientras tanto, yo estoy viendo las reacciones del caballo», prosigue Concordia. «Es un animal que nunca miente, tan noble, tanto, que quizá por eso hay quien se cree con derecho a maltratarlos. Hemos visto auténticas torturas, seres que han servido fielmente a una persona durante 20 años y a los que se les deja morir de hambre para no gastar dinero en ellos», interrumpe Virginia Márquez. «Hay miles de posturas de orejas, de cuello, de ojos y actitudes corporales –cómo mueven los posteriores, si se ponen de cara a la persona o de lado...–».

El cambio no tarda en producirse. El caballo, lejos de irse, se va acercando más a la mujer, le pone la cabeza en el hombro, como si entendiera por lo que ha pasado. Animal y persona se fusionan. «Los caballos consiguen que hablen del maltrato y, a la vez, se rían de la brutalidad que han sufrido», resume Concordia Márquez. Eso ayuda a empezar a curar las heridas más profundas. Luego cada mujer tiene que hacer crecer la confianza en sí misma, soltar cadenas, ir queriéndose cada día más, continuar con su vida. «Ellas hablan de terapia, pero nosotras no hacemos nada de eso. Nos limitamos a hacer de intérpretes. El caballo lee el alma, los miedos y les ayudan a reconstruir su autoestima y a luchar contra sus fantasmas, tal y como ellos tuvieron que hacer cuando llegaron al albergue», señala Concordia. «Viven las mismas fases».

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