EL BOLI SE MUERE

En unos años, antes de lo que imaginamos, escribir a mano será cosa del pasado

JON URIARTE

Todos tenemos manías. La mía consistía en escribir ideas en servilletas de papel. Recuerdo esperar a que se enfriara el café de la cafetería del Villa de Bilbao, la más cercana al lugar de trabajo, mientras plasmaba en ellas un puñado de palabras o una frase suelta. «¿Por qué no usas una agenda o una libreta como todo el mundo?», preguntaban retóricos camareros, clientes y compañeros. Nada respondía. Porque tenían razón. Pero era mi manía. Y sigo igual. Solo que ahora cambia algo la pregunta. «¿Por qué no usas una agenda electrónica, una tablet o lo apuntas en el móvil?» . Lo que permanece inalterable es la respuesta. Sigue siendo un silencio. Quizá porque no hay razones. O existen, pero son románticas. Puede que todo se deba a que no quiero abandonar la senda de la tinta. Siempre me sentí cómodo en ella. Puede que usted también. Pues sepa que todo tiende a su fin. Y esto también.

El boli se muere. Da igual que sea de punta fina o normal, bic naranja o bic cristal, negro o azul. Morirá también el rojo, que nos servía para subrayar y que tanto temíamos en mano docente. Incluso desaparecerá el verde, que era el elegido por las gentes alternativas. De hecho da igual que sea elegante pluma o humilde lápiz. Hasta los rotring, tan elegantes, solo quedarán para manos profesionales. O ni siquiera. El diseño por ordenador hace mucho que arrinconó al lápiz y a, su hermano moderno, el rotulador. Por un lado hay países que ya no los utilizan en las escuelas. Tabletas y ordenadores. Nada más. Cómo será la cosa que alguno, como Finlandia, rectificó en su día y aclaró que sus niños seguirían escribiendo a mano. Pero la verdad es tan cruda como implacable. Advierten los científicos que es ley de vida. Que no solo dejaremos de dibujar letras para pasar a teclearlas. En unos años, no muchos, la palabra dictada a la máquina sustituirá a las manos. Ya lo hace. Recordemos los mensajes de Whatsapp. Son más rápidos. Y proporcionan el exacto tono del interlocutor para evitar así desagradables malentendidos. Pero no me nieguen que la cosa pierde duende. Quizá es que estoy desfasado. Menos mal que hay quien me supera. Como Paul Auster.

Ha tardado tres años en escribir un libro, titulado '4321', que te da en la cabeza y te deja tonto. Leerlo de pie, por ejemplo en el metro, es todo ejercicio de gimnasio. Vamos, que se saca biceps. O lo que se saque cuando haces pesas. 957 páginas. Pero ojo, que escritas a mano ocuparon más. Según contó el autor en su visita a Bilbao, fueron 1.000. Precisamente justifica la tardanza en que hacerlo más rápido le hubiera «reventado la cabeza». Suponemos que también la mano. Aunque conozco a gente que tomaba apuntes como si tuviera un brazo biónico. Puede que Auster fuera de esos. De hecho, todo lo escribe a mano. Párrafo a párrafo. Y luego lo pasa a máquina. Pero de las de escribir. Las de toda la vida que hacen ruido. Nada de ordenador. Todo un tradicional. Es más. Escribe un párrafo, lo mete en una carpeta y continúa con el siguiente hasta terminarlo y vuelve a repetir el proceso. Lo hace así desde la primera vez que se plantó ante un folio en blanco y decidió llenarlo de historias. No me imagino cómo serán los escritores del próximo siglo. O de finales de este. Aunque me hago una idea.

Creo que se apellidaba Boabsberg. Era un guionista muy cotizado en Hollywood los años en que los Hermanos Marx triunfaban en radio y televisión y se afianzaban en el cine. En estas el productor, un tal Thalberg, reunió a un eficiente grupo de guionistas para darle cuerpo a la película de los Marx. Pero nada de lo que entregaban le convencía. Groucho decidió intervenir, pidiendo a todos y en especial a Al, que así se llamaba Boabsberg, algo bueno y rápido para cierto momento de la película. Al, que era hombre de manías singulares, acostumbraba a meterse en una bañera, por cierto era obeso, y con el agua y la espuma cubriéndole el cuerpo, dictaba los diálogos y las situaciones. Los recogía una grabadora y, posteriormente, lo pasaba a papel su secretaria. Total que un buen día, o malo según la perspectiva de Al, le agobiaron tanto que decidió entregar el guión a su manera. Cuando Thalberg entró en su despacho el día concertado y no vio el guión montó en cólera. Y lo mismo Groucho. La secretaria de Boabsberg insistía en que su jefe lo había llevado en persona. Así que volvieron a registrar todo. Hasta que alguien, en un momento dado, levantó la vista. Y lo vio. Allí estaba. Hoja a hoja. Todas ellas pegadas en el techo del despacho. Era su forma de vengarse por tanta presión. Por cierto, esa escena era la mítica del camarote de «Una noche en la ópera».

Recuerdo esta anécdota, que el hijo de Groucho cuenta en la biografía dedicada a su padre y que el propio e irrepetible cómico contó más de una vez, para subrayar que si muere el boli no tiene por qué morir el arte. Ni la literatura. La genialidad buscará el canal adecuado en cada momento o tiempo. Pero eso no impide que algunos sintamos que se nos muere algo en el alma al ver que ya apenas se escribe a mano. No solo las nuevas generaciones. Hasta echar una firma empieza a ser trabajo incómodo para quienes nos criamos con los cuadernos de escritura. Porque el boli, como el lápiz o el rotulador, también tienen su orgullo. Y ofendidos por el desprecio y el abandono se nos ofrecen más rígidos y menos cariñosos con nuestros dedos. Como si quisieran morir dejando huella. Se comprende. A nadie le gusta que le digan que sobra. Tampoco a ellos. Y es justo reconocerlo. Al fin y al cabo, juntos vivimos muchas vidas. Todas las que caben en ese universo infinito que es un folio en blanco.

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