BIENVENIDOS AL CLUB HERODES

EL PISCOLABIS

Se confirma que los talibanes del chupete lo dominan todo

BIENVENIDOS AL CLUB HERODES
JON URIARTE

Creía que era niñero. Tengo fama de saber manejarme con esos locos bajitos al los que canta Serrat. Pero estaba equivocado. Soy un canalla. Y de los peores. Un Herodes del siglo XXI. No se explica de otra manera que esté de acuerdo con los dueños de un bar de Salamanca donde casi les destierran de por vida por colgar una serie de normas para padres y madres que entren con menores a su local. A tal punto llegaron las críticas que han tenido que pedir disculpas. Y, por supuesto, lo han quitado. Curioso. He hecho una encuesta en mi entorno y estamos todos de acuerdo. Ahora se lo planteo a usted. Cinco son los puntos. Así que vamos con el primero.

1- Los menores permanecerán en todo momento con sus padres, sin separarse de ellos.

Quizá sea el más discutible, no tanto por el objetivo como por la forma de expresarlo. Habrá quien piense que, leído así, parece necesario llevar al nene o a la nena con correa y pegados al pie. Pero el sentido común indica que se refiere a que un bar no es lugar para soltar a los menores como si fuera una guardería. Porque eso creen algunos padres que es un bar, una tienda o un restaurante. Por cierto, en este caso es un local donde se sirve alcohol. Una droga. Permitida, pero droga. Detalle que olvidan quienes llevan a sus hijos como si fuera un jardín de infancia. Antes de pasar al siguiente punto, no puedo evitar recordar aquél chiste que decía...

Tras pedirle la cuenta un camarero pregunta a una pareja: «¿Les cobro también lo de los niños?». Y responden sorprendidos: «¡Claro, están con nosotros!». Entonces añade con sorna el camarero: «¡Ah, perdón!, como están dando la matraca en todas las mesas menos en esta...».

Dicho esto, sigamos con el siguiente punto que también generó gran polémica.

2- Está prohibido entrar con cualquier tipo de juguete en el local, excepto móviles y consolas.

Supongo que cuadernos y pinturas, a veces hasta el propio restaurante o bar los proporciona, se aceptarían de igual agrado. Por lo que uno entiende que lo que se prohíbe aquí es entrar con patinetes, pelotas o juguetes que resulten molestos para el resto de clientes. De hecho yo habría sido más contundente. Ojo con el volumen de esas consolas y juegos de móvil. Algunos te taladran el cerebro. Pero entiendo la idea. He visto a niños con coches teledirigidos que chocaban en tobillos y desequilibraban a todo hijo de vecino en medio de un bar abarrotado. Hasta que no se cayó de morros una abuela los padres no actuaron. Su reacción fue brutal. Mandaron al niño a jugar a otra zona del local. Para que aprenda. Y para que lo sufran otros clientes. Solo pensarlo me enciendo, así que pasemos al tercer punto.

3- Si el menor llorase, gritase o hiciera ruidos molestos para el resto, los padres deberán sacar al menor hasta que deje de hacerlo.

Por suerte, los padres y las madres que conozco tienen dos dedos de frente y no hace falta que nadie les diga que si la criatura llora sin parar o grita como un poseso, fruto de la habitual excitación de la infancia o por una pataleta, lo normal es sacarla fuera del local. Son padres pero tienen oídos. Y saben lo molesto que puede ser para los demás. Por eso sorprende que los dueños del bar salmantino recibieran críticas por este punto tachándolo de actitud nazi. Tal cual. Mientras lo piensan, pasemos al siguiente.

4- Está prohibido cambiar a los niños en el local fuera del aseo.

No lo entiendo. Con lo agradable que es ver y oler la preciosa cagada de un bebé mientras saboreas un café vienés o una margarita servida con todo su arte. A mí si no hay «Eau de caca» en el aire como que no me sabe igual. Y pensar que hay gente que no lo entienda...Los baños están para algo. ¿O alguien toma café con bollo en el retrete? En fin, pasemos al último punto.

5- Está prohibido que los menores realicen juegos dentro del local y se desplazarán dentro del mismo andando y sin correr.

Otra barbaridad de norma. Porque es bien sabido que los bares y restaurantes son lugares para que los niños corran, salten y se lancen por el suelo, a poder ser sin mirar, como si fuera un campo de rugby. Quizá por ello tampoco gustó a ciertos internautas. Ojo a los comentarios: «Si al señor hostelero le molesta que monte un hogar del jubilado» o «Los niños hacen lo que hacen los niños. Jugar, moverse, correr...» Y mi favorita, «cómo se ve que no tenéis niños». Me paro aquí porque el gerente del local tiene tres hijos pequeños. Y confiesa que ha tenido que salir con sus hijos de bares y restaurantes porque lloraban o molestaban. Vamos, que predica con el ejemplo. Pero da igual. Y ese es el problema. Los niños, niños son. Los adultos no. Luego nos extraña que al llegar a adolescentes la líen parda. No hace falta que la familia esté desestructurada para que los niños acaben siendo problemáticos. Si no conocen el valor de las normas en la infancia no las respetarán en la madurez.

Ya les decía antes que tengo buena mano con ellos. Me gustan y es recíproco. No hay mayor sinceridad a la hora de demostrar empatías que la infantil. Así que nada tengo en contra de que entren en bares o restaurantes. De hecho, ayer cené con dos sobrinas. Lo hacemos desde que la mayor tenía menos de un año. Y su madre y su padre jamás tuvieron necesidad alguna de que les recordaran normas de comportamiento. La mayor primero y la menor después, venían enseñadas de casa. Se portaban como se debe. No como adultos, porque no lo eran. Ni lo son. Sino como menores educadas. Gente normal, vamos. O lo que creía normal. Vista la reacción hacia el bar salmantino puede que el equivocado sea yo. Y mis amigos. Muchos, la mayoría, con hijos, están de acuerdo con las normas y no ven nada ofensivo en ellas. Igual que no me ofende el cartel de «prohibido cantar» o el de «reservado el derecho de admisión». O ese otro recordando que no hay que ser guarros a la hora de utilizar el baño. Porque no me siento aludido y entiendo que hay quien necesita que se lo recuerden. Por eso sigo yendo a esos locales. Les entiendo. Si ustedes piensan como nosotros, aunque sea en la intimidad, sean bienvenidos al «Club de Herodes». No hace falta carnet. Ni apuntarse. Basta con que le señalen por decir lo evidente. Que un bar no es una guardería. Es más, podríamos quedar a tomar algo en el Livingstone Premium Bar de Salamanca. Si es que para entonces no lo han cerrado, claro está, los talibanes del chupete.

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