«Somos la ambulancia de las montañas»

El helicóptero se dispone a elevar con una grúa a un ertzaina con el cadáver de una persona hallada a los pies del Salto del Nervión. / F. Gómez

La Unidad de Rescate de la Ertzaintza acude allí donde no llegan el resto de los servicios de emergencias del Gobierno vasco

DAVID S. OLABARRI

El teléfono suena en la base de la Ertzaintza de Iurreta. Son las 19.30 horas del miércoles 17 de enero. Al otro lado, un responsable del Centro de Coordinación de Emergencias del Gobierno vasco. Hay una persona desaparecida en el entorno de Orduña. La última vez fue vista cerca del Salto del Nervión, en la muga entre Bizkaia, Burgos y Álava. La Unidad de Vigilancia y Rescate (UVR) de la Policía autónoma se moviliza de inmediato. Son la ambulancia de las montañas y de los lugares inhóspitos. A los que se recurre para buscar a un desaparecido o ayudar a un accidentado allá donde no puede llegar nadie.

Seis agentes del turno de tarde se dirigen a la zona en todoterrenos. Dos se aproximan hasta el mirador y los otros cuatro al pie de la cascada. La luz de sus frontales se refleja con el agua y apenas pueden ver más allá de tres metros a la redonda. Al cabo de unas horas la búsqueda se suspende hasta el día siguiente.

Son las seis de la mañana. EL CORREO acompaña a la unidad durante toda la jornada. Se realiza un pequeño ‘briefing’ en la base y se reanuda la búsqueda. Los agentes se vuelven a dividir por zonas. Pero, esta vez, podrán contar con el apoyo del helicóptero, una herramienta básica a la que, sin embargo, sólo se puede recurrir cuando hay luz y lo permiten las condiciones meteorológicas. A las ocho de la mañana, desde lo alto del mirador, Jon localiza con los prismáticos algo que parece ser un cuerpo. Está muy lejos, a unos 200 metros de distancia en vertical, prácticamente a los pies de la cascada.

Mikel, Ekain, Sergio, Txurru e Iñaki posan con parte de su material.
Mikel, Ekain, Sergio, Txurru e Iñaki posan con parte de su material. / Fernando Gòmez

Dos agentes se ponen en marcha. Para llegar tienen que seguir el cauce del río, caminando entre piedras, sin un sendero definido como tal. El helicóptero ya ha despegado. En su interior viajan el comandante, el piloto, el operador de vuelo y un ertzaina de la unidad de montaña. El valle no es un espacio sencillo para realizar delicadas maniobras y hay que buscar vías de escape. Lo primero que tiene que hacer es una «prueba de potencia»: una especie de comprobación de que el aparato podrá llevar a cabo el rescate con suficientes garantías de seguridad.

El helicóptero se sitúa encima del cuerpo, a unos 30 metros de altura. El operador baja en la grúa a José, que va encima de la camilla. El momento del «estacionario» -cuando la nave se queda suspendida en un punto determinado a poca altura- es el más peligroso. Así que se marcha rápidamente de allí hasta que reciba el aviso de que el cadáver está ya preparado para ser evacuado.

La nave vuelve al cabo de unos minutos. Entre los tres ertzainas enganchan la camilla a la grúa. José se sube a ella, se asegura y hace indicaciones al piloto para que sepa que pueden marcharse. La camilla empieza a girar sobre sí misma de forma vertiginosa. Y José con ella.

Es un momento crítico: el del temido «botón rojo». Si el aparato sufre una pérdida de potencia importante, el piloto o el operador de la grúa deberían abrir una pequeña tapa y apretar el botón que desengancha la camilla de la grúa. Su compañero y la víctima caerían, pero en estos casos se impone la ley que invita a elegir el menor daño posible.

Buscando a un niño de 3 años

El helicóptero descarga la camilla en una rotonda, cerca de Orduña, donde el forense y los sanitarios se hacen cargo del cadáver, y emprende el regreso a la base de Iurreta. Cuando llegan se produce el relevo entre los turnos de mañana y tarde, compuestos en principio por nueve profesionales. Dos de los agentes de este grupo se quedarán también para cubrir la guardia nocturna con ertzainas de las secciones de buceo y marítima.

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Allí esperan a que surja un nuevo rescate. En términos generales, este ha sido un trabajo relativamente sencillo. Pero hay otros rastreos, como ha ocurrido en el caso de Jon Barcena -el joven que desapareció cuando subía al Gorbea con sus amigos y decidió darse la vuelta-, que requieren de una movilización diaria. Al final, los más complicados son aquellos que les tocan por dentro. Como ocurrió en Oñati, hace más de diez años. Unos padres acudieron a comprar queso a un caserío y dejaron fuera a su hijo de tres años dormido en una sillita. Cuando volvieron ya no estaba. Les movilizaron de inmediato. Jon, uno de los más veteranos del grupo, todavía se emociona al recordarlo. «Íbamos corriendo de un lado para otro porque cada minuto importaba. Era ya de noche y no aparecía por ningún sitio. De repente, al cabo de unas horas, vimos brillar algo a lo lejos, era el pañal del niño. Estaba a tres kilómetros del caserío. Cuando le vimos todos respiramos aliviados», confiesa.

En su contexto

131
ertzainas componen esta unidad. La mayoritaria es la sección de montaña, con 4 grupos de 9 personas, pero también son importantes las de buceo, la marítima y la de helicópteros.
El Gorbea
Es la zona que genera más salidas de la Unidad de Rescate. En 2017 se produjeron 347 actuaciones. En 2016 fueron 362 y en 2015, 280. Dos de cada tres movilizaciones se producen por accidentes y el resto son búsquedas de personas desaparecidas.
11
minutos es el tiempo de media que tardan en salir de base los agentes desde que son movilizados por el Centro de Coordinación de Emergencias del Gobierno vasco.

Mientras tanto, los ertzainas tratan de entrenar, bien en las instalaciones de Iurreta -donde cuentan con un boulder de escalada y realizan prácticas de primeros auxilios- o bien haciendo prácticas en el exterior, que pueden ir desde ejercicios de escalada hasta recorridos en esquís de travesía. Pero siempre pensando que pueden ser movilizados en cualquier momento, lo que también limita bastante sus entrenamientos.

Para acceder a la unidad hace falta superar unas pruebas de escalada, espeleología... Pero los agentes saben que la formación continua es muy importante. Y también la «implicación»: Ekain se rompió la rodilla trabajando y Josu, el tobillo. Quizá forzando más de lo que debían. Ángel del Río, responsable de la unidad, subraya que ese amor por lo que hacen y esa capacidad de entrega se plasma, por ejemplo, en los 11 minutos que tardan de media en salir de la base desde que son movilizados por SOS Deiak.

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