El acoso y una de ninjas

Lo que a una mujer le parece seductor a otra le puede parecer inapropiado. Lo que algunas consideramos acoso no tiene nada que ver con el puritanismo, sino con el respeto al otro

El acoso y una de ninjas
Pardo
Edurne Portela
EDURNE PORTELA

Cuanto tenía 17 años me peleé con un 'armario' de más de dos metros en un bar. En aquella época no había botellón y la marcha consistía en ir de bar en bar, bebiendo y bailando, fumando un poco de todo, observando de lejos a tus fichajes favoritos. Siempre había algún baboso que, a altas horas de la noche y borracho, te entraba de mala manera y más de una vez sentías la mano de un cerdo estrujándote el culo. La reacción normal de muchas chicas era volverse, mirar de mala cara al grupo de tíos, y seguir avanzando entre la gente del bar. Yo por aquella época hacía un arte marcial -ninjutsu- y me creía casi invencible. Ganaba combates de pie y de suelo, sabía manejar katana, luchacos, pelearme con palos. Iba a un gimnasio de Santurtzi con una amiga, Rebeca, que medía poco más de metro cincuenta, pero que tenía una mala leche y una habilidad para soltar tortazos que todavía es legendaria. Pues bien, una noche que entraba en un bar de Portugalete -el 'Haizea', se llamaba- sentí que me sobaban el culo. Llevaba una falda corta y no fue un cachete ni un pellizco, era una sobada de verdad: apretando, acariciando, buscando con los dedos. Sentí tanto asco y tanta rabia -todavía lo siento, mientras escribo- que me di la vuelta y le metí, al 'armario' que tenía delante, un puñetazo tremendo en la cara. Para hacerlo debí coger impulso hacia atrás y saltar, porque este pavo mediría por lo menos dos metros y yo no paso del metro setenta. Le di de lleno en el ojo, se llevó las manos a la cara y retrocedió dos pasos. Algunas de mis amigas no se enteraron porque yo era la última del grupo. Pero Rebeca sí, y se quedó a mi lado. Los amigotes del 'armario' se quedaron de piedra, pero después de unos segundos comenzaron a reírse a carcajadas. Yo, por lo que me contaron después, me quedé en posición de ataque, con los puños subidos, la pierna izquierda adelantada. El 'armario', cuando se repuso del shock de mi respuesta y vio a sus amigos muertos de risa, vino hacia mí y me soltó un tortazo que detuve sólo en parte. Yo contraataqué a patadas y aplicando todo lo que mi cinturón rojo me había enseñado. El mamotreto, con unos brazos que parecían de levantador de piedras, seguía soltando tortas a diestro y siniestro, pero nadie se metía: sus amigos (me dijeron después) ya no se reían, sólo miraban. Los camareros de la barra no salieron a separarnos, pero bajaron la música, como llamando la atención sobre lo que estaba pasando. La gente hizo corro y observó. La única que se metió fue Rebeca que, cuando vio que yo no las tenía todas conmigo, cogió una botella de la barra, dio un salto felino y se encaramó a la chepa del gigante. Empezó a golpearle con la botella. Yo no sé de qué material estaban hechas las botellas antes, pero no pasó como en las películas que cuando la botella estalla, el tipo se derrumba. De eso nada. El mastodonte botaba, como si se quisiera sacudir una pulga de encima, y Rebeca ahí seguía, dale que te pego en la cabeza de este tipo que la debía tener de piedra por fuera y de serrín por dentro. Parece que sus amigos vieron que igual la cosa podía acabar mal, así que agarraron al mastuerzo como pudieron, bajaron a Rebeca de su chepa y salieron por patas. Nadie dijo nada en el bar, cada grupo siguió a lo suyo. Los camareros subieron la música y volvieron a su rutina de poner copas. No recuerdo qué hicimos el resto de la noche. A la mañana siguiente me levanté con la cara marcada y moratones por todo el cuerpo. Se lo conté a mis padres y a mis hermanos que, los siguientes fines de semana, salieron en busca del tipo. No le volvimos a ver.

En ese momento fui consciente de la diferencia entre el acoso y la seducción. También de que estaba harta de que los hombres pensaran que mi cuerpo estaba a su disposición. Mi reacción no fue de víctima, nunca lo ha sido, pero nunca me ha salido gratis rebelarme contra lo que he sentido como una vulneración de mi cuerpo. Me han intentado seducir algunas veces y he sabido ver perfectamente que se trataba de un juego. Cuando he dejado claro que no me interesaba ese juego pero el seductor ha insistido, siempre me he sentido incómoda y molesta. Y se lo he dejado saber. No con un puñetazo en el ojo, pero sí con una contundencia meridiana. Las mujeres no somos parvas, tampoco somos homogéneas. Lo que a una mujer le parece seductor a otra le puede parecer inapropiado. Y creo que la definición de lo que algunas consideramos acoso no tiene que ver con el puritanismo, sino con el respeto al otro, un respeto que va más allá de la cuestión de género. Pero dado que vivimos en una sociedad patriarcal en la que los patrones de comportamiento hacia la mujer están basados en una relación de poder y de desigualdad, ese respeto al cuerpo y a la libertad de la mujer está todavía por demostrarse. No podemos encasillar el #Metoo en el puro victimismo. Es un movimiento que, con todos sus matices, da una visibilidad necesaria a un problema que hasta ahora se ha concebido como parte de nuestra cotidianidad y nuestras relaciones sociales. Hay que desnaturalizar el acoso y creo que minimizarlo o achacarlo a una ética puritana es un grave error.

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