no vale todo

Carlos Maribona
CARLOS MARIBONA

José Pariente es el nombre de un aceptable vino elaborado con uva verdejo en la denominación de origen Rueda. En las tiendas lo encontrarán a unos ocho euros la botella. ¿Cuál sería su reacción si en la carta de vinos de un restaurante encontraran ese mismo vino tarifado a 40 euros? Probablemente la misma que tuve yo al enfrentarme a la lista de un establecimiento abierto hace pocas semanas en Marbella. Sorpresa primero. Indignación después. Un precio quintuplicado. Más si tenemos en cuenta que la bodega lo vende por bastante menos del que luego se aplica al público. El José Pariente era el que encabezaba la relación, pero no una excepción en esa disparatada carta.

El restaurante se llama Nobu y forma parte de un grupo con presencia en Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos, en Londres o en Dubai. Acaba de abrir dos sucursales en España. Una en Marbella, que es la que visité la semana pasada, y otra en Ibiza. Me dicen que los precios en esta segunda son aún más tremendos. Y no sólo les hablo de los vinos. La comida, bastante vulgar por cierto, muy por debajo de la de muchísimos restaurantes españoles que se mueven en ese mismo terreno de la fusión japo-peruana, está también en cifras disparatadas.

Lo cierto es, sin embargo, que registran llenos diarios. Eso sí, de un público mayoritariamente extranjero, de ese que exhibe su poderío económico tanto en la Costa del Sol como en la isla balear. Gente que se deja deslumbrar por el nombre del restaurante sin el menor espíritu crítico sobre lo que come.

Cada empresa es muy libre de poner los precios que quiera. Al menos mientras haya gente dispuesta a pagarlos sin rechistar. Pero sinceramente creo que no todo vale. En España, principalmente en Madrid, tenemos algunos ejemplos similares. Sin llegar al nivel de ese Nobu marbellí, pero en la misma línea. Establecimientos de moda, siempre abarrotados, donde la factura final se dispara mientras que la calidad de la comida y del servicio no están a la altura. Sitios a los que un determinado tipo de público va a ver y a ser visto, atraído simplemente por el nombre (renombre), sin capacidad crítica para darse cuenta de que les están, en cierta forma, engañando. O a lo mejor sí se dan cuenta, pero no les importa.

Y mientras, cientos de profesionales esforzándose por sacar adelante unos negocios en los que intentan dar de comer lo mejor posible. Que siempre suele ser bastante mejor.