Rabiosamente contemporánea

Rabiosamente contemporánea
DAVID DE JORGE

Muchos chaparrones han caído desde que conozco a la familia Txapartegi, pues fueron vecinos de Villa Kurlinka y siendo chaval era una verdadera farra visitarlos en su restorán frente a las murallas, y ahí siguen, incansables al desaliento. Eran tiempos de misa mayor en la parroquia de nuestra Señora de la Asunción y del Manzano, y les confesaré que todas mis plegarias iban encaminadas para que al finalizar la ceremonia bajáramos en dirección al ayuntamiento en vez de subir a los autos aparcados frente al Parador, señal inequívoca de que terminaríamos allá sentados almorzando fritos variados, ensalada mixta, paella, callos o filete con patatas fritas, ¡vaya festival!

Alameda (Hondarribia)

Dirección:
Minasoroeta, 1. Teléfono 943642789 . No perderse Pichón asado con mole negro.

Años más tarde, fuimos dejando los rituales domingueros para dar paso a las jotas con los amigos y las visitas a tan magno establecimiento se fueron adelantando a las noches de los sábados. Acudíamos a la cita en las ‘mobylettes’, como en una película de Jacques Tati, y allá, bajo una frondosa parra, dábamos cuenta de unas cenas de infarto, para terminar cantando espantosas melodías típicamente bidasotarras. Con Borja Aparici a los mandos, a la manera de un fino y concentrado Claudio Abbado, entonábamos con desatino los cánticos más sonrojantes: los himnos del Real Unión, del glorioso Bidasoa, del Rugby Club de Irún y hasta los hit-parades más reputados del inmortal Luis Mariano.

Y no queda ahí la cosa, pues gracias a mi escasa capacidad de concentración y estudio ante los libros y debido a mi absoluta obsesión por la cocina, todo hay que decirlo, formé pareja imbatible con Gorka Txapartegui representando juntos a la sociedad Itxas-Lur en un campeonato de Euskadi de sociedades gastronómicas que organizaba por aquel entonces un multivitaminado y jovencísimo Rafael García Santos en los bajos del ayuntamiento donostiarra. Y allá fuimos, con un modernísimo revuelto de chipirones encebollados recostado sobre una salsa negra.

El destino volvió a cruzarnos en nuestro camino y, al amigo Gorka y al menda lerenda, nos puso frente al inmenso Hilario Arbelaitz, que como todo el mundo sabe, pilota junto a Eusebio, Arantza y Josemari el Zuberoa oiartzuarra. Y allí tuvimos la fortuna de enfrentarnos a la desnudez de una cocina ya entonces rabiosamente contemporánea, que bebía de las fuentes más ancestrales del patrimonio gastronómico vasco: los morros de ternera, los lomos de salmonete con salsa de acelgas, el foie gras con berza y caldo de garbanzos, el bogavante asado al vino tinto o las tórtolas guisadas a la manera de la María, chamana del caserío Garbuno, fueron la inspiración para todo lo que ha ido materializándose con el tiempo en casa de los Txapartegui.

Plato a plato, supieron coger impulso bebiendo del esfuerzo familiar para consolidarse como uno de los establecimientos punteros de España, sí, de toda ella enterita, que uno está harto de que algunos mascachapas de la profesión les sigan considerando jóvenes promesas. Pues sepan que los tres hermanos Txapartegi (Gorka, Kepa y Mikel) peinan ya canas y saben un rato bien largo de comprar golosinas, guisarlas, servirlas, atender y cobrarlas con gracejo y desparpajo.

Celebración en familia

Hace poco festejaron su 75 aniversario y congregaron a todos los amigos y los proveedores de la casa que se sumaron a la farra con naturalidad, sin necesidad de notas de prensa, ni ‘fotocol’, ni esas mamonadas que hoy tanto se estilan. Y allí estuvieron al pie del cañón los integrantes del equipo, Mariví, Rodrigo, Xabier, Bianca, Iker y toda la familia, llevando sonrisa en ristre todos esos platillos que son el timbre de gloria de la casa. Porque tienen la suerte de parirlos en un enclave privilegiado, que no es otro que el país del Bidasoa, una tierra perfecta si en ella no abundara tanta mosca, fraile y carabinero, pero afortunadamente fértil en cimarrón, anchoas, chipirones de anzuelo o mendreskas de bonito. Enclave privilegiado en el que cuajó de veras aquel movimiento de la ya lejana Nueva Cocina Vasca, que arrimó el morro a los cantos de sirenas que llegaron del otro lado de los Pirineos.

Y así, abiertos a la tradición del mar, a las huertas y proyectándose hacia el futuro con ese peculiar estilo que es una agradable puesta escena nada impostada, sabrosa y rabiosamente contemporánea, los Txapartegui se van acercando serenamente a los 50 tacos.