Pimientos verdes

Será chovinismo, pero los de Gernika, un label que engloba todos los producidos en Euskadi, son quizá los mejores

Sergio Eguía
SERGIO EGUÍA

Sencillo. Como las cosas perfectas. El pimiento de Gernika es así. Delicioso, único y tan fácil de cocinar que parece mentira. Solo hay que lavarlos –todo lo que llega de la huerta hay que frotarlo bajo el grifo–, secarlos a conciencia y echarlos en un buen aceite a temperatura no especialmente alta. Si nos pasamos con el fuego, se quemará la piel. Y lo que interesa es que se haga la carne sin chamuscar su gabardina. Se sacan a un papel absorbente y se rematan con unos buenos cristales de sal. Añana nunca es mala idea.

Como ese actor secundario que acaba por eclipsar al protagonista, los pimientos acostumbran a ser la estrella de las cenas al aire libre. Como entrante, al centro de la mesa para compartirlos. O en su rol de acompañamiento de un chuletón al que bien pueden relegar a un segundo plano cuando son buenos.

Los llamamos de Gernika, porque ahí ganaron la fama que ha llevado a que tengan su propio Eusko Label, pero en realidad son de casi cada rincón del País Vasco. La tierra que la denominación acepta como válida para su cultivo engloba todo Bizkaia y Gipuzkoa y la mayoría de Álava. Y mira que nos gusta a los vascos el tema del pimiento. En Bizkaia, es el segundo cultivo más común por detrás de la lechuga. Sí, lo que más crece en el Señorío son las lechugas.

Y es que prendieron pronto en la comunidad autónoma. Los primeros registros son de 1493. Justo a su llegada desde América. Como es sabido, el chile –nuestro pimiento– es un producto precolombino. Aquí varió. Las especies que se recolectan verdes, antes de que maduren como los de Gernika, han perdido el picante americano. Dicen que ahora algunos pican y otros no. Los de Eusko Label no pican nunca. Incluso son un poco dulces. Qué más se puede pedir. Son perfectos y solo están buenos en verano.