Gorka Irazabal: Elogio de la imperfección

BORJA AGUDO
GAIZKA OLEA

Llueve, y con ganas, sobre los invernaderos de Goreko en los límites entre Mungia y Gamiz Fika. Las verduras de Gorka Irazabal no han catado mucho sol en junio y julio porque, hablando en plata, está siendo «una mierda de mes». Es otro verano raro, uno más a sumar a los que cantaban Hertzainak sobre la Euskadi tropical. Pero bueno, si el dicho afirma que a mal tiempo buena cara, Gorka trata de sacar las mejores conclusiones y añade que será un año óptimo para las alubias, las calabazas y el maíz. Sus invernaderos y las explotaciones al aire libre se encuentran ahora en un momento de intensa actividad y aquello es como un zoco en el que todo es bien recibido: lo que han plantado anteriores generaciones de baserritarras y los nuevos productos, esos que nos suenan a chino pero que han llegado para quedarse.

Gorka Irazabal, 33 años, tatuajes, pendientes, tampoco recuerda mucho a un campesino de los de no hace tanto tiempo. Con su aspecto difícilmente sería escogido para ilustrar un calendario de oficios tradicionales. Aunque quizá ha llegado ya el momento de incorporar al imaginario a esta gente joven que llama con fuerza a la puerta y, de alguna manera, mantendrá con vida los oficios del campo. De otra forma, pero la agricultura seguirá adelante. Se supone.

Este joven que se formó como técnico de diseño de troqueles y trabajó en empresas del sector, vio en la reestructuración de su última empresa una oportunidad, una buena ocasión para cumplir con su viejo sueño, ese gusanillo que le picaba para que se dedicara a la agricultura. No había tradición en su familia, salvo la típica huerta para autoconsumo: unos pimientos, unos tomates, lechugas, poco más. Así que se formó en la escuela de Derio, presentó un proyecto, tramitó ayudas y alquiló tierras en un lugar recóndito al que no llega nadie... salvo los corzos y los jabalíes, aficionados estos últimos a los pimientos de asar.

De la mata a la boca

Irazabal lleva una explotación que ocupa 20.000 metros cuadrados al aire libre y unos 6.000 bajo plástico y, como se ha dicho antes, es un auténtico bazar de las verduras. Allí crecen, según el año, entre 30 y 40 productos, aunque algunos son variedades de la misma planta: pimientos, alubias, calabacines, tomates, lechugas, acelgas, puerros, vainas, berenjenas, sandías, melones, todo verde, todo ecológico, como corresponde a este hombre que ocupa un alto cargo en la asociación vizcaína de productores Ekolur.

E ilustra con un ejemplo la diferencia fundamental entre lo eco y lo que no lo es: «Nosotros podemos coger un tomate de la mata y comerlo; si le has echado pesticidas o fungicidas químicos, más eficaces pero más agresivos, no lo harás». Así de claro, así de fácil. Son otras formas de tratar el género, de combatir a invitados molestos como la Tuta Absoluta, la polilla del tomate, cuya larva se come las hojas y, si puede, el fruto. «Los hacemos con productos orgánicos a base de extractos vegetales», añade. El resultado es género sano y con sabor, quizá no tan bonito como esos «tomates hechos a troquel, perfectos, pero que no saben a nada».

Algo por los urbanitas

Irazabal vende en ferias y mercados, incluso hay una tienda en Madrid que comercializa sus productos, aunque cree que aún le puede «sacar más chispa» a su página de internet para favorecer la salida del género. Mientras, dispone de una red de clientes fijos a los que suministra cestas de productos y alaba la buena marcha de los mercados dominicales en los tinglados de El Arenal bilbaíno. «Estamos haciendo algo por los urbanitas, conseguimos que vuelvan y que compren», añade.

El campesino, cuyo puesto fue considerado el mejor en la feria de Santo Tomás de 2015 y de Gernika el pasado año, se esfuerza por transmitir al público «lo que cuesta que crezca un tomate», y no sólo por la puesta en marcha de unas instalaciones dotadas de sistemas de riego, sino por el trabajo permanente contra plagas, hierbajos y demás invitados inesperados. Por otra parte, mantiene su colaboración con hospitales y con el Banco de Alimentos, «porque no tenemos que mirar fuera para ver que también en Euskadi hay gente con problemas. Bastantes cosas malas hacemos a lo largo de la vida, así que si podemos echar una mano...».