Banquete callejero

No hay fiesta popular ni evento musical que no tenga su foodtruck. Prescinden de mesa y mantel, pero no de sabor y calidad

Kemekomo. Cachitos, alfajores, empanadas o perritos con merquén ahumado son algunos de los bocados de su tierra que ofrece la chilena Patricia Molina en su pintoresca furgoneta retro. / JUSTO RODRÍGUEZ
GUILLERMO ELEJABEITIA

Lo de vender comida sobre ruedas no es nada nuevo. El deseado carrito de los helados, la churrería que aromatiza las fiestas del pueblo o hasta ese camión cargado de melones que llega de vez en cuando hasta la puerta de su casa son, a su manera, foodtrucks. Pero en los últimos años asistimos a un desembarco de originales y cuidadas propuestas gastronómicas cocinadas a bordo de coquetas furgonetas vintage. Estas despensas ambulantes, que hasta hace no tanto solo eran avistadas en las películas americanas, proliferan ahora en festivales de música o celebraciones populares hasta adquirir tintes de fenómeno. Apenas cinco años después de que comenzaran a rodar las primeras ‘gastronetas’, ya son cerca de 400 en todo el país y casi una treintena en Euskadi. El buscador desarrollado en Bizkaia foodtruckya.com permite localizar en un clic opciones para todos los gustos. La clave del éxito no es una bonita caravana -aunque también ayuda- sino ser capaz de conquistar el estómago de los clientes desde el primer bocado con un producto de calidad. Abróchense los cinturones. Nos disponemos a disfrutar un banquete callejero, rico y barato, en el que no hay espacio para la comida basura.

Por las calles de Bilbao corría en los años 60, 70 y 80 una camioneta verde que despachaba perritos calientes a la salida del instituto, de la ópera o de la Feria de Muestras. Aquel recordado ‘Salchichauto’, todo un pionero, inspiró a Sussane Gies a la hora de montar Salsicia. Esta economista alemana, que llegó a Bilbao en 2003 siguiendo al que hoy es su marido, buscaba una idea para montar un negocio propio. «¿Otro bar de pintxos? No hace falta, no es novedad y no es lo mío», razona esta tenaz experta en marketing. La herencia del ‘Salchichauto’ le permitía añadir un toque de nostalgia local a un negocio, el de la comida callejera, que en 2009 estaba por reconquistar. «No soy cocinera así que tenía claro que tenía que ofrecer el mejor producto». Habló con Enrique Thate para ofrecer, asadas o cocidas, las salchichas más afamadas de la ciudad, y de paso añadir galones a una actividad que ella, como buena publicista, prefiere llamar «catering urbano».

Tabe Gozo. Iker y Aitziber se formaron en la escuela de hostelería de Leioa y han aprendido con los mejores. En su furgoneta azul venden unos emparedados de lujo.
Tabe Gozo. Iker y Aitziber se formaron en la escuela de hostelería de Leioa y han aprendido con los mejores. En su furgoneta azul venden unos emparedados de lujo. / PEDRO URRESTI

Una de las peleas de estos hosteleros rodantes es luchar contra el estigma que acarrea la venta de comida ambulante, a la que muchos todavía consideran birriosa, cuando no directamente insalubre. Como en los restaurantes de mesa y mantel, hay de todo, pero la tónica general en una tierra que hace gala de cultura gastronómica es ofrecer un producto bien elaborado por manos expertas. Como las de Iker Fernández de Aguirre y Aitziber Narbarte, que desde hace un par de años venden su saber hacer en los fogones desde una furgoneta azul a la que bautizaron como Tabe Gozo. Esta pareja de jóvenes cocineros, que se conoció en la escuela de hostelería de Leioa y ha aprendido en las cocinas de Zortziko, Etxanobe o del prestigioso repostero Oriol Balaguer, se subió al carro de los foodtruck «porque era la forma de arrancar nuestro propio proyecto gastronómico con una inversión más manejable que la que requiere un restaurante».

Gelati Gelati. Los veroneses Diego y Gino Guglielmi hacen «helados italianos con mentalidad vasca». Los tienen de bollo de mantequilla, Carolina o de queso de Carranza.
Gelati Gelati. Los veroneses Diego y Gino Guglielmi hacen «helados italianos con mentalidad vasca». Los tienen de bollo de mantequilla, Carolina o de queso de Carranza.

La suya es una propuesta sencilla, accesible y fácil de comer, pero mimada al detalle. El pan que rellenan con guisos caseros y exquisitas guarniciones lo amasa cada día la propia Aitziber. Los ingredientes de productores locales y un profundo conocimiento de la gastronomía tradicional hacen de sus bocadillos algo nada corriente. Entre los que más gustan, un emparedado de carne de cerdo mechada, guisada en pieza y desmigada, que sirven en su jugo sobre un pan de leche con tomate natural, cebolla roja encurtida y jengibre rallado; un perrito de falafel con salsa de yogur casera, tomate, cilantro y limón o unas croquetas a base de una veluté de pollo braseado, capaz de hacer olvidar la clásica bechamel. Este verano han echado el ancla en la terraza de una taberna de Bakio, pero también suelen acudir a festivales o eventos privados.

Papamóvil. ¿Quién dijo que un temtempié tiene que ir entre pan y pan? Nora y Jon asan durante hora y media las mejores patatas alavesas para después servirlas rellanas de ensalada, ali oli, bacon, chorizo o pulpo.
Papamóvil. ¿Quién dijo que un temtempié tiene que ir entre pan y pan? Nora y Jon asan durante hora y media las mejores patatas alavesas para después servirlas rellanas de ensalada, ali oli, bacon, chorizo o pulpo. / IGNACIO PÉREZ

Picantes de Chile

Hace un par de semanas se dejaron caer por las noches musicales que organiza los miércoles de verano el Museo Würth de Logroño, unas fiestas por las que también ha pasado Patricia Molina con su gastroneta Kemekomo. Esta chilena afincada en Amorebieta se compró el año pasado una Citroën de estilo vintage en la que vende bocados del alma de su tierra: empanadas al horno y perritos con salsa de merquén ahumado o pebre, un picante típico «solo apto para valientes», todo ello regado con vinos australes. Junto a su hija Carla se busca la vida en las redes sociales para colarse en eventos como el BBK Live, el Foodtruck Festival de Santander o el Mercado de Diseño que acoge el Matadero de Madrid. También participa en fiestas populares, aunque lamenta que «a veces cuesta mucho convencer a los ayuntamientos».

La alemana Susanne no era cocinera, pero como buena experta en marketing conoce los ingredientes del éxito. Un producto de calidad como las salchichas de Hermann Thate y los bollos de la panadería Irrintzi, una presentación original y el toque de nostalgia que le brinda el recuerdo del mítico Salchichauto.
La alemana Susanne no era cocinera, pero como buena experta en marketing conoce los ingredientes del éxito. Un producto de calidad como las salchichas de Hermann Thate y los bollos de la panadería Irrintzi, una presentación original y el toque de nostalgia que le brinda el recuerdo del mítico Salchichauto. / IGNACIO PÉREZ

En España no se permite a las gastronetas circular libremente en busca de su clientela, lo que les despoja de parte de su esencia. La concesión de licencias para despachar sus productos corresponde a los consistorios, que muestran una actitud desigual ante la comida sobre ruedas. Mientras que Vitoria ha cambiado este año la ordenanza que prohibía la venta ambulante y concederá licencias a algunos foodtrucks para operar en emplazamientos y fechas determinadas, Bilbao solo autoriza con cuentagotas instalar un puñado de puestos ambulantes durante fiestas populares.

Quienes hayan pasado cerca del Ayuntamiento de Bilbao se habrán dejado engatusar por el aroma a bocata recién hecho que despide la Hambroneta. La primera de su especie en obtener la Q de Calidad Turística es hoy una empresa que gestiona dos vehículos con cocina y un servicio de catering personalizado. Ofrece bocatas, perritos y hamburguesas, buenos remedios para aliviar la gazuza en la vorágine de Aste Nagusia, pero con garantías. Las que les proporcionan el panadero Santi, el carnicero Iñaki y el pastelero Dioni, los proveedores locales cuyos retratos lucen con orgullo en la furgoneta.

Patatas y postres

Al otro lado del puente, en la plaza Venezuela, suele apostarse el Papamóvil de Nora y Jon. Sus patatas alavesas de Eusko Label asadas al horno durante hora y media y aderezadas con ali- oli, panceta de verdad y queso fundido no tienen nada de vaticanas, más bien invitan a pecar. Las tienen rellenas con ensalada, chorizo o pulpo, y vuelan al caer la noche, cuando la gente se dirige a la orilla de la ría para ver los fuegos artificiales. «¡Nunca habíamos comido esto!», comenta una pareja mientras le hinca el tenedor al suculento tubérculo, que demuestra que la comida callejera no siempre tiene que ir entre pan y pan, «y puede ser apta para celíacos», añade Nora.

Hambroneta. La primera foodtruck en obtener la Q de Calidad Turística sirve bocadillos, hamburguesas y perritos artesanos durante la Aste Nagusia en el puente del Ayuntamiento.
Hambroneta. La primera foodtruck en obtener la Q de Calidad Turística sirve bocadillos, hamburguesas y perritos artesanos durante la Aste Nagusia en el puente del Ayuntamiento. / IGNACIO PÉREZ

Al margen de fiestas populares o eventos puntuales, las bodas se han convertido en otro gran filón para las despensas sobre ruedas. Después del baile se ha puesto de moda ofrecer a los invitados una recena para reponer fuerzas y seguir con la fiesta. Elian Vivanco se ha especializado en atender esa demanda a bordo de la pintoresca Le Petit Georgette. Se crio jugando a las cocinitas en el restaurante de sus padres en Bercedo de Montija (Burgos) y aunque trabaja de community manager en Bilbao, siempre le picó el gusanillo de la hostelería. Durante la temporada matrimonial despacha crepes dulces y salados, que lo mismo rellena con crema de cacao y frutas que con langostinos, manzana y curry, además de cafés, gofres o batidos preparados al momento.

Le Petit Georgette. La pintoresca roulotte de Elian y Rubén es una invitada habitual a un montón de bodas, en las que ofrecen una recena a base de crepes dulces y salados después de baile.
Le Petit Georgette. La pintoresca roulotte de Elian y Rubén es una invitada habitual a un montón de bodas, en las que ofrecen una recena a base de crepes dulces y salados después de baile.

En busca del postre, y de los orígenes del fenómeno, nos vamos a la caza de un carrito de los helados. El de los hermanos Diego y Gino Guglielmi, veroneses afincados en Santutxu, es todo un lujo. Gelati Gelati, la primera heladería integrada en el movimiento Slow Food de España, es proveedora de casi todos los cocineros de renombre de la región; ha hecho helado de puro habano para Porrue, de pasta dentífrica para Dando la Brasa y hasta de pintalabios. Hace un par de años que se subieron al carro de los foodtrucks, «pero los eventos son caros y es difícil conseguir permisos», se queja Gino.

Por eso, de momento, se toma la Gelatineta y la Pelatineta -en la que además de helado vende pizza- como plataformas de imagen para dar a conocer sus productos. Al menos hasta que la legislación le permita salir a la calle a despertar el apetito de los viandantes.

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